Es tiempo de estar divididos: Abelardo vs Paloma

Elecciones Colombia 2026
Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia se dividen el voto de la derecha política en las elecciones de 2026 en Colombia. Imagen generada por IA

Mucho se ha hablado en las últimas semanas de la división entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Algunos sostienen que las diferencias son irreconciliables, abismos que ninguna negociación de pasillo podrá cerrar. Otros, con más pragmatismo, insisten en que debemos empezar ya a construir los cimientos de la unidad de cara a la segunda vuelta, pues es un hecho electoral que uno de los dos pasará a enfrentar al anticristo que la izquierda ha elegido para consolidar su plan de gobierno: la “Colombia Infernal”.

Pero antes de correr hacia el abrazo táctico, necesitamos respirar. Y respirar, en política, significa reconocer que aún no es tiempo de unirnos. Es tiempo, primero, de estar divididos.

El panorama de la primera vuelta es claro, aunque incómodo para los impacientes. Ninguna encuesta seria de las firmas tradicionales (Invamer, YanHaas, Datexco) proyecta un ganador en primera vuelta. Los sondeos coinciden en una fragmentación estructural: la intención de voto se reparte en bloques casi simétricos, el electorado indeciso supera el 20 % y la matemática electoral apunta, con márgenes ajustados, a que la definición llegará en junio.

El escenario más probable nos dejará frente a una disyuntiva concreta: Iván Cepeda contra Abelardo, o Cepeda contra Paloma. Tenemos, entonces, un tiempo. Pero ¿tiempo para qué? Tiempo para dividirnos con madurez política. ¿Y por qué es necesaria esa división? Para marcar una identidad. Para que la política colombiana no se nos convierta, como ya nos ha ocurrido en ciclos anteriores, en un juego de supervivencia donde cada cuatro años terminamos al borde del precipicio, obligados a tomar la cuerda menos mala.

Es tiempo de definición ideológica. Y ahí, las diferencias saltan a la vista. Por un lado, la centro derecha de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, con sus aciertos pero también con sus tibiezas, sus ajustes pragmáticos y esa vocación de centro que, aunque útil en la convocatoria electoral, suele manifestarse negativamente en las decisiones morales que los esperan. Por otro, la derecha de Abelardo de la Espriella: conservadora en lo moral, firme en las libertades individuales, defensora de un Estado mínimo que no asfixie la iniciativa ni pretenda ser el padre de todos.

¿Y por qué es necesaria esa división? Para marcar una identidad.

El país necesita ver qué es una cosa y qué es la otra. Necesita contraste.

Se ha hablado ya, en círculos académicos, de un proyecto de poder independiente y alternativo. Una opción que trascienda el uribismo desgastado y el petrismo infernal, que nazca de una derecha coherente, limpia y con principios.

A ojo de muchos, Abelardo es quien lo está haciendo realidad. Y no en retórica: en la práctica, ha levantado una estructura que se ha negado a recibir avales, recursos o injerencia de los partidos tradicionales. Yo no soy un convencido ciego de que él sea la respuesta definitiva, pero si lo es, pido que me sean abiertos los ojos.

La Biblia nos recuerda que hay un tiempo para todo bajo el sol. Y en este momento electoral, la primera vuelta es tiempo de dividirnos. Para no perdernos entre la multitud. Para marcar con tinta indeleble nuestras diferencias, para que el votante sepa exactamente qué está eligiendo y por qué.

La segunda vuelta, en cambio, será tiempo de unirnos. ¿Quiénes? Los demócratas. Todos aquellos que creen en la alternancia, en la separación de poderes, en la libertad de conciencia. Cerrar filas en torno al candidato que se enfrente a Cepeda.

Mantener la República, el estado de derecho y la democracia. Garantizar, como se ha repetido con urgencia vital, que en cuatro años sí haya elecciones. Comprar tiempo para seguir construyendo, desde abajo, un proyecto de poder real para Colombia. ¿Será un Daniel Briceño? ¿Será algún líder cristiano que aún no levanta la mano? No lo sabemos. Pero el futuro se escribe con paciencia y con memoria.

La política no es un concurso de simpatías ni una telenovela de alianzas circunstanciales. Es el arte de construir el mañana con las manos limpias y la mirada fija.

No puedo, ni debo, callar la advertencia: Iván Cepeda representa un riesgo estructural para Colombia y, particularmente, para la Iglesia. Es un político de raíz comunista, con una visión del Estado y de la sociedad que, en su versión más radicalizada, no solo difiere de Petro, sino que la supera en hostilidad hacia la propiedad, la familia y la libertad religiosa. No podemos permitir que gane.

Y aquí hago un punto claro: no voy a nombrar a terceros para que la gente vaya a votar como un rebaño, tampoco voy a vender como perfectos a ciertos candidatos. Apelo, simplemente, al sentido común y a la moral cristiana para pedirle a la Iglesia que responda al momento histórico con responsabilidad, no con silencio cómplice pero tampoco con entusiasmo ingenuo. Si el doctor Abelardo sube y, una vez en el poder, traiciona nuestras banderas, será en una de estas columnas donde lo denuncie con la misma cara con la que hoy invito a votar por él. La lealtad es a los principios antes que a las personas.

La política no es un concurso de simpatías ni una telenovela de alianzas circunstanciales. Es el arte de construir el mañana con las manos limpias y la mirada fija. Dividirnos hoy es honestidad. Unirnos mañana es pragmatismo. Que cada quien elija su lado con convicción, pero que ninguno olvide que, al final del camino, lo que está en juego no es un cargo, sino el alma de la nación.


Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.

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