
Esta semana el mundo del fútbol presenció un milagro deportivo que dejó boquiabiertos a millones. Cabo Verde, una pequeña nación insular africana, debutaba en su primer Mundial frente a la todopoderosa selección de España. Las apuestas y los pronósticos auguraban una goleada estrepitosa.
Sin embargo, el partido terminó en un histórico 0-0. ¿El responsable? Josimar José Évora Dias, conocido globalmente como Vozinha, un guardameta de 40 años que se convirtió en una muralla infranqueable. Con siete atajadas monumentales y una calificación perfecta, Vozinha defendió su arco con una entrega que conmovió al planeta.
Ver a este veterano volar de palo a palo, rechazando los ataques más feroces del rival, me hizo reflexionar profundamente sobre nuestro papel en el cuerpo de Cristo. Su gesta es un reflejo exacto del espíritu con el que la iglesia contemporánea debería defender su fe.
Hace unas semanas, me encontraba precisamente en el culto de jóvenes de una iglesia local. Una líder de jóvenes a la que aprecio y respeto profundamente, buscando ilustrar lo que significa mantenerse firmes en lo que creemos, organizó una dinámica clásica: una competencia de fuerza jalando una cuerda. Dos equipos tiraban con todas sus fuerzas en direcciones opuestas. Vi a los jóvenes sudar, apretar los dientes y resistir con el alma para no dejarse arrastrar por el equipo contrario.
Vozinha demostró esa misma resistencia en el arco. Por supuesto, tras años de una larga carrera en el fútbol, posee conocimientos y técnicas que le permiten desarrollarse de manera excelente en su posición. Debió hacer un estudio básico del rival, acumular miles de horas de práctica y someterse a un largo entrenamiento. Pero en ese partido contra España no fue solamente el conocimiento ni la técnica; fue la pasión.
Es aquí donde debemos analizar elementos vitales. La pasión es algo que excede lo intelectual. Tristemente, hoy en día hay muchos intelectuales dentro de la iglesia que tienen el conocimiento suficiente para defender la fe cristiana, pero carecen de pasión. Olvidan que la pasión es ese fuego ardiente en los huesos del que nos hablaba el profeta Jeremías; es el Espíritu Santo en nuestro interior llevándonos a estar dispuestos incluso a morir por la causa de Cristo. Y definitivamente el orgullo intelectual si crea un muro, pero no de defensa de la fe. Si no en contra de nosotros mismos, nos destruye por dentro. De alguna forma aborrezco esos círculos intelectuales que saben tanto pero carecen de la capacidad de aterrizar ese conocimiento a quienes lo necesitan.
El largo entrenamiento de Vozinha es el primer gran ejemplo para nosotros. Como nos lo recuerda la Palabra, debemos entrenarnos para la piedad y estar siempre listos para dar respuesta a todo aquel que nos demande razón de la esperanza que hay en nosotros (1 Pedro 3:15).
Haciendo un examen honesto, cabe lanzar una crítica teológica a la iglesia actual: ¿Estamos profundizando lo suficiente en el conocimiento de las Escrituras? Sinceramente, no lo creo. La mayoría de los programas de formación teológica y discipulado dentro de las congregaciones se enfocan en un barrido superficial de la doctrina cristiana. Cumplen con "llenar el requisito", pero carecen de densidad.
El mundo actual nos demanda ser mucho más profundos y exactos. No estamos necesariamente en un tiempo donde haya más intelectuales reales, sino en una era donde abundan las personas que se creen intelectuales. Toman un barniz flotante de conocimiento de las pseudociencias e intentan atacar la fe cristiana, la cual, vale la pena recordar, es intelectualmente sólida.
Por eso, la formación en apologética (la defensa racional de la fe) no es un lujo exclusivo de teólogos de escritorio o de grandes seminarios; es una necesidad urgente que debe impartirse en las bancas de las iglesias locales. El próximo culto de jóvenes, o la próxima reunión familiar del pastor que lea este artículo, debería enfocarse intencionalmente en la defensa de la fe. Debemos entender que argumentar la verdad bíblica con excelencia es, en sí mismo, otra hermosa forma de adoración al Señor.
El año pasado, presenté formalmente una propuesta ante la Confederación Evangélica de Colombia (CEDECOL) para declarar oficialmente el 29 de noviembre como el Día Nacional de la Apologética, en conmemoración del nacimiento del célebre pensador C.S. Lewis. La idea central era que en esta fecha se propiciaran actividades conmemorativas, talleres y conferencias especiales tanto en las iglesias locales como en los seminarios teológicos del país.
Para mi profunda decepción, a dicha propuesta no se le dio la relevancia requerida ni se le dio trámite alguno allí dentro. No obstante, lejos de desanimarme, he decidido redoblar la apuesta y ampliar el horizonte: ahora voy a presentar esta misma iniciativa ante la Alianza Evangélica Latinoamericana (AEL).
Esta urgencia se vuelve crítica cuando miramos a las nuevas generaciones. Necesitamos formar a nuestros jóvenes de manera integral antes de que pisen las universidades. Al ingresar a la educación superior, se van a encontrar de frente con corrientes hostiles como el humanismo.
Seamos realistas: aun aquellas universidades que llevan un corte cristiano o católico en sus nombres ya no tienen una cosmovisión bíblica como el centro de sus planes de estudio, y nunca va a pasar.
Consciente de este vacío, llevo ya un buen tiempo trabajando minuciosamente en el diseño de un curso preuniversitario para jóvenes cristianos. Este programa está enfocado con total rigurosidad en tres ejes fundamentales: cosmovisión bíblica, apologética profunda e impacto transformacional en las 7 esferas de la sociedad (religión, familia, educación, gobierno, medios, artes/entretenimiento y economía). Actualmente, me encuentro buscando activamente el lugar idóneo para implementar este plan piloto y comenzar a blindar la mente de nuestros futuros líderes. Por lo tanto, es nuestra responsabilidad que los jóvenes tengan, al menos, una defensa básica de la fe que abarque tres pilares innegociables:
1. La existencia de Dios.
2. La veracidad e inspiración de las Escrituras.
3. La relevancia y superioridad de la cosmovisión cristiana para responder a los problemas del ser humano.
El ejemplo de Vozinha es sobre fútbol, y desconozco a fondo cuáles sean sus creencias religiosas personales. Sin embargo, su actitud en la cancha es el modelo perfecto de cómo debemos defender aquello en lo que creemos: con la cabeza bien entrenada (conocimiento y técnica) pero con el corazón encendido (pasión).
Si usted es un líder, un padre o un creyente que considera que necesita empezar a formarse formalmente en el área de la apologética, me permito dejarle tres recomendaciones prácticas y accesibles para iniciar este entrenamiento:
El Circo del Ateísmo, escrito por Rigoberto Hidalgo. Si bien no he podido leer el libro, conozco personalmente a Rigoberto y puedo dar fe de la calidad de sus argumentos.
Los libros del Dr. William Lane Craig, uno de los filósofos y apologistas cristianos más destacados de nuestro tiempo.
Hermanos, que cuando el enemigo lance sus dardos más feroces contra nuestra fe, nos encuentre como el arquero de Cabo Verde: bien entrenados, posicionados en la verdad, con las manos firmes en la cuerda y un fuego en el pecho que ninguna potencia de este mundo pueda apagar.
¡Mantengamos el arco invicto!





