
Ha pasado una semana de la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2026 que nos ha dejado una fotografía clara del descontento nacional. Como advertí en mi columna de abril pasado, cuando señalaba que era tiempo de dividirnos para marcar identidad y evitar las "tibiezas" de centro, los hechos me han dado la razón.
La contienda no solo confirmó la necesidad de este contraste, sino que hoy nos coloca frente a la realidad que proyectamos: la obligación ética y política de cerrar filas y dejar que quienes queden por fuera sean entendidos en adelante como traidores a la patria.
Con más de 10.3 millones de votos, Abelardo de la Espriella ha capitalizado un clamor ciudadano que exige frenar el deterioro institucional y económico. Hoy hemos consolidado un bloque sólido que entiende que la supervivencia de la República depende de esta unión. Frente a los 9.7 millones de votos de Iván Cepeda, la brecha es clara, pero la complacencia es el mayor enemigo de la democracia.
Con más de 10.3 millones de votos, Abelardo de la Espriella ha capitalizado un clamor ciudadano que exige frenar el deterioro institucional y económico.
La centro derecha tibia murió con los 1.5 millones votos de Paloma Valencia y el progresista Juan Daniel Oviedo. Y los demás ni mención merecen.
En esta contienda, la Iglesia no ha sido un espectador pasivo. Sectores como el Partido Colombia Justa Libres, el liderazgo del Concejal Marco Acosta y "Los Defensores de la Fe", el exsenador Jhon Milton Rodríguez y el exalcalde de Bucaramanga Jaime Andrés Beltrán han entendido que la política es el ejercicio del bien común. Mención especial merece la Misión Carismática Internacional, con la senadora Sara Castellanos y la representante a la cámara Carol Borda, cuyo despliegue en plazas públicas junto a De la Espriella fue emocionante.
No obstante, la coherencia ha brillado por su ausencia en otros sectores. Es doloroso observar cómo figuras como el pastor y exconcejal de Bogotá Gustavo Páez, tras su paso por la campaña de Paloma Valencia, intentaron "lavar la cara" de una fórmula vicepresidencial (la de Juan Daniel Oviedo) que defiende la ideología de género y el aborto. Ese “pragmatismo” es vender los principios, ¿A cambio de qué? no lo sabemos, eso sí la credibilidad política de Gustavo Páez frente a la Iglesia cristiana debe ser reducida a 0% después de este craso error.
Mención especial merece la Misión Carismática Internacional, con la senadora Sara Castellanos y la representante a la cámara Carol Borda, cuyo despliegue en plazas públicas junto a De la Espriella fue emocionante.
¿Y qué decir de aquellos que, desde el Pacto Histórico, respaldan la candidatura de Iván Cepeda? Como cristiano, no cuestiono su salvación, pero sí su cosmovisión. ¿Cómo reconciliar el Evangelio con una agenda que abraza el abortismo, el ateísmo militante y una visión del hombre puramente antropocéntrica? Un cristiano no puede ser progresista; es intentar encajar la luz con las tinieblas. Al ignorar la fe y mirar sólo lo humano, estos actores terminan siendo cómplices de un gobierno corrupto y asesino. Quiero que me digan ¿Que pasa por sus cabezas al apoyar a esa gente que asesina inocentes en el vientre y lo llaman derecho?
Hoy, la advertencia que hice en mi columna de abril cobra más vigencia que nunca: "La segunda vuelta, en cambio, será tiempo de unirnos". Ya no es momento de debates internos ni de divisiones estériles. Colombia no aguanta más la inseguridad, la inflación y la corrupción que hoy nos asfixian.
Votar por Abelardo de la Espriella no es ungirlo como un "Ciro" infalible como se está haciendo erróneamente en algunas iglesias; votar por él es un simple acto de sentido común. Él tendrá aciertos y errores, y la Iglesia nunca puede perder su independencia para convertirse en un comité de aplausos o un circo de focas. Sin embargo, cuando analizamos elementos de su plan de gobierno —especialmente en términos de reactivación económica y seguridad jurídica— y valoramos la integridad técnica de figuras como el doctor José Manuel Restrepo, la decisión es un imperativo para quienes amamos la libertad.
¿Cómo reconciliar el Evangelio con una agenda que abraza el abortismo, el ateísmo militante y una visión del hombre puramente antropocéntrica?
Es hora de dejar atrás los complejos. La ética perfecta que nos paraliza es a menudo cobardía disfrazada. La sangre de tantos inocentes y el futuro de nuestros hijos son, en gran medida, responsabilidad de quienes, por miedo a "ensuciarse las manos", permitieron que los enemigos de la libertad tomarán las riendas del País.
Finalmente, a mis lectores, quiero plantearles que nos enfrentamos a un momento de dilemas absolutos. Estamos ante una encrucijada donde la neutralidad es, en la práctica, una forma de complicidad. Las opciones frente a nosotros son fronteras infranqueables: democracia o dictadura populista, orden fundamentado en la ley o el caos de la anomia, seguridad para el ciudadano honrado o la rendición ante la violencia criminal, defensa de la vida o el triunfo de la cultura de la muerte.
La historia no nos juzgará por nuestra capacidad de quejarnos desde la comodidad de nuestras casas, sino por nuestra determinación en la urna.
No nos engañemos con discursos edulcorados. Si permitimos que el proyecto que representa Iván Cepeda —con su agenda anacrónica y su desprecio por las libertades fundamentales— se consolide, habremos entregado las llaves de nuestra República. Perder estas elecciones no significará solo un cambio de gobierno; significará el desmantelamiento de las instituciones que aún sostienen nuestra libertad y la consolidación definitiva de un modelo que, como lo demuestran los espejos regionales de Venezuela y Cuba, comienza con promesas de 'justicia social' y termina siempre en la opresión sistemática del individuo y la aniquilación de la fe. ¿De verdad creen que ellos desistieron de la constituyente? No, solo es una estrategia electoral.
La historia no nos juzgará por nuestra capacidad de quejarnos desde la comodidad de nuestras casas, sino por nuestra determinación en la urna. La sangre de los inocentes y el futuro de las generaciones por nacer dependen de la integridad con la que actuemos hoy. No es momento de complejos ni de tibiezas: es hora de decidir si seremos la generación que, con cobardía, permitió la caída de su nación, o la generación que, con coraje y convicción, cerró filas para rescatar a Colombia del abismo. No es momento de dialogar con el enemigo ideológico, es momento de tomar decisiones. El tiempo de la indiferencia ha muerto; la hora de la responsabilidad ha llegado.
Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.





