
La captura de Nicolás Maduro generó un impacto inmediato más allá de las fronteras venezolanas y abrió una nueva etapa de tensiones políticas y diplomáticas en América Latina. Las reacciones incluyeron detenciones en Nicaragua, demostraciones de fuerza en Caracas y un clima de incertidumbre que volvió a poner en primer plano la fragilidad institucional y económica de Venezuela.
En Nicaragua, el gobierno del presidente Daniel Ortega y la vicepresidente Rosario Murillo ordenó la detención de al menos 15 personas que celebraron públicamente la captura de Maduro o expresaron apoyo a la operación estadounidense, según informaron medios regionales. La policía sandinista también arrestó al periodista Oswaldo Rocha por opinar sobre la situación venezolana. Funcionarios estatales recibieron instrucciones para publicar mensajes de respaldo al expresidente venezolano en redes sociales, bajo la consigna de que el silencio sería considerado un acto de traición.
En Caracas, la respuesta tomó otro cariz. Diosdado Cabello, ministro del Interior y uno de los principales referentes del chavismo, reapareció en espacios públicos con un fusil en mano y una bandera con la consigna “guerra o muerte”. Acompañado por fuerzas armadas y milicias, recorrió sectores de la capital y lanzó advertencias contra lo que calificó como traición interna y apoyo al “imperialismo”.
La escena buscó transmitir control y cohesión en un contexto de ruptura del liderazgo tradicional del oficialismo y en el marco del decreto de "estado de conmoción" por el que el gobierno de Venezuela autoriza la detención inmediata de toda persona que apoye el ataque de Estados Unidos.
Estos movimientos se produjeron tras la operación militar estadounidense del pasado 3 de enero, que derivó en la detención de Maduro y su traslado a Estados Unidos para enfrentar cargos federales. El hecho no solo polarizó a la sociedad venezolana, sino que tensó la relación con gobiernos aliados de Caracas, especialmente el de Nicaragua, que reaccionó reforzando mecanismos de control interno.
En Venezuela, la incertidumbre también se trasladó a la vida cotidiana. Diario Cristiano dialogó con Adalberto Díaz Doñel, comerciante en Caracas, quien describió un clima de aparente calma. “En Caracas reina una calma engañosa”, afirmó. “Todos esperamos que en cualquier momento los colectivos enfrenten a la población rebelde”.
Díaz Doñel agregó que grupos irregulares ejercen control informal sobre la actividad comercial. “No sé quiénes son, no podría reconocerlos. Emergen como la autoridad y ellos indican cómo vender la mercancía, a qué precio y hasta a quién sí y a quién no”, relató. Aunque dijo no vivir paralizado por el miedo, sostuvo que el país atraviesa una etapa de profundo quebranto social y espiritual.
En paralelo, la presidente encargada enfrenta un escenario económico crítico. El país combina una nueva presión inflacionaria con sanciones internacionales, acceso limitado al crédito, una industria petrolera debilitada y un Producto Interno Bruto que perdió cerca del 70 % de su tamaño en la última década. Los salarios reflejan un empobrecimiento generalizado que afecta a la mayoría de la población.
El ascenso de Delcy Rodríguez, sin embargo, generó expectativas moderadas en sectores económicos locales. Antes de asumir la presidencia encargada, condujo las áreas de Economía, Finanzas y Petróleo desde la vicepresidencia. En ese rol, fue considerada una de las primeras figuras del oficialismo en admitir la necesidad de correcciones al modelo intervencionista, y promovió un giro pragmático con asesoramiento externo.
Rodríguez también actuó como principal interlocutora del gobierno con empresarios que permanecieron en el país y se le atribuyó un papel en la recuperación parcial de la producción petrolera, que cayó a mínimos históricos en 2016 y luego mostró una mejora limitada. Aun así, el futuro inmediato de Venezuela sigue marcado por la fragilidad institucional, la presión internacional y una sociedad que oscila entre la expectativa y el temor.





