Trump no es el Mesías

Donald Trump como Jesus
Esta fotoilustración creada el 13 de abril de 2026 muestra una foto del presidente Donald Trump en una pantalla y una imagen generada por IA que publicó en su plataforma Truth Social, en la que se representa a sí mismo como Jesucristo.

Quien escribe estas líneas ha sido, durante años, un apoyo convencido a Donald Trump y a la mayoría de sus políticas. Lo hice porque su agenda se alineaba con principios que considero irrenunciables: la defensa de la vida inocente, la protección de la familia, la libertad individual y el derecho a la propiedad privada.

En un contexto cultural donde estos pilares son sistemáticamente erosionados, su liderazgo político ofreció, en muchos aspectos, un contrapeso necesario frente a agendas que priorizan el relativismo moral sobre la dignidad humana.

Sin embargo, como todo ser humano, Donald Trump tiene un lado oscuro. Su trayectoria pública no puede desligarse de escándalos sexuales y morales que han quedado grabados en la opinión internacional, ni de un ascenso al poder tan polarizante como polémico.

Siempre lo he dicho con claridad: admiro su instinto político y su capacidad de liderazgo, pero no puedo, ni debo, defenderlo como persona. Su ego, desmedido y autosuficiente, guarda rasgos sorprendentemente similares a los de nuestro presidente Gustavo Petro, aunque habiten orillas ideológicas diametralmente opuestas. Cuando el poder no se somete a la verdad, el carácter termina revelándose.

Pero hoy no escribo para señalar matices ni para buscar equilibrios diplomáticos. Hoy debo dejar caer todo el peso de estos párrafos sobre Trump y una línea que jamás debió cruzarse: la publicación, en su propia red social, de una imagen generada por inteligencia artificial donde se presenta a sí mismo con la vestimenta, la postura y la narrativa visual de Jesucristo sanando a un enfermo.

Ni él, ni ningún presidente, ni ningún líder terrenal puede ocupar el lugar del Mesías. Los tronos de este mundo son temporales; para el Señor, los poderosos no son más que polvo. El salmista lo dijo con crudeza: “El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos” (Salmo 2:4).

Este episodio es un síntoma espiritual peligroso. La iglesia evangélica, especialmente en América Latina y en Estados Unidos, debe dejar de idolatrar a los hombres. Orar por los gobernantes es un mandato bíblico claro (1 Timoteo 2:1-2); idolatrarlos, seguirlos como si fueran redentores o justificar sus excesos por conveniencia partidista, es una traición al primer mandamiento. No podemos pelear por nadie más que por Cristo Jesús.

Cuando el orgullo se instala en el corazón del líder —y en el del creyente que lo aplaude sin discernimiento—, terminan ocurriendo cosas como esta.

No podemos defender lo indefendible. El cristiano tiene el deber ineludible de levantar su voz siempre a favor de la verdad, aunque esa verdad cueste aplausos, alianzas electorales o espacios de influencia. Trump no es el Mesías. Ningún hombre lo es. La cruz no se negocia, no se instrumentaliza, ni se comparte con banderas partidistas, aviones de combate o filtros de inteligencia artificial.

Hermanos volvamos al Evangelio, oremos con sabiduría, ejerzamos la ciudadanía con responsabilidad, y recordemos que nuestra esperanza no está en la Casa Blanca, ni en ningún palacio de gobierno, sino en el que venció la muerte y cuyo reino no tendrá fin. Bien dice la canción “Revelación” de Morodo: “No habrá Casa Blanca ni Palacio de Congreso que pueda revocar su decisión, pues se acerca el tiempo del juicio”


Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.

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