El día del idioma y la Iglesia líquida

Iglesia líquida
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Vivimos en la era de la inmediatez, donde la información llega filtrada por algoritmos, opiniones disfrazadas de verdad y fragmentos que reemplazan al contexto. El sociólogo Zygmunt Bauman lo diagnosticó con claridad: en la modernidad líquida, todo fluye, nada se consolida. Las convicciones, las identidades y hasta el conocimiento se vuelven desechables, consumidos con la misma velocidad con que se actualiza un feed.

Bauman extendió esta metáfora a los vínculos humanos con su concepto de amor líquido: relaciones frágiles, transaccionales y fácilmente descartables cuando dejan de satisfacer el deseo inmediato o exigen sacrificio. Este fenómeno es, de hecho, uno de mis objetos de estudio, y no oculto mi rechazo hacia un modelo de afecto que confunde intensidad con profundidad, que evade el pacto por comodidad y que reduce al prójimo a un recurso emocional de usar y tirar.

Si Bauman describió una sociedad líquida, hoy estamos presenciando el nacimiento de una iglesia líquida: una fe sin estructura, sin raíces y sin capacidad de permanecer cuando el entorno cambia. ¿Qué la caracteriza? Un cristianismo de domingo que sobrevive exclusivamente con la predica del pastor, sin lectura personal ni estudio autónomo. Una identidad que se construye sobre las letras de canciones emotivas, pero que se desmorona cuando enfrenta preguntas difíciles. Una generación alimentada por TikToks de treinta segundos, incapaz de articular por qué cree lo que cree fuera del templo. ¿Cuántos de nuestros jóvenes estarían realmente equipados para dar una defensa apologética en una universidad, sin tambalearse ante el primer pseudoargumento? La liquidez eclesial es una vulnerabilidad estructural. Cuando el conocimiento no se consolida, la fe se vuelve reactiva, y la reacción es el terreno perfecto para la manipulación.

En algún momento, la importancia de cultivar la mente se fue dejando de lado en nuestros círculos eclesiales. Se priorizó la emoción sobre el pensamiento, la reacción sobre la reflexión. Y eso, lejos de ser inocente, tiene consecuencias graves. En temas políticos, sobre todo, preocupa ver cómo se repite cualquier afirmación que suene "espiritual" o "de fe", aunque no tenga sustento bíblico, histórico ni crítico. La unción no sustituye el criterio; la pasión no reemplaza el análisis. Cuando el cerebro cristiano se atrofia por falta de alimento serio, la iglesia se vuelve eco de narrativas ajenas, muchas veces manipuladas, que solo visten de lenguaje piadoso intereses terrenales. Y hoy tenemos bastante de eso, cristianos replicando: comunismo, feminismo, progresismo, y cualquier cosa que suene "buena". ¿En serio andamos comprando por ahí cualquier baratija por falta de criterio?

La unción no sustituye el criterio; la pasión no reemplaza el análisis.

El discernimiento cristiano no nace de la intuición emocional ni de la prisa colectiva. Nace de una mente que ha sido renovada (Romanos 12:2). Y esa renovación exige lectura seria: estudios bíblicos rigurosos, historia eclesiástica, análisis cultural, teología bien fundamentada y, sobre todo, fuentes verificables y trazables. Cuando delegamos nuestro juicio a cadenas de WhatsApp, videos de sesenta segundos o titulares diseñados para indignar, no estamos siendo guiados por el Espíritu, sino por la inmediatez.

Aquí aparece la excusa reina: "No tengo tiempo para leer". Los datos, sin embargo, cuentan otra historia. Según el informe Digital 2025 de DataReportal y We Are Social, el usuario promedio en América Latina dedica más de 2 horas y 30 minutos diarios a redes sociales, con un consumo dominante de contenido corto en TikTok e Instagram Reels. Dos horas y media. Tiempo que bien podría redistribuirse: 30 minutos de lectura seria, 20 de análisis y 10 de reflexión personal o comunitaria. Tener un tiempo mínimo para informarse es una obligación moral y espiritual. La Iglesia que no se informa, termina repitiendo errores ajenos.

Precisamente en estas fechas, muchos países hispanohablantes conmemoramos el Día del Idioma, celebrado el 23 de abril en honor a Miguel de Cervantes Saavedra, quien falleció en esa fecha en 1616. Esta celebración, instituida oficialmente en 1964 y reconocida por la ONU en 2010, es una invitación a reflexionar sobre el poder transformador de la palabra bien empleada. El español, segunda lengua materna más hablada del mundo con más de 500 millones de hablantes, ha sido vehículo de transmisión de valores, identidad y fe a lo largo de siglos. Celebrar el idioma es celebrar la capacidad humana de comunicar verdad, belleza y esperanza.

El español, segunda lengua materna más hablada del mundo con más de 500 millones de hablantes, ha sido vehículo de transmisión de valores, identidad y fe a lo largo de siglos.

Y hablando de verdad y belleza, la historia de la literatura está tejida con hilos de fe. ¿Sabías que grandes escritores que marcaron la cultura universal fueron cristianos comprometidos? C.S. Lewis, por ejemplo, pasó de ser un ateo convencido a uno de los apologistas más influyentes del siglo XX; su obra Mero Cristianismo sigue siendo referencia obligada para quien busca entender la fe con rigor intelectual, y me enorgullece decir que como Mcdonald bautizo creativamente a Lewis, yo me siento bautizado en ese sentido por el. G.K. Chesterton, con su wit inigualable, defendió la ortodoxia cristiana en un siglo de escepticismo creciente, y su libro Ortodoxia (1908) es considerado una obra maestra de la apologética literaria. Fyodor Dostoyevski, aunque complejo y a veces torturado, plasmó en Los hermanos Karamázov una de las exploraciones más profundas sobre la libertad, el sufrimiento y la gracia. J.R.R. Tolkien, católico devoto, impregnó El Señor de los Anillos de una cosmovisión providencial donde el bien triunfa por la fidelidad y el sacrificio.

No podemos olvidar el aporte distintivo del protestantismo a la literatura mundial. La Reforma del siglo XVI, al promover la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas y alentar la alfabetización para que cada creyente pudiera leer las Escrituras, sembró las condiciones para un florecimiento literario sin precedentes. La imprenta de Gutenberg, aliada con el impulso reformador, permitió que ideas teológicas, poemas, himnos y tratados circularan masivamente, democratizando el acceso al conocimiento.

Autores como John Bunyan, con El progreso del peregrino (1678), crearon una de las alegorías más influyentes de la literatura cristiana, traducida a más de 200 idiomas. John Milton, en El paraíso perdido, ofreció una epopeya teológica que sigue desafiando a lectores y críticos por su profundidad doctrinal y belleza poética. En el siglo XX, voces protestantes como Marilynne Robinson (ganadora del Pulitzer) o Wendell Berry han demostrado que la fe reformada puede dialogar con la cultura contemporánea sin perder ni rigor ni belleza.

El protestantismo, en su énfasis en la sola Scriptura y en la responsabilidad individual ante Dios, cultivó una literatura que valora la conciencia, la introspección y la búsqueda de la verdad. No es casualidad que muchas de las grandes novelas, ensayos y poemas que han moldeado Occidente lleven la impronta de una cosmovisión cristiana, sea católica o protestante.

La Reforma del siglo XVI, al promover la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas y alentar la alfabetización para que cada creyente pudiera leer las Escrituras, sembró las condiciones para un florecimiento literario sin precedentes.

Pero nuestros buenos tiempos no han muerto para siempre. Es momento de resucitarlos, de encontrar las mentes creativas que están presas entre la rutina, potenciarlas y dar rienda suelta a la creatividad. Que nazcan grandes historias como lo fue Narnia en su época. Mostrarle al mundo su propia realidad a través de la ficción. Mostrar la luz entre las letras de nuevos libros. Siempre lo cuento y creo que lo hare hasta que sea una realidad, cuando era niño cree un personaje llamado “Jut”, mi sueño algún día es publicar una saga de libros que cuando menos le lleguen a los talones a Narnia presentando nuestra cosmovisión a través de una gran historia de distopia. Incluso tengo como fondo de pantalla la que sería la portada del primer libro para recordarme que soy responsable de escribir y compartir lo que escribo para edificar.

Por eso, cuando envío estas columnas, suelo compartirlas con cientos de contactos por WhatsApp. Con el tiempo, he logrado depurar poco a poco esa lista: me he quedado solo con los realmente interesados, con quienes no buscan consuelo rápido ni validación emocional, sino alimento para pensar. Agradezco a cada uno que se queda, que lee hasta el final y que, a veces, me corrige o discrepa con respeto. Esa depuración es un filtro por madurez.

Sé que no todos prefieren textos extensos. En Diario Cristiano Internacional circulan columnas breves, ágiles, ideales para leer entre un café y una reunión. Yo, por mi parte, sigo trabajando en mi capacidad de sintetizar. Mirando atrás, recuerdo mi columna "Denuncia sobre la maquinaria de los cristianos en la política" y me río: quienes la leyeron debieron hacer al menos veinte pausas activas. Era larguísima, jaja, pero fue necesaria. Mis productos de texto suelen ser extensos; es un defecto que intento pulir, pero a veces la profundidad exige espacio. Soy de los que piensan que el criterio no se construye con atajos.

Las élites están moviendo los hilos y muchos cristianos se están ofreciendo a esos titiriteros.

Por eso, hoy propongo un pequeño experimento de lectura (a mi generación le recordará a esas cadenas-experimentos de Facebook, jajaja). Si llegaste hasta aquí, como si hubieras leído esta columna completa, envíame un mensaje que diga simplemente "leído", acompañado de un comentario breve respecto al tema. ¿Cómo cultivas tu criterio? ¿Qué fuentes confiables están en tu lista?

Informarse es cuestión obligada para el que no quiere ser manipulado. Las élites están moviendo los hilos y muchos cristianos se están ofreciendo a esos titiriteros. Si es cierto que nos gusta servir, pero no de idiotas útiles. No es momento de comodidades y de apagar el cerebro, es momento de resistir y atacar con el conocimiento de la verdad. Y sí, definitivamente ellos intentarán silenciarnos, pero ¿cuántos no lo han intentado en vano? Nuestro pueblo se ha enfrentado a imperios y aquí seguimos dando lata, como diríamos en Colombia.

La invitación final de esta columna es a formar criterio sin atajos, a leer para entender y actuar. Porque antes que escritores necesitamos más gente que sepa leer bien el mundo. De ahí saldrá el resto…

Si queremos impactar a esta generación no podemos ser una iglesia líquida. Por definición debemos ser una iglesia sólida.


Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.

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