
Entre las muchas celebraciones comerciales que tiene el año se encuentra Halloween. Simplemente disfraces y dulces, celebrada incluso por algunos cristianos. ¿Pero en realidad es solo eso? Si es así, ¿qué podría tener de malo? Bueno, es momento de examinarlo a la luz de la historia, pero sobre todo de la Palabra.
Empecemos por la historia, que es más enredada de lo que suele contarse. La palabra Halloween viene de All Hallows' Eve, la víspera del Día de Todos los Santos, que la Iglesia Católica celebra el 1 de noviembre. Antes de que el calendario cristiano llegara a Irlanda, el mundo gaélico celebraba Samhain, una fiesta de fin de cosecha que daba paso a la mitad oscura del año. Los textos irlandeses medievales dicen que en esa noche se adelgazaba la frontera entre vivos y muertos. Conviene ser prudente con esto: las fuentes son tardías y los historiadores discuten cuánto de la fiesta pagana sobrevive y si Roma escogió el 1 de noviembre para desplazarla.
Lo que sí está bien documentado es la costumbre popular que quedó. La gente se disfrazaba, salía a pedir comida a cambio de oraciones por los difuntos y tallaba nabos con una vela adentro. Los inmigrantes irlandeses llevaron todo eso a Estados Unidos en el siglo XIX; allá la calabaza reemplazó al nabo, y la industria del entretenimiento hizo el resto.
Un defensor de la fiesta diría que el origen no decide nada, y tendría a Pablo de su lado. En 1 Corintios 8 y 10 el apóstol trata un problema parecido: la carne que se vendía en el mercado había pasado antes por los templos paganos. Su consejo para el creyente que comprara en la plaza era comerla sin preguntar de dónde venía, porque la tierra y lo que ella produce son del Señor.
El criterio de Pablo es lo que el acto significa en el lugar donde se hace, y no de dónde viene el objeto.
Pero Pablo sigue escribiendo, y lo que viene después es lo que cuenta para este debate. Si alguien advierte que esa carne fue ofrecida en sacrificio, hay que abstenerse por consideración a la conciencia ajena. Y cuando el asunto deja de ser un alimento y pasa a ser una participación, el tono se eleva considerablemente: "no quiero que os hagáis partícipes con los demonios". El criterio de Pablo es lo que el acto significa en el lugar donde se hace, y no de dónde viene el objeto. Por eso la pregunta útil sobre Halloween es qué se celebra hoy cuando se celebra.
Se celebra la muerte convertida en espectáculo. Esqueletos, cementerios de cartón, sangre de utilería, fantasmas, brujas y casas embrujadas, todo ofrecido como diversión y con el miedo como producto. Las Escrituras tratan la muerte de otra manera. Pablo la llama el último enemigo (1 Corintios 15:26), y la carta a los Hebreos dice que Cristo entró en ella para librar a los que pasaron la vida esclavizados por el temor a morir.
El cristiano llora a sus muertos con esperanza, como dice 1 Tesalonicenses 4, y sabe que ese enemigo ya tiene la derrota anunciada. Un niño disfrazado de cadáver sanguinolento aprende a reírse de la muerte sin saber por qué existe ni quién la venció. La fiesta le enseña a convivir con el miedo y a romantizarlo, y el evangelio le promete que puede dejar de tenerlo.
Hay además un asunto que incomoda más a muchos creyentes. Deuteronomio 18 enumera con detalle lo que Dios aborrece: la adivinación, la hechicería, los agüeros, los conjuros, los médiums y consultar a los muertos. En Éfeso, después de que el evangelio llegó a la ciudad, quienes habían practicado la magia juntaron sus libros y los quemaron en público, un gasto que Lucas calcula en cincuenta mil piezas de plata (Hechos 19). Casi ningún niño que pide dulces en la calle está invocando nada, y lo sé. Aun así, la fiesta presenta lo oculto como un juego simpático, con brujitas tiernas y espíritus de sábana, mientras la Biblia lo trata como una realidad seria. Un cristiano puede decidir que su familia no preste su nombre a esa ligereza.
Aquí llega la objeción más frecuente: "Si no celebras Halloween por sus raíces paganas, tampoco deberías celebrar la Navidad, que también las tiene". La objeción merece atención porque hay creyentes sinceros que la han llevado hasta el final. Los puritanos ingleses concluyeron en el siglo XVII que la Navidad no tenía respaldo bíblico y la prohibieron. El Parlamento la abolió en 1647 y Massachusetts la vetó entre 1659 y 1681. Eran personas coherentes, y yo creo que se equivocaron, por razones teológicas y por razones históricas.
La razón histórica es que el origen de la fecha está menos claro de lo que repite la gente. La Biblia no dice cuándo nació Jesús. La primera noticia de una celebración del 25 de diciembre viene de Roma, en el calendario del año 354, que refleja una práctica ya existente hacia el 336.
Una hipótesis la liga al culto del Sol Invicto, al que el emperador Aureliano dedicó un templo en el 274. Otra apunta a que los cristianos calcularon la fecha por sí mismos. Creían que Cristo había sido concebido y había muerto el mismo día del año, el 25 de marzo, y nueve meses después de la concepción cae el 25 de diciembre. Sexto Julio Africano ya fechaba la encarnación el 25 de marzo en el año 221, medio siglo antes del templo de Aureliano. Los historiadores siguen sin ponerse de acuerdo, y a mí no me hace falta que lo hagan.
Porque la razón teológica pesa más que la histórica, y me atrevo a decir —a riesgo de ser considerado hereje por los hermanos que son enemigos de la Navidad— que a nuestro Señor Jesucristo no le molesta en absoluto, y se sentaría con la gente del barrio a comer una deliciosa natilla con buñuelos. Aún más: que el 25 de diciembre desayunaría calentao con la familia. La Navidad celebra un hecho que las Escrituras narran: el Verbo se hizo carne, nació de María en Belén y fue puesto en un pesebre (Mateo 1, Lucas 2, Juan 1:14).
Una fecha es un dato de calendario. La encarnación es la razón por la que existe el cristianismo.
Si el 25 de diciembre vino de un calendario pagano, lo que se puso encima de ese día fue el nacimiento de Cristo, y todo lo que se dice y se canta ese día habla de él. En Halloween ocurre al revés. Ningún acontecimiento bíblico respalda la fiesta, y su contenido (los muertos que vuelven, los espíritus, el miedo) viene de la fiesta misma. Una fecha es un dato de calendario. La encarnación es la razón por la que existe el cristianismo. Mantener una y no la otra es consecuencia de preguntar qué conmemora cada celebración, y descartarlas juntas o aceptarlas juntas exigiría ignorar esa diferencia.
Quedan las preguntas prácticas, que son las que de verdad se discuten en las familias. Romanos 14 pide que los creyentes no se desprecien por cuestiones de conciencia, y tomo esa advertencia en serio: conozco hermanos íntegros que dejan salir a sus hijos disfrazados de algo inofensivo y no creo que hayan abandonado la fe.
Los niños no dejan de ser niños por pasar una noche distinta, y los vecinos recuerdan a quien los recibió bien.
Mi convicción es otra, y la sostengo con respeto hacia ellos. Tampoco veo ninguna razón para encerrarse con las luces apagadas.
El 31 de octubre los cristianos evangélicos tenemos nuestra propia razón para hacer memoria, porque según la tradición ese día de 1517 Lutero publicó sus noventa y cinco tesis en Wittenberg. Se puede organizar una fiesta en la iglesia con dulces, disfraces de personajes bíblicos o históricos y juegos para los niños del barrio, e invitar a los vecinos. Se puede abrir la puerta de la casa, repartir golosinas y conversar con quien toque el timbre sin ponerse una máscara. Los niños no dejan de ser niños por pasar una noche distinta, y los vecinos recuerdan a quien los recibió bien.
Recuerdo que mi mamá se esforzaba mucho trabajando en el centro de Bogotá para alquilarme un disfraz cada año y me daba dulces. En algún punto ella adquirió las convicciones que aquí presento y dejó de hacerlo, pero jamás dejó de darme dulces. En lo que respecta a mi hija pienso hacer lo mismo: cada 31 de octubre darle días memorables con comida rápida, dulces y una película o serie divertida. Cuando tenga la edad suficiente le explicaré por qué su papá eligió no celebrar esta fecha, pero siempre ha elegido amarla y darle días felices sin que deba envidiar a los otros niños.
Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.





