¿Debería un cristiano protestante votar por Iván Cepeda?

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Para una porción significativa del protestantismo colombiano, particularmente para aquellos que sostienen una hermenéutica reformada, conservadora o evangélica históricamente consciente, la decisión respecto al candidato presidencial Iván Cepeda no admite matices: su proyecto político, sus alianzas y su cosmovisión son incompatibles con la fe cristiana. Esta certeza, sin embargo, no es compartida por todos. Existe un sector creciente —al que podríamos denominar "cristianismo progresista” — que, movido por una sensibilidad legítima hacia la “justicia social”, encuentra en Cepeda y en el bloque político que él representa un aliado natural en la lucha contra la desigualdad, la violencia política y la exclusión. Estos hermanos en la fe, muchos de ellos pastores, líderes sociales y teólogos, argumentan que el Evangelio tiene una dimensión social ineludible y que, por tanto, votar por figuras como Cepeda sería una expresión coherente de la praxis del Reino.

El propósito de estas líneas no es satanizar la intención, sino examinar con rigor la coherencia teológica de esa posición. Porque aquí yace el dilema: ¿puede un cristiano suscribir un proyecto político cuyo sustrato filosófico, antropológico y ético es estructuralmente incompatible con la cosmovisión bíblica, alegando que comparte con él algunos fines prácticos? La respuesta, sostendré, es negativa. Y lo es porque el voto —ese acto que muchos reducen a una preferencia administrativa— es, en realidad, un acto de confesión cosmovisional, una declaración pública de qué visión del hombre, de la sociedad y de la justicia consideramos más plausible y deseable.

Para fundamentar este rechazo con solidez, es necesario elevar el análisis por encima del ruido coyuntural. El análisis debe operar en dos niveles sucesivos. En primer lugar, ubicaremos a Iván Cepeda y su proyecto político dentro del espectro ideológico contemporáneo, identificando con precisión a qué familia de pensamiento pertenece, de qué tradiciones intelectuales bebe y cuáles son sus referentes teóricos.

En segundo lugar, y este es el paso decisivo, elevaremos ese análisis del espectro político al espectro de las cosmovisiones. Una cosmovisión no es una simple opinión sobre política pública; es el marco interpretativo profundo desde el cual una persona o una comunidad entiende la realidad: el origen del mundo, la naturaleza del ser humano, el problema fundamental de la existencia, la solución a ese problema, el sentido de la historia y el destino final. Toda ideología política es, en el fondo, la expresión secularizada de una cosmovisión que, a su vez, responde —consciente o inconscientemente— a preguntas que originalmente fueron teológicas. En mi escuela de gobierno y transformación social desde la cosmovisión bíblica de JUCUM recuerdo haber aprendido que toda cosmovisión deriva en una filosofía de gobierno.

Existe un sector creciente —al que podríamos denominar "cristianismo progresista” — que, movido por una sensibilidad legítima hacia la “justicia social”, encuentra en Cepeda y en el bloque político que él representa un aliado natural en la lucha contra la desigualdad, la violencia política y la exclusión.

Es en este terreno profundo, no en la superficie de las propuestas programáticas, donde debe librarse el discernimiento cristiano. Porque si descubrimos que la cosmovisión que anima el proyecto de Cepeda es incompatible en sus fundamentos con la cosmovisión bíblica, entonces ninguna convergencia táctica, por más loable que parezca, podrá justificar la alianza. Sería como pretender construir un edificio sólido sobre cimientos que la ingeniería ha declarado inadecuados: el resultado, tarde o temprano, será la ruina.

Para comprender la naturaleza del proyecto que Cepeda encarna, es imprescindible rastrear su genealogía intelectual. El progresismo contemporáneo tiene una historia, y esa historia revela una transformación profunda que muchos cristianos progresistas ignoran o minimizan.

En sus orígenes, durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, el progresismo mantuvo vínculos orgánicos con el protestantismo liberal anglosajón y norteamericano. Movimientos como el Social Gospel de Walter Rauschenbusch, el posmilenialismo de la teología reformada liberal y el activismo social de figuras como Jane Addams representaron un intento genuino —aunque teológicamente problemático— de aplicar los principios cristianos a los problemas de la industrialización, la pobreza urbana y la injusticia laboral. Estos primeros progresistas eran, en su mayoría, cristianos profesantes que creían que el Reino de Dios podía realizarse gradualmente en la historia mediante la reforma social, la educación y la legislación protectora.

Para comprender la naturaleza del proyecto que Cepeda encarna, es imprescindible rastrear su genealogía intelectual.

Sin embargo, incluso en esa etapa temprana, el progresismo ya mostraba señales de lo que sería su evolución posterior: un desplazamiento progresivo del centro de gravedad desde la trascendencia divina hacia la inmanencia humana. La salvación ya no era entendida principalmente como redención escatológica por la gracia de Cristo, sino como liberación histórica mediante la acción humana organizada. El pecado, más que una condición antropológica radical, era reinterpretado como ignorancia, tradición opresiva o estructura social injusta. Y la esperanza cristiana, despojada de su dimensión escatológica trascendente, se convertía en fe en el progreso indefinido de la civilización.

Este desplazamiento fue la consecuencia lógica de haber abandonado los pilares de la ortodoxia protestante: la autoridad normativa de la Escritura (sola Scriptura), la depravación radical del hombre tras la caída, la sustitución penal de Cristo como único fundamento de la justificación, y la soberanía absoluta de Dios sobre la historia. Una vez que estos pilares fueron removidos, el progresismo quedó a la deriva, flotando sobre un mar de ideas cada vez más secularizadas.

A lo largo del siglo XX, esta secularización se aceleró. El progresismo fue absorbiendo, como una esponja ideológica, elementos del marxismo (la lucha de clases, la crítica estructural al capitalismo, la sospecha hermenéutica hacia las instituciones tradicionales), del existencialismo (la autonomía radical del individuo frente a cualquier norma trascendente), del posestructuralismo (la deconstrucción de los "metarrelatos", incluida la narrativa bíblica) y de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt (la conversión de toda cultura en un campo de batalla entre opresores y oprimidos).

El resultado es el progresismo contemporáneo: una cosmovisión que, aunque conserva en su retórica algunos ecos del lenguaje cristiano —"justicia", "liberación", "dignidad", "compasión"—, ha vaciado esos términos de su contenido bíblico y los ha rellenado con un contenido humanista, inmanente y, en muchos casos, abiertamente hostil a la ortodoxia cristiana. Ya no es el heredero del Social Gospel; es su sepulturero. Y es a esta cosmovisión madura, secularizada y post-cristiana, a la que Iván Cepeda sirve con coherencia y convicción.

Una vez que estos pilares fueron removidos, el progresismo quedó a la deriva, flotando sobre un mar de ideas cada vez más secularizadas.

Habiendo establecido esta genealogía, debemos enfrentar el núcleo del conflicto. ¿Cuáles son las banderas que enarbola hoy el progresismo que Iván Cepeda representa y defiende en su candidatura, y por qué resultan estructuralmente incompatibles con la cosmovisión bíblica? La incompatibilidad no radica en la preocupación por el pobre o en la denuncia de la corrupción —campos donde cristianos y secularistas pueden, y a menudo deben, coincidir tácticamente—. La fractura es ontológica, antropológica y ética.

La primera gran bandera del progresismo contemporáneo es la autonomía radical del individuo y la subsecuente deconstrucción de los órdenes creacionales. Toda cosmovisión que erige la autonomía absoluta del individuo para definir su propia realidad moral, sexual y ontológica exige, por definición lógica, la destitución de cualquier autoridad trascendente que le preceda y le limite. El progresismo actual, cuyas agendas en materia de bioética, ideología de género y redefinición de la familia son celosamente promovidas por el bloque político al que pertenece Cepeda, eleva esta auto-determinación a la categoría de derecho humano supremo e incuestionable. Por consiguiente, este proyecto político no es simplemente una alternativa administrativa sobre cómo gestionar el Estado; es una maquinaria ideológica diseñada para desmantelar el señorío de Cristo sobre la conciencia, la biología y la institución familiar. Para el cristiano reformado, la familia no es un constructo social opresivo susceptible de ser deconstruido, sino la unidad fundamental ordenada por Dios en la creación para el florecimiento humano y la transmisión de la fe. Apoyar una agenda que sistemáticamente la debilita es votar contra el diseño del Creador.

La segunda bandera es la redefinición de la justicia social a través de la lente de la teoría crítica y el conflicto estructural. Mientras que la justicia bíblica (mishpat y tsedaqah) está indisolublemente unida a la righteousness (rectitud moral), a la responsabilidad individual y a la soberanía de un Dios que juzga imparcialmente, la justicia progresista contemporánea a menudo se reduce a una redistribución coercitiva del poder y los recursos, basada en una hermenéutica de la sospecha que divide a la sociedad en categorías estáticas de opresores y oprimidos. El progresismo diagnostica el mal humano exclusivamente como un fallo sistémico o capitalista, ignorando la doctrina de la depravación total. Si el problema del hombre es únicamente externo (el sistema), la solución será únicamente política (la revolución o la reforma estatal). Pero si el problema es el pecado arraigado en el corazón humano, como enseña la Escritura, entonces ningún cambio de régimen político puede inaugurar el Reino de Dios. El proyecto de Cepeda, al abrazar esta visión materialista de la historia, ofrece una soteriología política: la salvación a través del Estado, un ídolo que la Biblia condena repetidamente.

La primera gran bandera del progresismo contemporáneo es la autonomía radical del individuo y la subsecuente deconstrucción de los órdenes creacionales.

Aquí es donde debemos denunciar una tragedia mayor que ha permeado a nuestras iglesias: el surgimiento de una peligrosa idolatría hacia el Estado. Amplios sectores del cristianismo contemporáneo han abandonado su llamado a ser sal y luz, y han cedido ante la tentación de buscar en el Leviatán estatal la salvación que solo Cristo ofrece. Al hacerlo, ignoran el papel social, profético y diaconal de la Iglesia. El mandato bíblico no le otorga al Estado la función de redimir almas, erradicar la pobreza mediante la coerción o sustituir a la comunidad de fe en su llamado a la misericordia. Cuando la Iglesia mira al Estado como su mesías, no solo comete idolatría, sino que se despoja de su propia agencia social, entregando su mandato divino a una institución secular, caída y diseñada únicamente para mantener el orden civil, no para ejecutar la justicia del Reino.

Es en este punto donde debemos hacer una pausa pastoral y dirigirnos con empatía, pero con firmeza, a aquellos hermanos en la fe que se inclinan por el proyecto de Cepeda. Reconocemos que en el corazón de muchos cristianos progresistas late un deseo genuino, nacido del Espíritu, de aliviar el sufrimiento del marginado, de denunciar los horrores de la violencia política (un dolor que en Colombia tiene cicatrices profundas, muchas de las cuales el propio Cepeda ha sufrido en carne propia) y de buscar una sociedad más equitativa. Estas no son intenciones menores; son reflejos del carácter compasivo de Cristo.

Sin embargo, en la ética cristiana, la validez moral de una acción no se juzga por la subjetividad de la intención, sino por su conformidad con la verdad objetiva de la revelación divina y la sabiduría de los medios empleados. El cristiano progresista, conmovido por la injusticia, comete el error trágico de adoptar la agenda, el lenguaje y las herramientas analíticas de la izquierda secular —muchas de ellas heredadas del marxismo y el posestructuralismo— para alcanzar sus fines. En consecuencia, al subordinar la cosmovisión bíblica a una metodología ideológica que le es hostil, este creyente incurre en un sincretismo peligroso, sin que la pureza de sus intenciones iniciales pueda redimir la idolatría de sus métodos.

El libro de los Proverbios nos advierte que "hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte" (Proverbios 14:12). La historia del siglo XX está repleta de movimientos que, impulsados por nobles ideales de igualdad y fraternidad, terminaron erigiendo Estados totalitarios que aplastaron la dignidad humana y persiguieron a la Iglesia. El progresismo moderno, aunque opera dentro de marcos democráticos, comparte la misma teleología utópica: la creencia de que el ser humano, mediante la ingeniería social y el poder estatal, puede perfeccionar la sociedad. El cristiano, armado con el realismo de la doctrina del pecado original, sabe que concentrar más poder en las manos de seres humanos caídos, bajo la promesa de una "justicia perfecta", es entregar las llaves de la libertad a la tiranía. Votar por Cepeda bajo la ilusión de que su progresismo es simplemente "cristianismo aplicado" es confundir la compasión bíblica con el ingenierismo social secular.

En la ética cristiana, la validez moral de una acción no se juzga por la subjetividad de la intención, sino por su conformidad con la verdad objetiva de la revelación divina y la sabiduría de los medios empleados.

Finalmente, el discernimiento cristiano no puede quedarse flotando en la estratosfera de las ideas abstractas; debe aterrizar en la realidad pragmática de la nación. El voto es también un acto de prudencia política y mayordomía cívica. Iván Cepeda es un líder activo, un aliado estratégico y uno de los principales escudos morales y políticos del actual gobierno de Gustavo Petro. Evaluar a Cepeda exige, ineludiblemente, evaluar el proyecto de gobierno que él sostiene y legitima desde su curul.

El mandato bíblico para el magistrado civil, expuesto magistralmente por el apóstol Pablo en Romanos 13, es preservar el orden, castigar el mal, proteger al ciudadano y promover el bienestar tangible de la sociedad mediante una administración prudente de la justicia y los recursos. Un gobierno que cumple este mandato es un "servidor de Dios para el bien". Ahora bien, el actual gobierno, del cual Cepeda es copartícipe y defensor, ha demostrado en la práctica un desdén preocupante por los contrapesos institucionales, ha fomentado una retórica de polarización que fractura la cohesión social necesaria para la paz, y ha implementado políticas económicas y de seguridad (como ciertos enfoques de la "Paz Total") que han deteriorado el orden público y empobrecido a las mismas clases bajas que dice defender.

El mandato bíblico para el magistrado civil exige preservar el orden y promover el bienestar tangible mediante una administración prudente. El actual gobierno, que Cepeda defiende y legitima en el Senado, ha debilitado sistemáticamente la institucionalidad, fomentado la polarización y deteriorado la seguridad y la economía de los más vulnerables. Por lo tanto, respaldar el proyecto político que sostiene a esta administración constituye una negligencia en la mayordomía cívica y una violación del principio de prudencia política. El cristiano no puede, en buena conciencia, aupar a un líder político cuya lealtad partidista lo lleva a justificar, minimizar o defender el deterioro de la república y el sufrimiento de los ciudadanos a manos de un gobierno ideológicamente capturado.

En la ética política cristiana, derivada de la enseñanza paulina y desarrollada por la tradición reformada sobre el oficio del magistrado civil, el poder no es un fin en sí mismo, sino un ministerio al servicio del bien común, la justicia retributiva y la contención del mal. Cuando un gobierno se desvía de este mandato, el ciudadano cristiano tiene el deber de ejercer un juicio prudente sobre a quién otorga su respaldo. Toda alianza política que, por conveniencia táctica o afinidad ideológica, legitima y sostiene a una administración que sistemáticamente deteriora el bien común, la seguridad ciudadana y la estabilidad institucional, convierte al aliado en corresponsable de ese deterioro. El proyecto de Iván Cepeda, al fungir como principal sostén moral y legislativo de un gobierno que ha fracturado la cohesión nacional, debilitado la economía de los más vulnerables y mostrado complicidad frente a los grupos armados que amenazan a las comunidades, legitima ese deterioro. Por tanto, el voto por su figura no es un acto de oposición constructiva ni de búsqueda de justicia, sino de corresponsabilidad en la crisis institucional que atraviesa la república.

El mandato bíblico para el magistrado civil exige preservar el orden y promover el bienestar tangible mediante una administración prudente.

El cristiano no puede separar al ideólogo del arquitecto de poder. Cepeda ha utilizado su capital moral —forjado, es justo reconocerlo, en una lucha legítima contra la violencia de los paramilitares— para blindar a un gobierno que, en nombre de la "justicia social", implementa políticas que han terminado empobreciendo aún más a los colombianos, desincentivando la inversión, generando inseguridad jurídica y fomentando una polarización que envenena el tejido social. Votar por él es, en la práctica, votar por la continuidad y el blindaje de esta administración. La prudencia política, virtud cardinal en la tradición cristiana, exige evaluar las consecuencias reales de nuestras alianzas, no solo las intenciones retóricas de nuestros candidatos.

Llegamos así al punto de convergencia de todo este análisis teológico, filosófico y político. El debate sobre el voto por Iván Cepeda es en su esencia más profunda, un debate sobre la lealtad cosmovisional.

El voto en una democracia representativa es una confesión pública. Es la declaración solemne de qué visión del hombre, de la sociedad, de la justicia y del destino histórico consideramos verdadera, deseable y digna de ser promovida con el poder coercitivo del Estado. Cuando un cristiano se acerca a las urnas, no deja su fe en la puerta del recinto de votación; lleva consigo toda la riqueza de su cosmovisión bíblica, que le dicta que Cristo es Señor sobre todas las esferas de la existencia, incluida la política.

El debate sobre el voto por Iván Cepeda es en su esencia más profunda, un debate sobre la lealtad cosmovisional.

Toda ideología que niega la trascendencia divina y absolutiza al Estado, al individuo o a las estructuras sociales como agentes de salvación terrenal, se convierte inevitablemente en una idolatría política. El progresismo contemporáneo, que Iván Cepeda encarna con convicción, al prometer la utopía social mediante la ingeniería estatal, la deconstrucción de los órdenes creacionales y la redefinición de la justicia al margen de la ley divina, absolutiza lo creado y niega la necesidad de una redención trascendente. Por consiguiente, el progresismo contemporáneo no es simplemente una alternativa política legítima dentro del pluralismo democrático; es una cosmovisión rival, una religión secular que compite directamente por la soberanía que pertenece únicamente a Dios.

Frente a esta realidad, la posición del cristiano reformado, consciente de las Escrituras y de la historia de las ideas, solo puede ser una de rechazo frontal. Por amor a la verdad y por fidelidad al Señorío de Cristo. Reconocemos las buenas intenciones de nuestros hermanos progresistas, pero nos negamos a validar su trágico error de pretender servir al Dios de la Biblia utilizando las herramientas de una ideología que ha hecho de la negación de ese mismo Dios su principio operativo.

Votar por Iván Cepeda, o por cualquier figura que suscriba integralmente al proyecto del progresismo secular, es dividir una lealtad que debe ser indivisible. Es decir, en el lenguaje silencioso pero elocuente del sufragio, que la cosmovisión bíblica es insuficiente por sí sola y necesita ser "complementada" por las categorías de una filosofía humanista que le es estructuralmente hostil.

Votar por Iván Cepeda, o por cualquier figura que suscriba integralmente al proyecto del progresismo secular, es dividir una lealtad que debe ser indivisible.

El cristiano está llamado a ser sal y luz en la esfera pública, a buscar el bienestar de la ciudad donde reside, a defender al oprimido y a denunciar la injusticia. Pero puede hacer todo esto sin rendir pleitesía a los ídolos de su época. Puede amar la justicia sin suscribirse al marxismo; puede compadecer al marginado sin abrazar la deconstrucción de la familia; puede buscar la paz sin negociar la verdad. El voto cristiano debe ser un voto de mayordomía responsable, de realismo antropológico y de inquebrantable lealtad cosmovisional.

Termino esta columna aclarando que no pretende ser un tratado académico; es, simplemente, un análisis muy básico del tema desde diferentes disciplinas. Muchos asuntos quedan pendientes, como los problemas históricos que dieron origen a varias de estas ideologías. Sin embargo, los elementos fundamentales del tema fueron desarrollados de manera más que suficiente.

Ahora le corresponde a cada cristiano revisar lo bíblico en su cosmovisión y tomar una decisión coherente en las urnas el próximo domingo 21 de junio. Y a todos, como iglesia, nos corresponde además seguir cumpliendo con nuestro llamado y revisar a profundidad la superficialidad de nuestra formación teológica, la cual ha demostrado ser insuficiente para tener claridad en temas tan básicos como los expuestos en esta columna.

A los detractores de las ideas aquí expuestas les digo: lo que juzgo es su cosmovisión, no su relación con Dios ni su salvación. Si desean revisar a fondo los argumentos presentados, se encontrarán con la verdad.

Y a quienes comparten mis ideas les digo que columnas como esta deberían ser más comunes para señalar con precisión los errores en la teoría y la praxis de la iglesia, y denunciarlos. No basta con críticas superfluas en redes sociales. Nuestro pueblo, y en especial nuestros jóvenes, tienen derecho a saber por qué votar por esta opción no es lo correcto, y es nuestro deber saberlo y decirlo.


Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.

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