
Suena paradójico, casi contradictorio. ¿Cómo puede alguien estar de rodillas y, al mismo tiempo, erguido? Pero no es un juego de palabras. Es una analogía profunda, cargada de melancolía y esperanza.
Estamos de rodillas ante Dios. No por debilidad, sino por reverencia, por reconocimiento, por necesidad, por amor. Nos arrodillamos en la oración, en el llanto silencioso de la noche, en la adoración que brota del alma rota.
Pero ante los hombres… estamos de pie. Firmes. Inquebrantables. No nos doblegamos ante la presión cultural, ni ante la burla intelectual, ni ante el miedo a ser etiquetados como “radicales”, “intolerantes” o “retrógrados”.
Hay algo trágico en esta postura. Porque lo que debería ser una bendición —la intimidad con Dios— se ha convertido en una señal de fragilidad para el mundo. Y eso duele. Duele porque sabemos que muchos de nosotros estamos heridos, cansados, desorientados. Pero también duele porque sabemos que, aun así, no nos rendimos. Y eso… es hermoso.
Sí, somos una generación que está en el suelo. Literalmente. La estadística no miente: según la Organización Mundial de la Salud, una de cada cuatro personas entre 18 y 25 años sufre algún trastorno mental, y el suicidio es la segunda causa de muerte en ese grupo etario en América Latina y Estados Unidos.
La ansiedad, la depresión, la falta de propósito, la comparación constante con vidas “perfectas” en redes sociales… todo esto nos ha dejado postrados. Nos juzgan por ser “de cristal”, por sentir demasiado, por no tener la fuerza de nuestras abuelas, por no haber comprado casa a los 25, por no tener pareja estable, por no haber logrado “lo que ya tenían ellos a nuestra edad”.
Y en parte… tienen razón. Muchos de nosotros llevamos una máscara de éxito mientras nuestro interior grita en silencio. Algunos ni siquiera intentan levantarse. Se quedan en el suelo, mirando el techo, preguntándose si vale la pena seguir.
Pero aquí está el giro: no todos nos quedamos allí.
Hay una parte de esta generación —y es más grande de lo que creen los medios, los académicos y hasta algunos pastores— que, estando en el suelo con el rostro en tierra, decidió clamar a su Creador. No para pedir que el dolor desaparezca, sino para pedir que Él sea suficiente en medio del dolor.
Es ahí donde encontramos la diferencia. No es que no suframos los males de este siglo —los sufrimos más que nadie, quizás—, sino la forma en que los enfrentamos. Mientras otros buscan escape en el consumo, en las drogas, en la ideología o en la autoayuda vacía, nosotros llevamos nuestras heridas a los pies de Cristo.
Y allí, en la debilidad, descubrimos que su gracia es suficiente. Somos una generación que aprendió que la fuerza no viene de levantarse, sino de arrodillarse. Que la victoria no se gana en el gimnasio de la autoestima, sino en el altar de la dependencia total de Dios.
Este mundo está en crisis. Políticamente, moralmente, espiritualmente. Pero, querido lector, esto no es nuevo. Es solo otro capítulo en la historia de la humanidad. Y tenemos el privilegio —sí, el privilegio— de vivir en una época que refleja los relatos bíblicos con una crudeza asombrosa.
Con lágrimas de nostalgia —y también de emoción— pienso en Moisés frente al Faraón, en Josué cruzando el Jordán, en José en la cárcel, en David huyendo de Saúl, en Daniel en la fosa de los leones. Todos ellos fueron llamados a vivir en épocas de caos, de opresión, de incertidumbre. Y todos ellos respondieron con fe, con valentía, con obediencia.
Nosotros no somos diferentes. Las crisis tienen nuevas formas —aborto, ideología de género, secularismo radical, persecución religiosa, censura académica—, pero el corazón de la batalla sigue siendo el mismo: ¿a quién serviremos? Y nosotros hemos elegido servir a Cristo. Aunque nos cueste todo.
Tenemos pasión. Tenemos fuego. Pero si ese fuego no tiene forma, no tiene dirección, se apaga o quema lo que no debe. Por eso, necesitamos identidad. Necesitamos propósito. Necesitamos una cosmovisión que nos dé raíces y alas.
Aquí es donde entra Darrow Miller, autor reconocido en cosmovisión cristiana, cuyo libro Vida, Trabajo y Vocación es una brújula para esta generación. Miller nos recuerda que los jóvenes maoístas, en su momento, tenían cuatro elementos clave que les daban sentido: una visión unificada del mundo, la historia y la realidad; un objetivo por el que trabajar, vivir y morir; una invitación a una fraternidad universal; y un compromiso y misión para propagar buenas nuevas a los desesperanzados.
¡Y eso es exactamente lo que el evangelio ofrece! Pero muchas veces, como iglesia, hemos reducido el evangelio a un mensaje de salvación individual, olvidando que Cristo vino a redimir toda la creación. Como dice Miller, “no debemos abandonar el trabajo para hacer misioneros, sino hacer que nuestro trabajo sea útil al Reino de Dios”.
Necesitamos una generación que entienda que la Gran Comisión y el Mandato Cultural van de la mano. Que predicar el evangelio no es solo hablar de Jesús en la calle, sino transformar la cultura, la política, la educación, la ciencia, el arte, la economía… desde una perspectiva bíblica. Porque no podemos ser testigos de Cristo si no vivimos como él en cada ámbito de la vida.
Somos la generación que está combatiendo el aborto con oración y acción. La generación que ha decidido alejarse de la izquierda, aunque eso signifique ser impopulares. La generación políticamente incorrecta… pero moralmente correcta.
La generación de jóvenes que mueren por no negar a Cristo en China, Corea del Norte, Medio Oriente, Nigeria y en el mundo entero. La generación de universitarios que se atreven a defender la verdad frente a profesores ateos, incluso cuando eso significa perder.
Somos la generación de Charlie Kirk, de Rigoberto Hidalgo, de Itiel Arroyo, de tantos que han abandonado el miedo y defienden o defendieron nuestros principios a ultranza. Pero también… somos tú. Sí, tú, joven o jovencita, que estás leyendo esto ahora.
El Señor te ha puesto aquí, en este tiempo, con una identidad y un propósito claros. No eres un espectador. Eres un soldado. Un testigo. Un artífice del reino.
Como dice ese himno que nos hace temblar el alma: “He decidido seguir a Cristo, no vuelvo atrás. La cruz está ante mí, el mundo atrás quedó”. Esta canción nació en la India, en Assam, inspirada en la historia real de un hombre que, junto a su familia, se convirtió al cristianismo.
Su aldea los amenazó con la muerte si no renunciaban a su fe. Ellos se mantuvieron firmes. Y mientras sus hijos eran ejecutados, él pronunció estas palabras: “He decidido seguir a Cristo, no vuelvo atrás”. Esa declaración inquebrantable, incluso ante la muerte, se convirtió en himno mundial.
Porque esa es la esencia de nuestra generación: no retroceder, aunque el mundo nos exija que lo hagamos.
Hace un tiempo, llevé a mis estudiantes (adolescentes de 15 años) a una fundación pro-vida que quedaba frente a un gran centro de abortos en mi ciudad. Oramos juntos, en silencio, frente a ese lugar de muerte.
En ese tiempo era maestro y enseñaba religión y ética, y ese día vi cómo sus corazones se encendían. Fue un momento sagrado. Volvimos tranquilos al colegio.
Pero 15 días después, llegó un documento legal. El centro de aborto había presentado una queja formal ante la dirección local de educación, acusándonos de “adoctrinamiento”, “manipulación” y “ataque directo a sus operaciones”.
Solo una oración… les había dado miedo. Yo mismo sentí miedo. Pensé en lo que podría pasar: sanciones, investigaciones, incluso perder mi trabajo.
Pero al día siguiente, tomé coraje, entré al salón de clases y les dije: “Chicos, los principios no se negocian. No nos vamos a arrodillar nunca. Ni ante el mundo, ni ante el miedo, ni ante la presión. Si Dios nos puso aquí, es porque tenemos algo que decir. Y lo diremos, aunque nos cueste todo”.
Y ellos entendieron. Vi en sus ojos algo que no había visto antes: determinación. Convicción. Valor. Sé que en unos años, veré a algunos de esos muchachos luchando con toda su alma por la causa. Porque no son solo estudiantes. Son militantes.
Sí, somos una generación sensible. Con problemas de salud mental. En un mundo en crisis. Pero si estamos en el suelo… es porque estamos de rodillas ante nuestro Creador. Nunca ante el mundo.
No nos avergonzamos de publicar sobre religión y política en nuestras redes. No nos callamos cuando escuchamos mentiras en clase. No bajamos la mirada cuando nos dicen que somos intolerantes. No vendemos nuestra fe por una sonrisa social o un puesto de trabajo.
Somos la generación que ha decidido seguir a Cristo, no volver atrás. Y por eso, querido lector, quiero felicitarte. Porque tú, sí tú, eres parte de esta generación radical, inquebrantable, de rodillas pero no arrodillada.
El mundo te necesita. Dios te ha llamado. Y tú… vas a cambiarlo. No porque seas fuerte, sino porque te has atrevido a arrodillarte ante el Único que da verdadera fuerza. Y en ese acto de humildad, hallaste tu dignidad más alta.
¡Comparte esta columna con tu grupo de jóvenes para recordarles quienes son!





