Denuncia sobre la maquinaria de los cristianos en la política

Visualizo justicia
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Etimología de denuncia 

Ante el resurgimiento de cierto debate dentro y fuera del cristianismo por la época electoral he decidido ponerme una vez más frente al teclado para escribir una columna bajo la cobertura de este prestigioso diario y así presentar una sólida denuncia. “Denuncia” proviene del latín denuntiāre, formado por de- (hacia fuera) y nuntiāre (anunciar), y originalmente significaba “anunciar públicamente”. Con el tiempo, adquirió el sentido jurídico de informar a las autoridades sobre un delito o irregularidad. Con esta aclaración pongo de manifiesto que quiero anunciar públicamente una serie de convicciones que he desarrollado con el tiempo y considero es necesario que el pueblo cristiano y en especial la juventud las conozcan.

La denuncia de los enemigos del cristianismo contra nuestra vida pública 

Ciertamente, hay quienes denuncian que los cristianos no deberían meterse en política, y sus razones suelen repetirse con una mezcla de convicción y desconfianza. Primero, invocan la separación entre Iglesia y Estado, necesaria recíprocamente. Pero para ellos es como si la fe debiera quedar encerrada en el templo, sin permiso para asomarse al foro público; pero olvidan que todo ciudadano —incluido el creyente— lleva consigo una visión del mundo que informa su juicio moral, y no es menos “neutral” quien defiende el relativismo que quien defiende la dignidad humana desde una cosmovisión bíblica. Segundo, temen que los cristianos pretendan imponer su moral; sin embargo, toda ley impone alguna visión del bien: ¿acaso no se “impone” prohibir el robo o proteger al niño? La cuestión no es si se impone una moral, sino cuál es más coherente con la verdad de la persona humana. Tercero, señalan con dedo acusador los errores del pasado —la Inquisición— como si los crímenes cometidos en nombre de Cristo anularan la enseñanza de Cristo mismo; pero juzgar a una fe por sus traidores es tan justo como juzgar la medicina por los médicos asesinos. Cuarto, sostienen que en una democracia plural solo deben regir argumentos “neutrales”, como si existiera tal cosa: incluso el laicismo militante es una postura filosófica cargada de supuestos metafísicos no demostrables. Quinto, citan aquella frase de Cristo —“Mi reino no es de este mundo”— como si el Señor hubiera dicho “Mi reino no tiene nada que ver con este mundo”; pero Él mismo sanó cuerpos, alimentó hambrientos y habló de justicia, mostrando que lo celestial redime lo terrenal, no lo abandona. Y sexto, temen que la política corrompa a la Iglesia; más bien al contrario: cuando los cristianos se retiran del campo público, no lo dejan vacío, sino que lo ceden a visiones que muchas veces desconocen o niegan la imagen divina en el ser humano. No se trata de construir una teocracia, sino de servir al bien común con humildad, verdad y caridad —como haría cualquier buen vecino, solo que con la esperanza puesta más allá del horizonte visible.

La denuncia de algunos cristianos 

Algunos cristianos, movidos por influencias externas, por malas experiencias o por una lectura apresurada de las Escrituras, también desaconsejan la participación en la política, y sus razones merecen atención, aunque no siempre resisten el examen sereno. Primero, afirman que “nuestro llamado es espiritual, no político”, como si el espíritu humano pudiera divorciarse del cuerpo social en el que vive; pero Cristo no redime almas flotantes, sino personas con hambre, con derechos, con vecinos y leyes que las protegen o las oprimen. Segundo, temen que ensuciar las manos en la arena política sea incompatible con la santidad; sin embargo, ¿no fue José gobernador en Egipto? ¿No administró Daniel el imperio babilónico? La pureza no consiste en huir del mundo, sino en transformarlo desde dentro con integridad. Tercero, citan pasajes como “no os conforméis a este siglo” (Romanos 12:2) como si significaran “no os involucréis en este siglo”; pero Pablo mismo apeló a sus derechos civiles ante los tribunales romanos —mostrando que el rechazo al mal no implica la renuncia al deber cívico. Cuarto, argumentan que el Reino de Dios avanza solo por el Evangelio, no por leyes; más olvidan que el Evangelio también produce frutos en la cultura, en la justicia y en las estructuras humanas: una sociedad que protege al débil no es obra del diablo, sino eco de la ley divina escrita en el corazón. Quinto, dicen que la política divide a la Iglesia; pero la unidad verdadera no se basa en el silencio cómodo, sino en el amor que discierne y actúa juntos por el bien común, incluso cuando hay desacuerdos secundarios.

Es cierto que la palabra “política”, en su sentido moderno —como sistema organizado de partidos, elecciones y programas ideológicos— es anacrónica respecto a la Biblia; los autores sagrados no conocían parlamentos ni campañas electorales. Pero eso no significa que la Escritura sea ajena al tema del gobierno. Al contrario: desde el Génesis, Dios entrega al ser humano un mandato cultural claro: “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla” (Génesis 1:28). La palabra “someter” aquí no implica dominio opresivo, sino ejercicio responsable de autoridad: somos llamados a gobernar la creación como mayordomos fieles, no como dueños absolutos. Este diseño original revela que el gobierno no es una invención caída, sino una institución con raíces en la propia voluntad creadora de Dios.

Sin embargo, tras la caída, como toda realidad humana, el gobierno se corrompió: aparecieron faraones tiranos, reyes idólatras, jueces injustos y sistemas que oprimen al pobre. La Biblia no oculta esta distorsión; al contrario, la denuncia con profética claridad. Pero tampoco abandona la esperanza de redención. Porque si Cristo vino a reconciliar “todas las cosas” (Colosenses 1:20), entonces también el ámbito del poder civil puede —y debe— ser transformado por la gracia. Y así vemos ejemplos luminosos: José, ungido por Dios para administrar Egipto en medio de una crisis; Daniel, que sirvió con sabiduría y fidelidad en el corazón mismo del imperio pagano; Nehemías, que combinó oración y acción política para reconstruir los muros de Jerusalén. Estos hombres no vieron el gobierno como algo sucio o ajeno a la fe, sino como un campo de batalla donde la justicia, la verdad y la misericordia podían prevalecer, incluso en medio de estructuras imperfectas.

Por tanto, el cristiano no debe huir del gobierno por temor a su corrupción, sino entrar en él con humildad, sabiduría y visión redentora, recordando que hasta lo más terrenal —si es ofrecido a Cristo— puede ser restaurado para la gloria de Dios y el bien del prójimo. No se trata de construir el Reino con decretos, sino de sembrar semillas del Reino allí donde Dios nos ha puesto: incluso en las salas del poder.

El AEIOU de los cristianos y la política 

Hace unos años inventé este juego de letras —las vocales AEIOU— para hacer más pedagógica la explicación de un tema tan complejo como necesario: la relación entre los cristianos y la política. A significa que debemos Aceptar que vivimos en un mundo político y que, por naturaleza, somos seres políticos: no nacimos para el aislamiento, sino para la comunidad, y toda vida en sociedad implica decisiones colectivas que afectan el bien común. E nos llama a Entender la política, lo cual requiere un mínimo de estudio serio; las congregaciones no deberían temer enseñar fundamentos cívicos, análisis de sistemas y ética pública, pues una fe informada es una fe responsable. I implica Interpretar: no basta con saber qué pasa, sino discernir por qué pasa, cómo se alinea o choca con la justicia bíblica, y cuál es nuestra postura ante ello; es un ejercicio hermenéutico que exige oración, sabiduría y contexto. O nos exhorta a Oponernos con firmeza a todo aquello que contradice la verdad, la dignidad humana y la justicia; los principios no se negocian, y no se trata solo de no robar, sino de no callar cuando se legisla contra el débil, se normaliza la mentira o se sacrifica la vida por conveniencia. Finalmente, U nos recuerda que debemos Usar la política no para dominar, sino para servir; como decía Landa Cope, “que algunos sean salvos, pero que todos sean bendecidos”: el creyente en la esfera pública busca el bienestar de su ciudad (Jeremías 29:7), incluso de quienes no comparten su fe.

Causas, casas y consecuencias 

Vivimos en un mundo tejido por causas —impulsos profundos, visiones del bien, respuestas a preguntas últimas sobre el dolor, la justicia, la vida y la muerte—, y las causas más poderosas no se quedan en eslóganes o emociones fugaces: dan origen a casas. Una casa, en este sentido, es una comunidad organizada con roles claros, una historia compartida, rituales, lenguaje propio, estructuras de autoridad, memoria colectiva y un legado que trasciende a sus miembros individuales. Así como en una familia hay padres, hijos, tradiciones y un nombre que los identifica, las casas ideológicas o espirituales también poseen esa arquitectura viva. Y toda casa, al actuar en el mundo, produce consecuencias: victorias, fracasos, transformaciones culturales, mártires, leyes, escuelas, hospitales… o ruinas.

El cristianismo es, ante todo, una causa: la proclamación de que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, y que en Él toda cosa es reconciliada. Esa causa dio nacimiento a una casa: la Iglesia, con sus apóstoles, mártires, concilios, denominaciones, doctrinas y siglos de testimonio. Las consecuencias de esta casa son inmensas: desde la salvación de millones hasta hospitales, universidades nacidas en claustros, leyes inspiradas en la dignidad humana… y también persecuciones, cruces y sangre derramada —porque morir por esta causa no es tragedia, sino el más alto privilegio, como lo entendieron los primeros cristianos.

Comparemos esto con otras causas que han construido sus propias casas. El comunismo, por ejemplo, nació como causa de liberación de los oprimidos, prometiendo justicia material; su casa fue el partido, con su comité central, sus ideólogos, sus consignas y su liturgia revolucionaria. Sus consecuencias, sin embargo, incluyen tanto movimientos de resistencia campesina como campos de trabajo forzado y millones de muertos. El progresismo contemporáneo, como causa, busca la emancipación individual y la redefinición radical de la identidad y la moral; su casa está compuesta por ONGs, medios, universidades y redes sociales, con sus propios “sacerdotes” (activistas), “herejías” (opiniones disidentes) y “ritos” (manifestaciones, lenguaje inclusivo). Sus consecuencias van desde avances en derechos civiles hasta una fragmentación social profunda y la erosión de la verdad objetiva. Incluso otras religiones —como el islam o el budismo— siguen este mismo patrón: una causa espiritual da forma a una casa institucional (la ummah, el sangha), que a su vez genera consecuencias históricas, culturales y personales.

Este diseño —causa, casa, consecuencia— no es arbitrario; responde a nuestra naturaleza como seres relacionales, históricos y simbólicos. No podemos vivir solo con ideas abstractas: necesitamos hogares donde esas ideas se encarnen, se transmitan y se defiendan. Por eso, los cristianos no debemos avergonzarnos de construir y sostener una casa fuerte —no por poder, sino por fidelidad—, sabiendo que toda causa verdadera, si es fiel a su origen, producirá frutos que perduran, incluso cuando el mundo los llame locura.

La maquinaria de los cristianos en la política 

A menudo se nos critica a los cristianos no solo por hacer política, sino por cómo la hacemos —y esas críticas vienen tanto de fuera como de dentro de la Iglesia. Respecto al uso del púlpito, tengo un acuerdo parcial: si un líder reconocido de la congregación —alguien cuya vida y testimonio han sido forjados en esa casa— decide presentarse a un cargo público con una propuesta coherente con la cosmovisión bíblica, ¿por qué no podría contar con el apoyo natural de su comunidad? La iglesia, en ese sentido, es su casa, tal como el partido lo es para un comunista o un socialista; no hay manipulación en ello, sino coherencia orgánica. Pero si se trata de traer a un candidato externo, sin arraigo real en la comunidad, cuyo interés es instrumentalizar la fe para ganar votos, ahí sí el riesgo es alto: los políticos, de izquierda o derecha, suelen ser maestros del oportunismo, y las masas religiosas son presa fácil cuando no se ejerce discernimiento. En cuanto a hablar de política desde el púlpito, no solo me parece necesario, sino que considero cobarde a quien calla sabiendo que debe hablar. ¿Vamos a guardar silencio sobre el aborto mientras jóvenes de nuestra propia congregación, por ignorancia, defienden el asesinato de inocentes solo porque “alguien se incomoda”? El correccionismo político jamás fue la estrategia comunicacional de Jesús: Él nombró el pecado, confrontó el poder y pagó el precio. Sobre las llamadas “maquinarias” —estructuras organizadas dentro de la iglesia para incidir electoralmente—, si la gente participa de forma consciente, libre y voluntaria, ¿cuál es el problema? ¿Acaso es que sus votos no van para ustedes? La política no se gana con buenas intenciones ni con discursos emotivos, sino con organización, estrategia y trabajo constante; ser apasionado no basta si no hay mecanismo. Y eso no la hace inmoral, sino realista. Si alguien está en una congregación donde se practica esta conciencia cívica y no está de acuerdo, sencillamente ese no es su lugar: puede irse en paz, pero no dañar su fe ni sembrar división. Porque al final, existen los que hacen posibles las cosas y los que solo observan. Cuando defendemos nuestra cosmovisión, nos acusan de manipular la fe, como si al cristiano se le prohibiera pensar, razonar y actuar en la vida pública. Nos han tenido amilanados demasiado tiempo, y aún hay hermanos repitiendo ese discurso de sumisión pasiva. Lo lamento, pero yo no dejo mi cerebro en la puerta de la iglesia cada domingo. Al contrario: leo, conceptualizo, debato, y lo hago con más rigor precisamente porque soy cristiano. La etiqueta de “cobarde” no me pertenece. Así que si llaman “maquinaria” a nuestra organización para hacer política, es porque les incomoda que estemos presentes. Pero aquí seguiremos —no por ambición, sino por fidelidad—, construyendo casas que sirvan causas verdaderas, con consecuencias que bendigan a muchos.

Vivir y asumir 

Estoy leyendo La llamada del coraje de Ryan Holiday, y en un capítulo titulado “La vida transcurre en público, acostúmbrate” se expone con claridad que si no actuamos por miedo a lo que dirán, nunca actuaremos. Hacer política —en el sentido más noble del término— es actuar públicamente, y eso siempre atraerá tanto aplausos como piedras. No hay neutralidad posible cuando uno defiende la verdad en un mundo que prefiere la comodidad de la ambigüedad. Si eres un joven que ha tomado postura en su universidad por su fe, prepárate: habrá consecuencias. Pero recuerda esto mientras lees: no estás solo. Dios está contigo, y también nosotros, su Cuerpo; somos uno en Cristo, y tu valentía fortalece a toda la comunidad. Personajes como César y Claudia Castellanos, o movimientos como Colombia Justa Libres, no surgieron de la nada: fueron fruto de hombres y mujeres que, conscientes del costo, decidieron dar un paso al frente. Sabían que serían malinterpretados, atacados, ridiculizados —pero también sabían que la causa los excedía. Porque al final, se trata de vivir sin miedo: pensar con claridad, hablar con verdad y actuar con integridad, y luego asumir lo que venga. Con el tiempo, uno se acostumbra a los “haters”; no porque dejen de doler sus palabras, sino porque entiende que la causa es más grande que cualquier reacción personal. Y esa causa, en última instancia, no es una ideología, ni un partido, ni siquiera una nación: esa causa es Cristo, por quien y para quien todo fue creado, y en quien hallamos el coraje para vivir —y asumir— con dignidad en medio de un mundo que aún no lo reconoce.

Hechos como palabras 

Podría seguir escribiendo hasta llenar esta página web, y luego hacer otra columna, y otra más —incluso a un libro entero—, porque el tema de la participación cristiana en la política es tan vasto como urgente, y ya existen volúmenes dedicados a él. Sin embargo, más allá de las palabras —por necesarias que sean—, lo que verdaderamente juzga una postura es su fruto. Ya presenté una apologética básica: respuestas sencillas a objeciones comunes, fundamentos bíblicos, principios éticos. Pero ahora invito a los detractores —y también a los indecisos— a mirar no solo lo que decimos, sino lo que hemos hecho. William Wilberforce y Martin Luther King Jr. son apenas los encabezados de una larga lista de cristianos que, desde cargos públicos o movimientos sociales, transformaron leyes, sociedades y conciencias, dejando un legado que trasciende sus vidas. Juzguen objetivamente los hechos: sí, encontrarán errores, caídas, decisiones equivocadas —somos humanos, no ángeles—, pero también hallarán, en su mayoría, aciertos: hospitales fundados, esclavos liberados, leyes justas promulgadas, voces dadas a los sin voz.

Y sí, reconozco que hay quienes, heridos por las sombras del mundo político —incluso del mundo político cristiano—, podrían decirme: “Te falta ver lo oscuro”. A ellos les respondo con sinceridad: en mi corazón también ha vivido esa decepción. He visto traiciones disfrazadas de unción, ambiciones vestidas de celo, alianzas rotas en nombre de estrategias. Pero esa herida no me ha hecho abandonar la convicción; al contrario, me ha enseñado que la integridad no es opcional, sino esencial. Participar en la política —cristiana o secular— es entrar en un terreno donde siempre aparecen dos palabras que agrian la cena: poder y naturaleza humana. Pero nada de eso está fuera del alcance de la gracia divina ni de la guía del Espíritu Santo. Lamento profundamente el dolor de tantos que han salido lastimados de este ámbito; lo entiendo, lo comparto, lo lamento. Pero no por eso dejaremos de caminar. Debemos mantener la mirada fija en Cristo, sí, pero sin perder el pensamiento crítico —ese mismo que, en muchos casos, ha sido la salvaguarda de la sana doctrina frente a manipuladores y oportunistas. Porque al final, no se trata de construir un reino perfecto aquí abajo, sino de sembrar, con manos limpias y corazón firme, semillas del Reino eterno. Y aunque tropecemos, nos levantaremos: la causa nos excede, y Él, que comenzó la buena obra, es fiel para llevarla a cabo.

Un diálogo pertinente y necesario 

Este debate sobre la participación cristiana en la política no es, en primer lugar, para convencer a los externos. Muchos de ellos —por más argumentos que se les den— seguirán pensando lo mismo, no porque tengan la cabeza cerrada, sino porque tienen el corazón endurecido; y contra eso, ni la mejor retórica tiene poder. Este diálogo es necesario por otra razón mucho más urgente: por los nuevos en la fe, por esos jóvenes que llegan a la iglesia con preguntas honestas, con dudas legítimas, con una conciencia inquieta que busca orientación bíblica en medio de un mundo complejo. Ellos no necesitan sermones evasivos ni silencios cómodos; necesitan respuestas claras, fundamentadas, dichas con amor y verdad. Y Jesús, precisamente, no evitaba las preguntas difíciles: las respondía en público, con parábolas, con hechos, con autoridad. Por eso, este espacio de reflexión no es un lujo intelectual, sino un acto de fidelidad pastoral (vale la pena aclarar que no soy Pastor ni me considero a mi mismo líder eclesial). Que los demás —los que solo quieren que guardemos silencio para no perturbar su comodidad política o religiosa— vayan a ocuparse de lo suyo. Nosotros tenemos el deber de escuchar, formar y acompañar a quienes, con temor y temblor, están aprendiendo a caminar en la fe y en el mundo.

Visualizar 

La palabra más importante de esta columna no es “política”, ni “Iglesia”, ni siquiera “fe”. Es “visualizar”. Porque sin visión, el pueblo perece —pero con visión clara, el pueblo actúa. El sábado pasado, en la Misión Carismática Internacional, estábamos repartiendo volantes de la campaña de una amiga que aspira al Congreso. Mientras caminábamos entre los jóvenes que salían del culto, una compañera de equipo me dijo: “Visualizo a nuestra candidata ahí (señalando la calle del frente) como un Charlie Kirk”. Esa es, exactamente, la apuesta que la Iglesia cristiana en Colombia y en toda Latinoamérica debe hacer: no solo soñar, sino visualizar —y luego actuar para hacerlo realidad. Los ancianos de la iglesia —digo esto con reverencia— deben recordar que el relevo generacional no es una amenaza, sino un mandato bíblico. La próxima generación no necesita permiso para existir; necesita preparación, escucha, diálogo y espacio. Y eso es precisamente lo que muchos de nosotros —cada día más— estamos visualizando: una Iglesia que no se esconde, sino que envía; que no teme al mundo, sino que lo transforma; que forma líderes no para el púlpito solamente, sino para el congreso, la alcaldía, la universidad, la plaza pública. Porque cuando los jóvenes ven con los ojos de la fe lo que aún no es, pero puede ser… ya han dado el primer paso hacia el milagro. ¡Que nadie apague esa visión! ¡Que nada detenga ese fuego! Porque lo que hoy visualizamos con fe, mañana será historia escrita por manos consagradas y corazones valientes.

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