Pensamientos acerca de los "Therians" y la comunidad de fe

Therians
 Imagen generada por IA

En los últimos días, comenzó a hacerse visible en redes y medios, casi de manera teatral o dramática, el término therian. Por definición, podemos decir que se trata de personas que manifiestan sentir una conexión profunda (mental y espiritual) con un animal real, existente o extinto. No se trata simplemente de admiración o de un disfraz ocasional en algunos casos, los adolescentes que se identifican así pueden expresar esa vivencia mediante movimientos, sonidos o conductas que asocian con ese animal, porque lo sienten como parte de su identidad.  Esta comunidad nació aproximadamente en los 90 por experiencias y vivencias compartidas en línea. 

Es importante diferenciar los Therian de la subcultura furry, nacida aproximadamente en los años 80, en donde los miembros suelen ser fanáticos de animales antropomórficos (animales con características humanas como hablar, caminar en dos patas o vestirse) como Mickey Mouse o Bugs Bunny.  Allí estamos frente a una expresión más del tipo artística o más del tipo de los “fans”. En el caso Therian, la experiencia suele vivirse con mayor profundidad.

Más allá de las definiciones que podamos dar, como adultos y como comunidad de fe estamos llamados a mirar más hondo, porque no todo es tan simple como una clasificación. La adolescencia es una etapa de intensa búsqueda de identidad, de pertenencia y validación. Es un tiempo en el que las preguntas sobre “quién soy” y “dónde encajo” se vuelven en muchos casos abrumadoras y urgentes de encontrar respuestas para poder, finalmente “pertenecer, ser”. Además, cabe destacar, que la adolescencia ahora se vive en un mundo hiperconectado, donde las redes sociales ofrecen comunidades inmediatas y de validación rápida, casi instantánea, siendo así que los adolescentes o jóvenes encuentran en estas comunidades un refugio a este sentir abrumador humano.

Podemos ver, entonces, que a veces detrás de estas identificaciones, puede haber un corazón cansado de las exigencias, confundido por la presión, herido por rechazos o simplemente abrumado por el desafío de crecer, es allí en donde volver a lo “instintivo animal” puede sentirse más simple que habitar la “complejidad e incomprensibilidad de la condición humana”.

Las comunidades de fe no tenemos todas las respuestas pero sí tenemos la posibilidad de trabajar en equipo con la necesaria intervención de las familias y profesionales idóneos y  amorosos.

Es importante recordar también que, desde nuestra visión, somos seres integrales y frente a esto afirmamos como adultos de una comunidad de fe que nuestra humanidad no es un error ni una carga, es un regalo divino.

Para avanzar un poco más, ¿pueden existir problemas potenciales o riesgos en esto? Cuando la identificación se vuelve rígida, y comienza a generar aislamiento, rechazo del propio cuerpo, dificultades en los vínculos o desconexión de la realidad estos son posibles signos de alarma.

Y ¿qué hacemos frente a estas situaciones? Nuestra primera reacción no debería ser la ridiculización, el combate ni la burla. Ridiculizar cierra puertas. El juicio sin escucha empuja al aislamiento. Si un adolescente se siente avergonzado o atacado, buscará aún más refugio en quienes lo validen sin cuestionarlo, buscarán refugio en “su manada”. Entonces nuestra acción tiene que ser en convertirnos en puentes y no en muros.

Acompañar no significa validar todo sin discernimiento. Significa escuchar la persona, escuchar su emoción antes que etiquetar la conducta. Preguntar con serenidad: ¿qué encontrás en esto? ¿qué sentís cuando estás así? ¿qué necesidad tuya se siente cuidada que como humano no lo sentís? Validar la emoción no es validar la identidad asumida; es reconocer que detrás de todo hay una historia que merece ser escuchada.

Acompañar implica poner límites humanos con ternura y firmeza. Podemos comprender el sentir del adolescente y al mismo tiempo sostener prácticas propias de la convivencia humana. La firmeza no es ni debe ser violenta. La firmeza es cuidado. Los límites claros ofrecen seguridad cuando están sostenidos en el amor. Ejemplo: "yo te entiendo, pero en este espacio tenemos normas para alimentarnos e higienizarnos humanas". 

Por último, me parece fundamental poder pensar en experiencias que ayuden a reconectar con el propio cuerpo humano. El deporte, el arte, la naturaleza, el servicio, la vida comunitaria. En estas actividades el adolescente además de sentir su cuerpo humano puede experimentar que no necesita “dejar de ser humano” para sentirse libre, fuerte o especial.

En el fondo, muchas veces lo que aparece es una necesidad profunda de pertenecer y de sentirse especial. Como Iglesia, estamos llamados a ofrecer precisamente eso: un espacio donde cada persona es amada no por una etiqueta, sino por ser hijo o hija de Dios. Donde la identidad no depende de una comunidad online, sino del amor incondicional del Creador. El mayor acto de libertad no es escapar de la humanidad, sino abrazarla.

Para terminar, quiero recordar algo: nuestra identidad no nace de una etiqueta, ni de una tendencia cultural o digital, ni de una búsqueda momentánea. Nuestra identidad nace en Dios. La Biblia en Génesis 1:27 dice: “Dios creó al ser humano a su imagen”, para nosotros como personas de fe, hay una verdad profunda: somos imagen de Dios. Eso significa dignidad, valor, propósito. No somos un error, no somos una falla de diseño. Somos creación intencional. También en Salmos 139:14: “Te alabaré, porque formidables, maravillosas son tus obras”. Nuestra humanidad —con cuerpo, emoción, pensamiento y capacidad de amar— es obra maravillosa. No necesitamos escapar de ella; necesitamos reconciliarnos con ella. Y en Efesios 2:10 dice: “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras”. No solo fuimos creados con valor, sino con propósito. Cada persona, cada adolescente, está llamado a desplegar algo único, no a disolverse en una identidad de manada que lo reduzca o lo fragmente.

Que podamos acompañar desde esta verdad. Que no respondamos con miedo, sino con convicción serena, que nos acompañemos, que podamos recordarles (con paciencia y amor firme) que no necesitan transformarse en otra cosa para ser especiales, que fueron creados a imagen de Dios, maravillosamente hechos, y con un propósito que vale la pena descubrir.

Natalia Zukowski 
Orientadora Familiar – Sexóloga Educativa
@natalia_zuko

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