En busca de la patria milagro: una opinión cristiana sobre las elecciones presidenciales

Bandera de Colombia
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Colombia se desangra. La violencia imparable, la economía que asfixia a las familias, la corrupción que corroe las instituciones, la fractura moral que nos divide y la incertidumbre que nos paraliza nos han colocado en una sala de cuidados intensivos.

El pronóstico, a simple vista, parece sombrío: una muerte lenta, anunciada por la indiferencia, el agotamiento y la pérdida de rumbo. Pero el creyente no se rinde ante el diagnóstico; ora, se levanta y, con los pies en la tierra y la mirada en lo alto, comienza la búsqueda de la patria milagro.

Esta búsqueda trasciende la lógica estrecha de la campaña electoral. No se trata de idolatrar urnas ni de depositar en un hombre la esperanza de la redención nacional. Se trata, más bien, de recordar dos mandatos sagrados: el cultural y el evangelístico.

La Iglesia está llamada a predicar el evangelio a toda criatura, buscando la salvación de las almas, pero también a impregnar con principios bíblicos las siete esferas de la sociedad. Sin embargo, debemos ser lúcidos: ningún político salvará a Colombia.

La política no es el Evangelio. Hemos caído en la trampa de convertir al Estado en mesías, esperando que un presidente resuelva lo que corresponde a la familia y a la iglesia. Sí, un gobernante puede mejorar la seguridad o reactivar la economía, pero la restauración moral, la paz del alma y el sentido de la vida no se encuentran en la política. Hemos hecho del estatismo una religión vacía.

Por eso, en esta jornada electoral, no busco la perfección humana, sino la dirección correcta. Hoy tomo la mano de mi hija, camino hacia las urnas y deposito mi voto en Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo. No son cristianos confesos; son creyentes imperfectos, como todos nosotros. Pero han adoptado posturas claras en defensa de lo que a un creyente le importa: la vida desde la concepción, la familia como núcleo fundamental, la libertad responsable y el derecho de propiedad.

No hay en ellos un impedimento moral que me impida darles mi confianza. Y sé que se equivocarán, aquí estaré también para denunciarlo aún si fuera una traición a nuestros principios. Pero la historia no la escriben los impecables, sino los que, con sus aciertos y yerros, eligen el caminar.

Entre continuar con políticas que han normalizado el aborto bajo el eufemismo de “derechos”, que promueven la confusión de identidad sexual, que toleran sin escrúpulos la violencia de grupos armados y que arrastran la herencia de ideologías (comunismo) que en el siglo pasado dejaron fosas comunes y persecución religiosa; entre ese camino y uno que, al menos, reconoce a Dios y se compromete con los principios fundacionales de la convivencia humana, mi conciencia elige lo segundo. Prefiero un gobierno que se equivoque caminando hacia la luz, que uno que se pierda deliberadamente en la penumbra.

Las elecciones políticas son como las de la vida: a veces gastamos los años esperando la opción perfecta, cuando el único camino es construir la posible, paso a paso. Otras veces, la mejor oportunidad está frente a nosotros, pero el orgullo o el cinismo nos ciegan. Cuando una buena oportunidad está frente a nosotros hay que mirar al cielo y agradecer, mirarla a los ojos con alegría, tomarle la mano con confianza y caminar con ella hasta el fin.

Por eso, como cristiano, como colombiano, como padre y como maestro, hoy tomo posición. No en nombre de la utopía, sino en búsqueda de la patria milagro. Que Dios tenga misericordia de Colombia y nos conceda la sabiduría, la valentía y la humildad para reconstruirla.

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