
La tierra hablo. El sismo que sacudió al país hoy lunes ha dejado una estela de dolor, incertidumbre y luto que nos atraviesa a todos como cuerpo de Cristo, sin importar en qué rincón del mundo se estén leyendo estas líneas.
Según los reportes preliminares de las autoridades de gestión del riesgo, el movimiento telúrico —de magnitud superior a 7,5 en la escala de Richter— ha cobrado hasta el momento la vida de decenas de personas, ha dejado cientos de heridos y ha obligado a centenas de familias a abandonar sus hogares. Infraestructura vial dañada, edificaciones colapsadas, comunidades enteras incomunicadas: el saldo material es devastador, aunque no comparable con el de Venezuela no son los números, es el dolor. Y detrás de cada cifra hay un nombre, un rostro, una historia que se interrumpió o se transformó para siempre.
Pero hoy no quiero hablar únicamente del siniestro, si no de lo que esté nos dice.
Vivimos como si el mañana estuviera garantizado. Construimos, planeamos, acumulamos, discutimos por cosas triviales, postergamos el perdón, posponemos la reconciliación —con el hermano, con el padre, con Dios—. Y entonces, en cuestión de segundos, la tierra nos recuerda que somos polvo y al polvo volveremos. Que un latido puede ser el último. Que la vida no nos pertenece.
"Este terremoto es un recordatorio: hoy es el día de ponerse a cuentas con Dios."
El salmista lo dijo: "Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos” (Salmos 90:10) para los que tenemos casi 30 significa que ya se nos fue prácticamente la mitad de la vida. Pero como si fuera poco Santiago añade: "¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece" (Santiago 4:14).
Este terremoto es un recordatorio: hoy es el día de ponerse a cuentas con Dios. No mañana. No cuando pase el susto. No cuando la vida vuelva a su supuesta normalidad. Si hay algo que usted ha postergado —una entrega, un arrepentimiento, una oración que lleva años sin pronunciar— este es el momento. Cristo no va a volver a negociar con usted. Él ya pagó el precio en la cruz. Solo le pide que usted lo acepte.
Escatológicamente hablando tenemos algo claro: "Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares" (Mateo 24:7). Esta advertencia ha mantenido a nuestro pueblo despierto durante 2000 años.
Cada terremoto, cada pandemia, cada crisis que se acumula sobre la anterior, es una voz profética que clama: ¡Maranatha! el retorno del Señor se acerca. No se trata de fijar fechas ni de caer en sensacionalismo apocalíptico. Se trata de leer los tiempos y entender que la creación gime con dolores de parto (Romanos 8:22) y que la historia camina hacia su consumación.
No es momento de tibieza espiritual. No es momento de iglesias cómodas con modas hipster y worship. Es momento de vigilancia, de oración de rodillas, de ayuno, de predicación urgente del Evangelio a toda criatura.
"La fe sin obras está muerta. Y un cristianismo que no se ensucia las manos en el escombro no es el cristianismo de Jesús de Nazaret..."
Y aquí viene lo concreto: toda iglesia evangélica, cada congregación, cada ministerio, debe estar lista para prestar ayuda integral.
La ayuda debe ser espiritual: presencia pastoral, consejería, oración por los afectados, acompañamiento en el duelo, predicación del evangelio de esperanza en medio de las ruinas.
Pero también debe ser material: agua, alimentos no perecederos, ropa, medicamentos, cobijas, kits de higiene, apoyo logístico para los damnificados. Santiago 2:15-16 nos confronta sin misericordia: "Si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?"
La fe sin obras está muerta. Y un cristianismo que no se ensucia las manos en el escombro no es el cristianismo de Jesús de Nazaret, que tocó al leproso, que multiplicó los panes, que lavó los pies.
Cada pastor, cada líder, cada hermano y hermana: organicen centros de acopio. Activen redes de voluntarios. Contacten a las autoridades locales y a las entidades de socorro. Conviertan sus templos en refugios si es necesario. Sean la Iglesia visible, tangible, que abraza y que sostiene.
"Hay una Roca que no se mueve, que no se agrieta, que no cede..."
Aunque debe decirse gracias a Dios la mayoría de iglesias lo hacen. Momentos de dolor nos hacen mucho más conscientes de nuestra responsabilidad social.
La tierra puede abrirse. Las ciudades pueden caer. Los cimientos humanos pueden deshacerse como arena. Pero como dice la canción de la gloriosa banda de rock cristiano Petra, “I'm on the rock”, hay una Roca que no se mueve, que no se agrieta, que no cede: "Porque ¿quién es Dios sino sólo Jehová? ¿Y qué roca hay fuera de nuestro Dios?" (Salmos 18:31).
Y a quien lee estas líneas y aún no conoce a Cristo: no espere al próximo temblor. No espere a la próxima noticia. El tiempo es breve. La gracia está disponible hoy. Arrepentíos y creed en el Evangelio.
Que Dios guarde a Colombia. Que Dios guarde a cada nación. Y que Su Iglesia esté despierta, vestida y lista para el Día que se acerca.
Soli Deo Gloria.





