El suicidio en Argentina y el desafío de prevenirlo entre los jóvenes

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Imagen ilustrativa. El suicidio es una problemática multicausal que requiere prevención, escucha y acceso oportuno a apoyo. Foto: Pexels

En 2025 se registraron en Argentina 5.209 muertes por suicidio, de acuerdo con el informe "Cuando matarse aparece como una opción en la Argentina" del Observatorio de Política Criminal. La cifra representa un aumento del 22,6 por ciento respecto de 2024 y una tasa de 11,8 casos cada 100.000 habitantes.

El informe también señala que el 45,3 por ciento de las muertes registradas en 2024 correspondió a personas de entre 15 y 34 años. Para el Observatorio, el suicidio pasó a ser la principal causa de muerte en esa franja etaria.

Los números describen una urgencia, pero no explican por sí solos lo que les ocurre a los jóvenes. El Ministerio de Salud de la Nación define el suicidio como una problemática multicausal, en la que intervienen factores personales, familiares, sociales, culturales y comunitarios. Reducir cada caso a una sola razón no solo es impreciso, también puede profundizar el estigma.

Los lineamientos de UNICEF Argentina proponen una respuesta interdisciplinaria e intersectorial. La pregunta, entonces, no es únicamente qué datos mirar, sino qué vínculos y respuestas se están construyendo alrededor de los adolescentes y jóvenes que atraviesan sufrimiento.

Participar no es solo asistir

Gastón Bruno, politólogo especializado en educación, plantea que las dinámicas con adolescentes no pueden diseñarse sin contar con ellos. “Si en la elaboración no está la mirada de nuestro sujeto, que es el adolescente, no se puede recrear una noción de cercanía y pertenencia”, afirma.

Bruno propone conocer sus hábitos culturales, intereses, formas de entretenimiento, vínculos con el gaming y maneras de organizar el tiempo. No como un relevamiento decorativo, sino como una condición para generar espacios cercanos.

“La Iglesia actúa como una red de contención y de apoyo. No reemplaza la terapia ni a los profesionales de salud mental”. Lic. Ma. Paula Zuccherino

En las escuelas, advierte, los lugares pequeños y seguros para hablar suelen ser escasos. Crear instancias participativas, donde se respete la opinión y la experiencia de cada adolescente, es una necesidad urgente. Pero no se trata de una respuesta rápida. Detectar cambios sostenidos en el ánimo, la asistencia o los vínculos requiere un trabajo constante durante toda la adolescencia y la juventud.

Esa continuidad también redefine el rol de los voluntarios en iglesias y organizaciones cristianas. Su presencia puede ser valiosa, pero no reemplaza la formación. “El voluntario tiene que profesionalizarse, aunque sea desde la vocación”, sostiene Bruno.

La tarea de un adulto referente no es diagnosticar. Es aprender a escuchar, reconocer señales, no minimizar el sufrimiento y saber cuándo derivar. La formación en lenguaje respetuoso y en protocolos de cuidado es indispensable para evitar tanto la romantización como el estigma.

El costo de aparentar perfección

María Paula Zuccherino, psicóloga, identifica una tensión particular en algunos jóvenes vinculados a iglesias evangélicas. La pertenencia puede ser un factor protector, pero una cultura de culpa, exigencia o temor a ser juzgado puede volver más difícil poner en palabras aquello que duele.

“La culpa excesiva” y “la presión por cumplir las expectativas” son factores que pueden aislar a los adolescentes, explica. A veces se suma la dificultad de hablar sobre emociones, sexualidad, conflictos familiares o problemas personales cuando sienten que deberían mostrar una imagen de perfección ante líderes y pares.

Para Zuccherino, la comunidad de fe tiene una oportunidad concreta de convertirse en un espacio de pertenencia. Los vínculos significativos, la disponibilidad de adultos que escuchen, el sentido de propósito y la vida espiritual compartida pueden fortalecer a los jóvenes.

Sin embargo, remarca un límite decisivo. “La Iglesia actúa como una red de contención y de apoyo. No reemplaza la terapia ni a los profesionales de salud mental”.

El aporte de una iglesia puede ser acompañar, facilitar el acceso a un profesional idóneo y respetar la confidencialidad. Cuando corresponde, la familia, el adolescente, el terapeuta y la comunidad pueden trabajar de manera articulada, sin confundir el acompañamiento espiritual con una intervención clínica.

Prevenir no depende de una frase perfecta ni de un evento aislado. Requiere adultos disponibles, jóvenes escuchados, voluntarios formados, comunidades que no exijan perfección y redes de salud mental a las que acudir sin demora.

Zuccherino menciona algunas señales que merecen atención, como el aislamiento sostenido, la irritabilidad, los cambios de conducta, la apatía, los problemas de sueño o alimentación, el descenso en el rendimiento escolar y una sensación persistente de vacío. Ninguna de estas señales constituye por sí sola un diagnóstico, pero sí invita a acercarse, preguntar y escuchar.

Cuando existe riesgo de vida, un intento reciente o ideas de suicidio, la intervención debe ser inmediata. La contención pastoral no sustituye una evaluación profesional urgente.

Personalizar el vínculo

Natalia Zukowski, docente, invita a no medir la pertenencia de un adolescente por su asistencia a una reunión semanal. Algunos jóvenes no pueden estar presentes por actividades deportivas, artísticas, laborales o familiares en las actividades eclesiales. Eso no debería dejarlos afuera de la comunidad.

Acompañar un partido, una muestra artística o una competencia, o simplemente enviar un mensaje, puede demostrar que el interés es real. “Esas cosas realmente marcan la diferencia para que cuando tengan una dificultad sepan que estás ahí”, afirma.

Zukowski señala que los adultos suelen subestimar el peso que tienen las experiencias digitales para las nuevas generaciones. También advierte que detectar cambios no es sencillo porque muchos adolescentes aprendieron a aparentar.

“El secreto está en personalizar”, resume. Eso implica dejar de hablar de los jóvenes como un grupo uniforme y conocer sus historias, ausencias, intereses y necesidades.

La docente propone revisar incluso la manera en que funcionan los grupos pequeños. La cuestión no es solo si existe un espacio donde alguien pueda hablar con sinceridad. La pregunta central es qué sucede después de que lo hace. Una reacción desatenta, moralizante o indiscreta puede cerrar la puerta a futuras conversaciones.

También plantea que los adultos deben preguntar antes de planificar. “¿Qué necesitás? ¿Qué te está pasando? ¿Con qué te sentirías cómodo?”. Escuchar esas respuestas puede ser más valioso que diseñar actividades sin la participación de sus destinatarios.

Cuidar sin exponer

El acompañamiento no termina cuando aparece una crisis. Después de un intento o una muerte, Zuccherino recomienda priorizar la contención, la confidencialidad y el respeto por la privacidad de la familia. No es momento de buscar culpables, especular ni difundir detalles.

La comunidad puede ofrecer un espacio para que familiares, amigos y compañeros expresen sus emociones. También debe prestar atención a quienes estén más afectados y facilitar el acceso a apoyo profesional.

Las pautas oficiales para comunicar responsablemente sobre suicidio recomiendan evitar el sensacionalismo, no atribuir una muerte a un único factor y no presentar el suicidio como una respuesta comprensible a los problemas.

Las entrevistas dejan una conclusión compartida. Prevenir no depende de una frase perfecta ni de un evento aislado. Requiere adultos disponibles, jóvenes escuchados, voluntarios formados, comunidades que no exijan perfección y redes de salud mental a las que acudir sin demora.

Ante un riesgo inmediato, es importante buscar el servicio de emergencias o la guardia de salud más cercana y no dejar sola a la persona. Si tú o alguien cercano está en riesgo inmediato, contacta los servicios de emergencia o una guardia de salud de tu localidad. En Argentina, se puede llamar al 135 en CABA y Gran Buenos Aires, o al 0800-345-1435 desde todo el país.


Autora: Lizzie Sotola es corresponsal en Latinoamérica para Diario Cristiano Internacional. Es licenciada en Periodismo y en Comunicación Social graduada en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, Argentina. Cuenta con una trayectoria de más de 25 años como profesional. Tiene una vasta experiencia en medios de comunicación, organizaciones educativas y religiosas como también editoriales cristianas. Ha trabajado para Editorial Vida, Sociedad Bíblica Internacional, Alianza Evangélica Latina y la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de Argentina (ACIERA). Además ejerce como periodista freelance para los festivales de la Asociación Luis Palau en Iberoamérica y dirige una agencia de difusión llamada Noti-Prensa.

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