Cuando la tierra se mueve, ¿tú también lo haces?

Terremotos
Imagen ilustrativa. Foto generada por IA


Esta mañana, poco después de las siete y media, la tierra comenzó a moverse en Bogotá. Yo estaba en lo mío, como cualquier lunes, y durante unos segundos realmente no sabía qué estaba pasando. Uno primero trata de entender si es el edificio, si es un movimiento pasajero o si realmente está temblando. Pero esta vez fue suficientemente fuerte y prolongado como para que todo lo demás pasara a segundo plano y apareciera una pregunta muy sencilla: ¿están bien los míos?

Después comenzaron a llegar las noticias y la dimensión de lo que había ocurrido fue tomando otra forma. El Servicio Geológico Colombiano actualizó la magnitud del sismo a 7,4, con epicentro en inmediaciones de San José del Palmar, Chocó. El movimiento se sintió en buena parte del país y, mientras en Bogotá las primeras verificaciones no reportaban una tragedia mayor, en otras regiones comenzaron a conocerse daños importantes.

Cali, Pereira, Manizales, Quibdó y otras ciudades han resultado afectadas. Hay edificios dañados, estructuras colapsadas, personas heridas, familias evacuadas y equipos de emergencia trabajando en diferentes puntos. En Cali se reportaron múltiples estructuras afectadas y personas que todavía podían estar atrapadas. En Pereira el alcalde confirmó 18 personas fallecidas y en Manizales también se confirmaron víctimas. El balance sigue cambiando y ya se habla de al menos una veintena de personas fallecidas mientras escribo esto.

Y aquí quiero parar un momento.

Estoy escribiendo estas líneas aproximadamente tres horas después de que comenzó el terremoto y ya estamos hablando de personas que perdieron la vida.

Hace unas horas estábamos hablando de un fuerte sismo.

Ahora estamos hablando de una tragedia.

Por eso creo que toca parar de buscar y buscar noticias, parar de mirar cada video que aparece en el teléfono y tratar, por un momento, de entender lo que acabamos de vivir.

Para las noticias están los medios, las autoridades, los organismos de socorro y todos quienes en este momento están haciendo su trabajo. Ellos tendrán que seguir contando lo que está ocurriendo y actualizando las cifras, porque seguramente cuando usted lea esto ya serán diferentes.

Yo no quiero escribir un boletín de noticias.

Quiero escribir lo que esto me está haciendo pensar.

El sismo de Colombia, de magnitud 7,4, tuvo una magnitud similar a los terremotos que golpearon Venezuela el 24 de junio. Allá se registraron dos eventos, de 7,2 y 7,5. La diferencia estuvo en las condiciones en que ocurrieron. El terremoto de hoy tuvo su epicentro en una zona rural del Chocó y ocurrió a una profundidad considerable, mientras que el evento venezolano fue mucho más superficial y afectó de manera directa zonas urbanas densamente pobladas como La Guaira y Caracas.

Eso hace una diferencia enorme.

La magnitud puede ser similar y, sin embargo, las consecuencias pueden ser muy distintas. Quizás una de las circunstancias que hoy nos favoreció fue precisamente que un movimiento de esta magnitud no tuvo su origen debajo de una gran concentración urbana.

Pero eso no disminuye en nada lo que está ocurriendo en otras partes del país.

Mientras nosotros en Bogotá agradecemos que, hasta ahora, la ciudad no esté enfrentando una tragedia como la que se está viviendo en otras regiones, hay familias en Pereira, Cali, Manizales, Quibdó y otros lugares que hoy están viviendo este lunes de una manera completamente diferente.

En las últimas horas he hablado con algunas personas cercanas en Cali y sus relatos me han ayudado a entender algo que las cifras difícilmente pueden explicar.

Hay lugares donde se fue la electricidad y la conexión a Internet comenzó a funcionar solamente por momentos. Personas tratando de comunicarse con sus familias, aprovechando cuando regresaba la señal para saber cómo estaban los suyos.

Una persona cercana me contaba que estaba en un quinto piso y que, junto con su esposo, terminó agarrada de una pared mientras el movimiento no paraba. Después tuvieron que salir porque ya no sabían qué podía pasar con la estructura.

Otra persona me contó que estaba con una señora que caminaba con dificultad y tuvieron que ayudarla a salir al antejardín mientras todo seguía moviéndose.

Son detalles que pueden parecer pequeños frente a una tragedia de esta magnitud, pero precisamente por eso me parecen importantes.

Porque un terremoto no se vive solamente en las cifras de muertos, heridos o edificios afectados. Se vive en una familia que no logra comunicarse, en una persona mayor que necesita ayuda para salir, en alguien que está en un quinto piso y no sabe qué hacer, en alguien que mira alrededor tratando de entender qué puede caer.

Incluso escuché una historia que parece menor frente a todo lo demás, pero que deja una enseñanza. Un carro prácticamente nuevo terminó seriamente golpeado porque varias motos que estaban estacionadas junto a él se desplazaron durante el movimiento y terminaron chocándolo repetidamente.

Puede parecer una cosa pequeña, pero también hace parte de pensar cómo tenemos organizadas nuestras casas, nuestros parqueaderos y nuestros espacios. En una emergencia, cosas que normalmente consideramos inofensivas pueden convertirse en un riesgo.

Y mientras escuchaba estas historias, inevitablemente pensé en Venezuela.

El 24 de junio, hace apenas unas semanas, Venezuela vivió dos terremotos consecutivos, de magnitudes 7,2 y 7,5. La Guaira fue una de las zonas más afectadas y las consecuencias fueron muy fuertes.

Para mí aquello tampoco fue solamente una noticia.

Mi hijo fue con su iglesia a La Guaira para participar en labores de asistencia psicológica y, cuando regresó, me contó algunos testimonios que todavía tengo muy presentes. No quiero contar historias que no me corresponde contar, pero sí puedo decir que fueron testimonios muy duros. Personas que en cuestión de segundos vieron cambiar completamente su realidad; personas que pasaron de estar haciendo su vida normalmente a encontrarse frente a una situación que nunca imaginaron que les podía ocurrir.

Y eso fue hace prácticamente dos meses.

Uno pensaría que después de escuchar algo así quedaría permanentemente alerta.

Pero no funciona de esa manera.

Uno se conmueve, ora por las personas, ayuda si puede, habla del tema durante unos días y después vuelve a la rutina. El trabajo sigue, las cuentas siguen, los compromisos siguen y la vida vuelve a ocupar todo el espacio.

Hasta que la tierra se mueve debajo de nuestros propios pies.

Esta mañana me acordé de eso.

También me acordé de mi experiencia viviendo en Estados Unidos durante la temporada de huracanes de 2005. Katrina, Rita y Wilma hicieron de aquel año algo muy difícil de olvidar. Uno veía las noticias, escuchaba las recomendaciones, veía a la gente prepararse y aun así había una parte de nosotros que pensaba que lo peor probablemente le iba a ocurrir a alguien más.

Creo que ahí tenemos una de nuestras mayores debilidades como seres humanos: sabemos que somos vulnerables, pero vivimos como si la vulnerabilidad fuera una condición de los demás.

Y aquí me incluyo.

Porque uno sabe que tiene que prepararse y muchas veces no se prepara.

Sabemos que deberíamos tener un kit de emergencia. Sabemos que deberíamos conocer las rutas de evacuación de nuestra casa, de la oficina y de los lugares donde pasamos buena parte del día. Sabemos que deberíamos tener agua, una linterna, un botiquín, documentos importantes y alguna forma de mantener comunicado al núcleo familiar.

Sabemos incluso que hoy tenemos herramientas tecnológicas que hace algunos años no existían. Algunos teléfonos pueden recibir alertas sísmicas y, dependiendo de la ubicación y de las características del evento, ofrecer unos segundos de anticipación antes de que lleguen las ondas más fuertes. No son minutos garantizados ni una solución mágica, pero en una emergencia unos segundos pueden ser importantes.

¿Y cuántos de nosotros tenemos realmente todo eso preparado?

Yo tengo cosas que revisar.

Y eso también me lo deja el terremoto de esta mañana.

Porque prepararse no significa vivir con miedo. Significa aceptar que hay cosas que no controlamos y hacer responsablemente aquello que sí podemos hacer.

Revisar nuestra casa, conocer las rutas de evacuación, tener un kit, conversar con la familia, revisar las edificaciones donde vivimos o trabajamos y aprovechar la tecnología disponible no es ser pesimista.

Es ser responsable.

También me impresionó volver a ver las imágenes de la Catedral de Manizales. Una de sus torres sufrió daños con el sismo y la imagen tiene además una carga histórica: esa misma Catedral ya había sufrido el impacto de otro terremoto en 1962, cuando una de sus torres colapsó.

Hoy todavía corresponde a los especialistas determinar exactamente el alcance de los daños, pero la imagen es suficiente para recordarnos que incluso aquello que parece permanente puede ser puesto a prueba.

Y entonces la reflexión empieza a cambiar.

Ya no se trata solamente de preguntarnos si tenemos agua, una linterna o un botiquín.

También se trata de revisar cómo estamos viviendo.

Porque si algo así nos enseña es que la sensación de control que tenemos sobre nuestra vida puede ser bastante más frágil de lo que pensamos.

Uno sale de la casa en la mañana pensando que va a regresar por la noche. Hace planes para la semana, para el mes, para el próximo año. Trabaja pensando en el futuro, organiza sus finanzas, construye proyectos, cuida su patrimonio y, en general, vive como si tuviera bastante tiempo por delante.

Y probablemente lo tenga.

Pero no lo sabemos.

Esta mañana, mientras veía las noticias y hablaba con algunas personas, me apareció una pregunta que puede resultar incómoda, pero que creo que vale la pena hacerse de vez en cuando.

*Si hoy tuviera que irme, ¿me iría tranquilo?*

No estoy hablando solamente de morir. Estoy hablando de estar en paz con la vida que estoy viviendo.

¿Estoy bien con los míos? ¿Hay alguien a quien debería llamar? ¿Hay una conversación que llevo demasiado tiempo aplazando? ¿Hay algo por lo que debería pedir perdón? ¿Estoy cuidando a las personas que realmente importan? ¿Estoy viviendo de acuerdo con lo que digo que creo?

Y, sobre todo, hay una pregunta que para mí tiene un peso diferente:

*¿Estoy al día con Dios?*

Puede sonar fuerte. Incluso puede sonar demasiado espiritual para algunos. Pero yo no puedo separar completamente esa pregunta de lo que pasó esta mañana.

Porque yo creo en Dios y creo que, finalmente, Él es el único que tiene el control absoluto de lo que va a suceder.

Eso no quiere decir que nosotros no tengamos responsabilidad. Todo lo contrario.

Creo que debemos orar y hacer nuestra parte.

Debemos prepararnos, cuidar a los nuestros, revisar aquello que podamos revisar y tomar decisiones que llevamos tiempo aplazando. No podemos controlar la tierra, ni el clima, ni muchas de las circunstancias que pueden aparecer mañana. Pero sí podemos decidir cómo estamos viviendo hoy.

Y quizá eso sea lo que más me deja esta mañana.

No solamente el susto.

También la gratitud de saber que, en mi entorno, estamos bien. La gratitud de poder llamar a los míos y saber que están bien. La gratitud de que Bogotá, hasta los reportes que tenemos, no haya vivido una tragedia de la dimensión que están enfrentando otras regiones del país.

Y al mismo tiempo pienso en quienes hoy están viviendo una realidad completamente diferente.

En quienes tienen su casa afectada, en quienes están heridos, en quienes están buscando a alguien, en quienes perdieron cosas que quizás nunca recuperen y, especialmente, en quienes todavía están esperando que los equipos de emergencia puedan llegar hasta ellos.

Por eso creo que hoy toca parar.

No solamente para dejar de buscar noticias.

También para mirar hacia adentro.

Estoy escribiendo esto aproximadamente tres horas después de que comenzó el terremoto y ya estamos hablando de más de veinte personas fallecidas. Seguramente cuando usted lea esto habrá más información y las cifras serán diferentes. Por eso prefiero no intentar cerrar hoy una historia que todavía se está escribiendo.

Tal vez dentro de una semana vuelva sobre este tema.

Tal vez dentro de unos meses.

Quizás cuando haya pasado el susto, cuando tengamos los balances definitivos y cuando podamos mirar con un poco más de distancia lo que ocurrió, valga la pena escribir una segunda parte.

Porque seguramente habrá mucho que aprender.

Hoy, por ahora, quiero quedarme con lo esencial.

Que nos sirva para agradecer.

Que nos sirva para prepararnos.

Que nos sirva para llamar a alguien.

Que nos sirva para pedir perdón, si hace falta.

Que nos sirva para decir “te quiero” mientras podemos decirlo.

Y que nos sirva también para recordar que, aunque hagamos todo lo que está en nuestras manos, al final no controlamos el futuro.

Yo puedo preparar mi casa.

Puedo preparar un kit.

Puedo utilizar la tecnología.

Puedo cuidar a los míos.

Puedo tomar precauciones.

Pero hay una parte de la vida que sencillamente no está bajo mi control.

Y ahí es donde mi fe deja de ser una idea y se convierte en confianza.

Primero, orar.

Después, hacer nuestra parte.

Y luego seguir viviendo, seguir amando, seguir trabajando, seguir construyendo y seguir confiando.

Porque al final, no hay nada más que podamos hacer que confiar en Dios.


Autor: Pedro Lancheros es periodista y administrador de empresas, con experiencia como CEO y miembro de juntas directivas. Se ha especializado en liderazgo, estrategia y gobierno corporativo, con particular énfasis en empresas familiares y procesos de sucesión.

También trabaja en economía plateada, que considera la experiencia de los profesionales senior como un activo estratégico, y en productividad ejecutiva mediante sistemas de organización y gestión del conocimiento.

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