Jesús es el Cristo. Usted no, Gustavo Petro

Gustavo Petro, presidente de Colombia
Gustavo Petro, presidente de Colombia Presidencia de la República de Colombia

Hoy, en un acto público en el Hospital San Juan de Dios, el presidente Gustavo Petro pronunció afirmaciones que no solo ofenden la fe de millones de colombianos, sino que revelan una profunda ignorancia histórica, una manipulación teológica deliberada y, sobre todo, una peligrosa banalización de la figura central del cristianismo: Jesucristo.

Afirmar que “Jesús hizo el amor, sí… a lo mejor con María Magdalena” no es una hipótesis académica ni una reflexión teológica legítima. Es una especulación sin fundamento alguno en los textos canónicos, en los escritos patrísticos, ni siquiera en las fuentes apócrifas más audaces. Los cuatro evangelios —escritos en el primer siglo, reconocidos por la Iglesia primitiva y validados por criterios históricos rigurosos— presentan a Jesús como célibe, consagrado enteramente a la misión del Reino. Ni siquiera los evangelios gnósticos del siglo II, como el Evangelio de Felipe, afirman explícitamente una relación sexual; en todo caso, usan metáforas espirituales que han sido malinterpretadas por novelas modernas como El Código Da Vinci. El presidente confunde ficción con historia, y peor aún, impone su fantasía personal como si fuera verdad revelada.

Es una especulación sin fundamento alguno en los textos canónicos, en los escritos patrísticos, ni siquiera en las fuentes apócrifas más audaces.

Peor aún es su afirmación de que “Jesús no era el Cristo, porque la palabra ‘Cristo’ es griega y se la añadieron después para distorsionar su mensaje”. Aquí se evidencia una desconexión alarmante con la historia del Nuevo Testamento. “Cristo” (Χριστός) es la traducción griega de la palabra hebrea Mashíaj (Mesías), que significa “ungido”. Ya en los LXX (la Septuaginta, traducción griega del Antiguo Testamento hecha en el siglo III a.C.), el término se usaba para referirse al ungido de Dios.

Pedro mismo proclama a Jesús como “el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (Mateo 16:16). Pablo, en sus cartas —las más antiguas del Nuevo Testamento—, llama sistemáticamente a Jesús “Cristo Jesús”. No hay distorsión posterior: el título es original, esencial y mesiánico. Negarlo no es “descolonizar” la fe, sino desmantelarla con ignorancia disfrazada de iluminación.

Y luego viene la sentencia machista disfrazada de halago: “los hombres inteligentes conquistan a las mujeres a pesar de su físico”. Más allá del reduccionismo misógino —como si la mujer fuera un trofeo a ser “conquistado”—, esta afirmación ignora la enseñanza bíblica sobre la sabiduría verdadera. Proverbios 31 no elogia a la mujer que busca un intelectual arrogante, sino a la que valora a un hombre “que teme al Señor” (v. 30).

La inteligencia sin piedad es vanidad; la sabiduría comienza con el temor a Dios (Proverbios 9:10). Hoy, en una cultura que idolatra el ingenio sin integridad, urge recordar que lo que agrada a Dios no es la retórica seductora, sino el corazón humilde y obediente.

Además presidente, estamos de acuerdo en que la inteligencia es atractiva para las mujeres, sapiofilia le llaman. Sin embargo si una mujer solo se va a fijar en eso es preferible alejarla. Uno como hombre debe probarse en todos los frentes y la inteligencia no es incompatible con el atractivo físico ni con la inteligencia emocional. Claro, nada más agradable que compartir un buen café y tener un diálogo intelectual con una química de seducción en el aire, pero en busca de la estabilidad se debe aspirar a más que eso.

Al negar al “Cristo”, Petro no solo altera la historia, sino que intenta arrebatarle al pueblo la esperanza de la Redención para sustituirla por una ideología terrenal y caduca.

Ahora con todo esto lo que el presidente ignora es que, al atacar la identidad mesiánica de Jesús, está golpeando directamente el kerygma: el anuncio gozoso y núcleo central de la fe cristiana. Sin el kerygma —la proclamación de que Jesús es el Cristo, muerto y resucitado— el cristianismo se vacía de contenido sobrenatural y queda reducido a un club de ética social o a un manual de activismo político.

Al negar al “Cristo”, Petro no solo altera la historia, sino que intenta arrebatarle al pueblo la esperanza de la Redención para sustituirla por una ideología terrenal y caduca.

Resulta paradójico que el mandatario pretenda enarbolar las banderas de una Teología de la Liberación que hoy no es más que un “trapo sucio y viejo”. Aquella corriente, que en su origen pretendía una opción preferencial por los pobres, ha sido superada por la historia y por el Magisterio de la Iglesia, que advirtió sobre el peligro de vaciar el Evangelio de su trascendencia para convertirlo en un apéndice del análisis marxista. Petro no ofrece una liberación espiritual, sino una instrumentalización política de la fe; usa un lenguaje pretendidamente teológico para esconder un mesianismo personalista que busca desplazar al verdadero Mesías para ponerse él en su lugar.

Finalmente, uno no puede evitar preguntarse: ¿qué sigue? ¿Hablará el presidente de la Virgen María? ¿Dirá que la Última Cena fue un ritual cannábico? Sus declaraciones, cada vez más desbocadas, ya no parecen producto de una reflexión seria, sino de una mezcla preocupante de egolatría, improvisación ideológica y sospechas razonables sobre su estado en el momento de hablar.

Si no es en Twitter, es en medios nacionales donde embarrará, una vez más, no solo su imagen, sino el respeto debido a las creencias de la mayoría de los colombianos.

Jesús no necesita defensores furiosos, pero sí testigos fieles. Y hoy, más que nunca, Colombia necesita líderes que honren la verdad histórica, respeten la fe ajena y no usen el púlpito político para imponer sus fantasías personales como si fueran revelación divina.

Jesús es el Cristo. Usted no, Gustavo Petro.

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