Del salvavidas político a la contrarrevolución cultural: el papel de los cristianos en el nuevo gobierno colombiano

Abelardo de la Espriella
BOGOTÁ, COLOMBIA - 25 DE JUNIO: El presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella; el vicepresidente electo de Colombia, José Manuel Restrepo; y miembros del Consejo Nacional Electoral de Colombia permanecen de pie mientras suena el himno nacional de Colombia durante el acto de certificación de Abelardo de la Espriella como nuevo presidente de Colombia, celebrado en Corferias Bogotá el 25 de junio de 2026 en Bogotá, Colombia. Foto de Diego Cuevas/Getty Images

21 de junio de 2026. Jamás olvidaré cómo recibí esos resultados. Estaba en una panadería, revisando los boletines en la aplicación, estábamos tan nerviosos. Al caer la tarde llegó la noticia: casi 13 millones de colombianos —12.959.515 votos, el 49,66 %— salieron a las urnas y eligieron a Abelardo de la Espriella como nuevo presidente de la República, frente a los 12.708.695 votos (48,70 %) de Iván Cepeda. Una diferencia de apenas 250.820 votos que confirma lo ajustado, y lo decisivo, de esta victoria.

El candidato del petrismo contaba con el llamado "voto fusil" y con todo el aparato estatal puesto a su servicio. Se recurrió a la guerra sucia. Y, lo más doloroso, un candidato de nuestra propia ala política fue asesinado en plena campaña. A pesar de que tenían todo para ganar, nosotros ya no teníamos nada que perder, y por eso nos la jugamos con firmeza por la patria.

Cuando digo "nos la jugamos" me refiero a los cristianos protestantes que respaldamos la campaña de Abelardo. Meses antes de que las encuestas siquiera le dieran opción, algunos de los liderazgos más influyentes de la política cristiana cerraron filas en torno a su candidatura. Y es ahí donde esa coherencia recibió su recompensa: una victoria contundente que le entrega al país cuatro años de un proyecto político dispuesto a corregir el rumbo.

Hubo, por supuesto, muchos cuestionamientos a la participación cristiana en esta campaña. Identifico tres tipos de crítica.

Meses antes de que las encuestas siquiera le dieran opción, algunos de los liderazgos más influyentes de la política cristiana cerraron filas en torno a su candidatura.

Primero, los que siempre cuestionan cualquier participación cristiana en la política, a quienes ya respondí en mi columna "Denuncia sobre la maquinaria de los cristianos en política". Segundo, los cristianos afines a Iván Cepeda que creen poseer una suerte de superioridad moral, a quienes respondí en "¿Debería un cristiano protestante votar por Iván Cepeda?". Y tercero, quienes esconden un secularismo hostil detrás de preocupaciones "morales" frente a nuestro respaldo a un candidato no confesional.

Como siempre, su moral les alcanza para indignarse contra quienes no comulgamos con su proyecto político, pero no les alcanza para la autocrítica frente a los propios lunares de su movimiento. No obstante, no quiero darle más reflectores a quienes perdieron. Prefiero centrar esta columna en lo que será nuestra participación en el nuevo gobierno.

Viviane Morales, ministra de Educación. Su llegada a esta cartera es mucho más que un alivio: es la oportunidad de comenzar a desmontar el andamiaje ideológico que se instaló en el aparato estatal para promover la ideología de género y otras corrientes que consideramos ajenas a la cosmovisión bíblica. Morales es abogada de la Universidad del Rosario, con maestría en Derecho Público en París, y una hoja de vida que incluye haber sido representante a la Cámara, senadora en dos períodos, la primera mujer fiscal general de la Nación (2011-2012) y embajadora de Colombia en Francia. Fue promotora del referendo contra la adopción homosexual. Durante la campaña se dedicó a defender la protección de la infancia y un modelo de educación tradicional, y ha planteado —en sus propias palabras públicas— que hay que devolverle un lugar a Dios en los colegios. Resulta paradójico que hace apenas unos años algunos sectores cristianos la atacaban por sus divorcios y hoy la celebran como estandarte de los valores de familia. Así cae, por su propio peso, el dedo que juzga.

Viviane Morales, ministra de Educación. Su llegada a esta cartera es mucho más que un alivio: es la oportunidad de comenzar a desmontar el andamiaje ideológico que se instaló en el aparato estatal.

Jaime Andrés Beltrán, ministro de Vivienda. Y aquí quiero detenerme, porque este nombramiento tiene un significado especial para nosotros: Beltrán no solo es hermano en la fe, es pastor. Hijo de pastores, creció y sirve en una congregación evangélica de Bucaramanga y durante años ha discipulado a miles de familias en esa ciudad. Fue concejal, y después alcalde de Bucaramanga, con un discurso de mano dura contra la inseguridad que le valió el apodo de "el Bukele colombiano". Ya como gerente nacional de regiones durante la campaña, se convirtió en una de las figuras más cercanas al presidente electo, quien públicamente le reconoció, ni más ni menos, "cara de ministro". Su llegada al Ministerio de Vivienda representa una oportunidad para replicar una gestión eficiente y cercana al territorio, similar a la que en su momento se reconoció a Ricardo Arias Mora al frente del Fondo Nacional del Ahorro.

Ya tenemos ministra de Educación y ministro pastor. Bien, muy bien. Ahora nos corresponde a cada uno asumir nuestro propio ministerio: el del evangelio. Retomar el poder cultural discipulando a la nación. De lo contrario, en cuatro, ocho o doce años la izquierda volverá al poder, y esta ventana histórica se habrá cerrado sin haber sembrado nada duradero.

Beltrán no solo es hermano en la fe, es pastor. Hijo de pastores, creció y sirve en una congregación evangélica de Bucaramanga y durante años ha discipulado a miles de familias en esa ciudad.

Que haya al menos dos hermanos reconocidos en la fe en el gabinete —una ministra que ha defendido públicamente los principios y la familia y un pastor al frente de Vivienda— no nos exime de la tarea que de verdad nos compete: el discipulado de las familias, la formación de las próximas generaciones y la batalla por las ideas.

Aquí quiero fijar un punto que considero irrenunciable: no podemos convertirnos en estatistas cristianos. Si creemos que, por tener un presidente simpatizante del cristianismo y una ministra cristiana, ya resolvimos nuestros problemas, estamos profundamente equivocados. La cosmovisión bíblica no es estatista. El problema de la educación no es solo de forma, es de fondo.

Mientras en las iglesias no hablemos de cosmovisión, apologética y batalla cultural, las próximas generaciones o estarán fuera de la iglesia, o estarán dentro de ella con una mente secuestrada por el humanismo. Pensar el problema moral de la educación es pensar cómo lograr que nuestra nación tenga una mente cristiana; no que todos sean cristianos, porque eso no es posible, sino que nuestros principios vuelvan a ser la brújula en todas las esferas.

Y aquí entra la educación cristiana. ¿Enseñan los paganos en los colegios cristianos? Sí. Incluso muchos maestros que se dicen cristianos enseñan humanismo, son camaradas ideológicos de abiertos anticristianos, y reducen lo cristiano de su enseñanza a un versículo de apertura. Entonces, ¿qué nos hace diferentes? Esa es la pregunta que de verdad debería inquietarnos, más que la composición del gabinete.

De momento tenemos un salvavidas político con el gobierno de Abelardo. Pero lo que necesitamos es un cambio estructural, espiritual y cultural. La presidencia de Abelardo no convertirá a nadie; en realidad, nos deja más expuestos si su gobierno llega a cometer algún error, porque nuestro reino no es de este mundo y nuestra lealtad incondicional es a Cristo y a su palabra.

Mientras en las iglesias no hablemos de cosmovisión, apologética y batalla cultural, las próximas generaciones o estarán fuera de la iglesia, o estarán dentro de ella con una mente secuestrada por el humanismo.

Como lo he dicho en otras columnas: si Abelardo o su gobierno cometen algún error moral contrario a nuestra cosmovisión, los cristianos debemos ser los primeros en encender una alerta moral. Los profetas del Antiguo Testamento no eran adivinos: compartían visiones, sí, pero también afirmaban y exhortaban al pueblo y a sus reyes.

La sana doctrina nos invita a lo mismo: ser la columna moral de esta patria. Afirmar y exhortar, ese es el equilibrio. No adivinar bobadas ni jugar a la intuición y el espectáculo, y me atrevo a decirlo con toda franqueza.

Respaldo al presidente y a su gabinete. Creo en sus propuestas. No me atrevo a decir que Abelardo es cristiano —quien un domingo puede estar en un púlpito y al siguiente adorando ídolos, y eso no deja de estar mal—. Creo que el presidente Abelardo cree en Dios; no somos jueces de quién está salvo y quién no, pero oro por su salvación, y espero que pueda conocer a Dios mucho más allá de la tradición y de lo nominal de una divinidad aislada en la política conservadora.

No creo que debamos idolatrarlo, pero sí guiarlo. Señor, te pedimos que uses a esos hombres y mujeres que te temen y que estarán en su gobierno para aconsejarlo, como usaste a Daniel y a José. Creo con todo mi corazón que puedes hacerlo, Padre.

Nuestro papel en este nuevo gobierno es, primero, orar por nuestra nación, como siempre. A los cristianos que ocuparán cargos, hacerlo con excelencia, conscientes de que sus frutos hablarán por ellos, pero también de que, aun haciendo lo bueno, serán ampliamente criticados —por lo cual no deben conmoverse ni buscar agradar—. Y al resto de la iglesia, estar atenta: dar gloria a Dios por lo bueno que este gobierno pueda hacer en favor de recuperar el país que el proyecto de izquierda casi termina de desmontar, pero también denunciar, con nuestra voz profética, lo que haga falta denunciar.

Alabanza y gloria sean al Rey de reyes y Señor de señores, quien gobierna sobre toda criatura y está actuando en Colombia.


Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.

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