
Hoy, 15 de mayo, celebramos el Día del Maestro en Colombia y en México. Esta fecha, reconocida internacionalmente desde 1994 por la UNESCO, nació para honrar una vocación que ha sostenido civilizaciones: la de quienes, con paciencia y entrega, traducen el saber en carácter, el conocimiento en conciencia y el aula en semillero de humanidad.
Ser maestro es asumir la responsabilidad de encender miradas, despertar mentes y, en muchos casos, sostener vidas. Sin embargo, en medio de un contexto marcado por el desgaste y la incertidumbre, la pregunta “¿quién quisiera ser maestro?” ha dejado de ser retórica para convertirse en un interrogante urgente.
En los últimos años se han abierto discusiones necesarias, aunque tardías, sobre la fatiga docente. Según reportes de la UNESCO y estudios de la OCDE, más del 40% de los docentes en América Latina presenta síntomas de agotamiento crónico, mientras que la tasa de deserción profesional supera el 20% durante los primeros cinco años de ejercicio. Paralelamente, el sistema educativo enfrenta una contracción demográfica y social: las matrículas han comenzado a disminuir por el descenso en las tasas de natalidad, la migración familiar y la desconfianza institucional. Menos estudiantes, menos maestros y un ecosistema educativo que, en lugar de revitalizarse, se fragmenta bajo la carga administrativa, la precarización salarial y la devaluación social de la labor pedagógica. La educación está en crisis.
Ser maestro es asumir la responsabilidad de encender miradas, despertar mentes y, en muchos casos, sostener vidas.
Esta crisis no es solo técnica o presupuestal. Es antropológica. Se ha normalizado la idea de que enseñar es simplemente transmitir datos, lo que Paulo Freire denominaría “educación bancaria”, y de que el aula es un espacio de cumplimiento de rúbricas, no de encuentro humano. En medio de este desgaste colectivo, la pregunta inicial nos devuelve el reflejo de una sociedad que ha olvidado cómo valorar a quienes forman a sus propias generaciones.
Precisamente en tiempos de crisis es cuando Dios nos llama con mayor urgencia para que seamos luz en la oscuridad y sal que preserva y da sabor a una cultura que se desdibuja. Nos llama a ser la respuesta a las preguntas que la humanidad se formula con angustia, a ser ese contenido que llena el vacío existencial y a encarnar la verdad que corrige la mentira sin perder el amor. En medio de esta tormenta educativa y cultural, los maestros cristianos debemos recordar, sin dilación, cuál es nuestro propósito: no solo impartir contenidos, sino formar discípulos, testigos y constructores del Reino que sepan habitar el mundo sin pertenecer a él.
La crisis que enfrenta la educación cristiana hoy no es menor. Frente al avance del humanismo secular y la autonomía moral como nuevo eje cultural, muchas instituciones y hogares han reducido la fe a un adorno curricular o a una rutina devocional. En Bogotá, por ejemplo, un reciente análisis publicado por Las 2 Orillas evidencia un crecimiento sostenido del ateísmo y la indiferencia religiosa entre jóvenes urbanos. ¿Por qué ocurre esto? En parte, porque la educación cristiana se ha quedado en lo superficial: nombrar un versículo, decorar una planeación con citas bíblicas o reducir la espiritualidad a un espacio de consumo emocional, sin preparar a los jóvenes para pensar con profundidad, dialogar con convicción y defender su fe con inteligencia y testimonio.
Precisamente en tiempos de crisis es cuando Dios nos llama con mayor urgencia para que seamos luz en la oscuridad y sal que preserva y da sabor a una cultura que se desdibuja.
Olvidamos que la fe no se hereda por inercia; se ejerce, se cultiva y se defiende. Por eso resuena con fuerza el llamado de la carta de Judas: "Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos" (Judas 1:3). Contender no es agredir con soberbia; es razonar con sabiduría, amar con verdad y equipar con herramientas que trascienden el pupitre.
En lo personal, este Día del Maestro lo paso junto a mi mejor estudiante: mi hija. Y lo digo con humildad: no me considero un maestro perfecto. Tengo muchísimos errores, tropiezos y sigo trabajando cada día en mi propia disciplina y formación. Pero cuando el Señor me ha puesto frente a un aula, he intentado llevar las locuras de mi revolucionario discurso —ese que nace de la cruz y no del ego— para retar, inspirar, afirmar y, en algunos casos, ejercer hasta el rol de padre. Porque el maestro cristiano, en el fondo, es también un pastor y un padre. Y eso, hermanos, no podemos olvidarlo nunca.
Si me preguntaran por mi voluntad humana, diría que a veces no quisiera volver a entrar a un aula. Aborrezco profundamente un sistema que a menudo desalienta, pero sé que la voluntad del Señor es otra, y a ella me someto con reverencia. Él ha puesto en mí un fuego que arde para estar en el aula, para tomar ese revuelto de ideas, aterrizar las necesarias y convertirlas en semillas.
No llevo mucho tiempo en esta labor, pero ya podría contar una gran cantidad de anécdotas: he visto a un Dios que transforma a través de la educación, pero también he presenciado a un sistema educativo cristiano sordo y ciego frente al cambio necesario. Si no incluimos la apologética en nuestros currículos y si no abrimos el aula a las discusiones que ya se están dando en la calle, puedo garantizarles que perderemos a otra generación completa. Maestros, en este día recuerden que hay preguntas que pueden y deben ser contestadas.
Aborrezco profundamente un sistema que a menudo desalienta, pero sé que la voluntad del Señor es otra, y a ella me someto con reverencia.
Tenemos el llamado más importante de la sociedad. Y con lágrimas en los ojos digo que no tenemos derecho a fallar; claro, somos humanos y tropezaremos, pero nuestro llamado es demasiado sagrado como para abandonarlo o cumplirlo a medias tintas.
Somos maestros por llamado y convicción, dispuestos a decir la verdad en el aula y en la calle, aunque nos cueste caro. La educación cristiana hoy se encuentra en resistencia y ofensiva. Por la revolución del amor que inició en la cruz, lucharemos hasta que se agoten nuestras voces, hasta que la vejez no nos permita dar una clase de pie, hasta que el tablero esté lleno y la tinta se agote, hasta que el Maestro de maestros, en su infinita misericordia, nos llame a su presencia para recibir de Él una lección por toda la eternidad. Mi oración en este día se resume en Isaías 35:3-4 para todos nosotros: "Fortaleced las manos que se cansan, afirmad las rodillas que flaquean. Decid a los de corazón temeroso: ¡Sean fuertes, no teman!". Feliz Día del Maestro.
Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.





