La sangre que debía unirnos: de Pesaj a la Semana Santa

Pesaj y la Santa Cena
Una misma historia en dos momentos: los símbolos de Pesaj y la cruz convergen para recordar que la sangre no fue dada para perpetuar la violencia, sino para señalar un camino de redención, vida y reconciliación. Imagen generada por IA

Hay momentos en el año en los que el mundo, de alguna manera, se detiene. Para muchos, la Semana Santa es uno de esos tiempos: se recuerda la cruz, el sufrimiento de Jesús, su muerte y la esperanza de la resurrección. Al mismo tiempo, en otras comunidades, se celebra Pesaj, una fiesta antigua que conmemora la salida del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto.

A simple vista, parecen tradiciones distintas, caminos paralelos que no necesariamente se cruzan. Sin embargo, cuando se mira con más atención, se descubre que ambas celebraciones están profundamente conectadas y que, en realidad, cuentan una misma historia desde dos momentos diferentes.

Comprender esto no es solo un asunto religioso o académico. Es algo que toca la vida real, la forma en que entendemos el dolor, la justicia, la violencia y la esperanza. Porque la historia de Pesaj y la historia de la cruz no quedaron atrapadas en el pasado; siguen hablando hoy, especialmente en un mundo donde la sangre sigue siendo derramada de formas que deberían estremecernos.

Pesaj: cuando la vida parecía no valer nada

Pesaj nace en medio de una realidad dura. El pueblo de Israel vivía bajo esclavitud en Egipto, en un sistema donde la vida humana había perdido valor y donde el poder se sostenía a través de la opresión. En ese contexto, Dios establece una acción concreta: cada familia debía sacrificar un cordero y colocar su sangre en los marcos de las puertas. El texto dice: “Y veré la sangre y pasaré de vosotros” (Éxodo 12:13).

Esa sangre no era un simple símbolo religioso. Era una línea que marcaba la diferencia entre la vida y la muerte. Era una forma de decir que, aun en medio de un sistema injusto, la vida seguía teniendo valor. Aquellas casas se convertían en refugios, en espacios donde la muerte no tenía la última palabra. No era solo una historia espiritual; era una declaración sobre la dignidad humana en medio de la opresión.

Una mesa abierta en tiempos difíciles

Siglos después, la historia vuelve a tocar un punto parecido. Jerusalén estaba bajo dominio romano, con tensiones políticas, sociales y religiosas constantes. En medio de ese ambiente, Jesús decide celebrar Pesaj con sus discípulos. No fue algo improvisado. Dio instrucciones claras para encontrar un lugar, y una familia abrió su casa para recibirlos.

Ese detalle, que muchas veces pasa desapercibido, es profundamente humano. En un tiempo de incertidumbre, alguien decidió abrir su hogar, ofrecer su espacio y permitir que otros entraran. Esa casa se convirtió en algo más que un lugar físico; fue un espacio de confianza, de encuentro y de protección. Así como en Egipto las casas marcadas con sangre eran refugio, en Jerusalén esa casa fue testigo de un momento que cambiaría la historia.

El Cordero y una verdad que incomoda

Durante esa cena, Jesús toma el pan y la copa, elementos propios de Pesaj, y les da un significado nuevo. Dice: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre” (Lucas 22:20). En ese momento, conecta su vida con la historia del cordero en Egipto. No está hablando en metáforas vacías; está diciendo que lo que ocurrió en Pesaj apuntaba hacia Él.

Esta idea no es fácil de aceptar, ni entonces ni ahora. Porque cambia la forma en que entendemos el sacrificio. No se trata de quitarle la vida a otros para sostener un sistema, sino de entregar la propia vida para abrir un camino distinto. Es una lógica completamente opuesta a la que muchas veces gobierna nuestras sociedades.

La cruz frente a un mundo violento

La muerte de Jesús en la cruz no fue un accidente ni solo un acto religioso. Fue también un hecho político. La crucifixión era una herramienta del imperio romano para controlar, intimidar y eliminar amenazas. Sin embargo, lo que parecía ser el triunfo del poder se convierte en un mensaje que desafía ese mismo sistema.

La cruz no responde a la violencia con más violencia. No perpetúa el ciclo. Lo expone. Lo confronta. Y propone otra forma de entender la justicia. “Porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7).

Esto significa que la respuesta al dolor humano no es seguir derramando sangre, sino reconocer que ya hubo un sacrificio que buscaba detener ese ciclo.

El mundo de hoy: sangre que ya no sorprende

El problema es que, hoy, el mundo parece haber olvidado esa verdad. Basta con ver lo que está ocurriendo en distintas regiones: guerras activas, conflictos que se prolongan por años, decisiones políticas que terminan costando miles de vidas. Familias enteras desplazadas, ciudades destruidas, generaciones creciendo en medio del miedo.

Lo más preocupante es que poco a poco nos hemos acostumbrado. La sangre ya no nos impacta como antes. Se convierte en cifras, en reportes, en algo que se consume rápidamente y luego se olvida.

Pero la Escritura lo dice con claridad: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4:10). Ese clamor no ha desaparecido. Lo que ha cambiado es nuestra capacidad de escucharlo.

Dos sangres, dos caminos

Frente a esta realidad, la comparación es inevitable. Por un lado, está la sangre que se derrama en la guerra, en los conflictos, en las decisiones humanas que priorizan intereses por encima de la vida. Es una sangre que divide, que deja heridas profundas, que genera más odio.

Por otro lado, está la sangre de Yeshua. Hebreos 12:24 la describe como una sangre que “habla mejor”. No porque ignore el dolor, sino porque propone algo diferente. No clama venganza, sino reconciliación. No alimenta el conflicto, sino que busca detenerlo.

Esta diferencia no es solo teológica; es práctica. Define cómo entendemos la vida, cómo nos relacionamos con otros y qué tipo de mundo estamos dispuestos a construir.

Lo que esto tiene que ver con nosotros

Todo esto podría quedarse en una reflexión bonita si no nos involucrara directamente. Pero la verdad es que sí lo hace. Porque aunque muchos no estén en una guerra, todos forman parte de una sociedad donde se toman decisiones, donde se levantan discursos, donde se normalizan ciertas actitudes.

Cada persona, desde su lugar, influye en el tipo de mundo que se está formando. En la forma en que se habla del otro, en cómo se responde al conflicto, en lo que se justifica o se cuestiona. Por eso, el mensaje de Pesaj y de la cruz no es solo para recordar, sino para vivir.

“Él es nuestra paz” (Efesios 2:14). Esa frase no es solo espiritual. Tiene implicaciones reales en cómo se construyen relaciones, comunidades y hasta naciones.

Una historia que no debería dividirnos

Al final, lo que Pesaj y la Semana Santa muestran no son dos caminos distintos, sino una misma historia vista desde dos momentos. Una historia que habla de liberación, de sacrificio, de vida y de esperanza. Una historia que debería unir, no separar.

En un mundo tan dividido, donde las diferencias muchas veces se convierten en barreras, recordar esto es más importante que nunca. Porque el mensaje central sigue siendo el mismo: la vida tiene valor, y la sangre no fue dada para ser derramada entre hermanos, sino para traer redención.

La pregunta sigue abierta

Hoy, mientras el mundo sigue enfrentando conflictos y viendo cómo la sangre corre en distintos lugares, esta historia sigue planteando una pregunta incómoda pero necesaria. No es solo una cuestión de fe, sino de conciencia.

¿Vamos a seguir aceptando un mundo donde la sangre se derrama como si fuera normal, o vamos a mirar hacia esa otra sangre que fue derramada para detener ese ciclo?

Porque al final, más allá de tradiciones, religiones o posturas, esta historia sigue apuntando a lo mismo: a una oportunidad de elegir un camino distinto. Uno que no destruya, sino que restaure. Uno que no divida, sino que una. Y esa decisión, hoy como entonces, sigue estando en nuestras manos.


Autor: Mauricio Bolaños Barrantes es un diseñador gráfico costarricense, casado, y actualmente labora en la Universidad de Costa Rica, donde combina su creatividad con el servicio institucional. Paralelamente, se desempeña como Director Nacional para la Embajada Cristiana Internacional en Jerusalén (ICEJ) en Costa Rica. Desde esta función, lidera iniciativas de apoyo y solidaridad con el Estado de Israel, trabajando en colaboración con la Embajada de Israel y promoviendo valores de fe, reconciliación y unidad entre naciones desde una perspectiva cristiana.

Le puede escribir a: presidencia.icejcr@gmail.com

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