
Un pastor recibe cada semana confidencias que ningún curso de homilética le enseñó a manejar. Una madre con depresión posparto, un joven con ansiedad generalizada, un matrimonio atravesado por patrones de manipulación.
Ante estas situaciones hay que decirlo con claridad, la vocación pastoral no exime del deber de formarse en herramientas básicas de psicología. Y no se trata de reemplazar la tarea espiritual por la clínica, sino de que ambas dimensiones dialoguen sin que una ignore a la otra.
Durante años circuló en ciertos ambientes evangélicos la idea de que la Biblia alcanza para resolver cualquier padecimiento emocional. Sin embargo, esa postura, sostenida con buena intención, termina generando daño. Un líder de jóvenes que no distingue entre tristeza pasajera y un cuadro depresivo real puede minimizar una situación que requiere acompañamiento profesional. Del mismo modo, quien confunde un trastorno de ansiedad con falta de fe corre el riesgo de añadir culpa a alguien que ya está sufriendo.
Cabe destacar que reconocer los límites del rol pastoral no es debilidad, es responsabilidad. Saber derivar a tiempo a un psicólogo o psiquiatra forma parte del cuidado genuino de las ovejas.
No se trata de reemplazar la tarea espiritual por la clínica, sino de que ambas dimensiones dialoguen sin que una ignore a la otra.
Jay Adams, uno de los pioneros de la consejería bíblica contemporánea, insistía en su obra "Manual del consejero cristiano" (1970) en que el pastor debe conocer bien las Escrituras, pero eso no lo convierte automáticamente en alguien capacitado para todo tipo de intervención.
Ahora, otros autores evangélicos matizaron esa mirada inicial. Larry Crabb, en "Consejería bíblica eficaz" (1977), propuso un modelo que integra principios psicológicos sólidos con una cosmovisión cristiana, sin caer en el reduccionismo de pensar que la fe sustituye el conocimiento clínico. Crabb sostenía que entender procesos como el apego, la formación de la identidad o los mecanismos de defensa ayuda al consejero cristiano a discernir mejor lo que la persona necesita.
Por su parte, Paul David Tripp, en "Instrumentos en las manos del redentor" (2002), desarrolló una perspectiva pastoral que reconoce la complejidad del sufrimiento humano. Tripp advierte que muchas veces los líderes actúan con recetas rápidas ante problemas que exigen escucha profunda y, en no pocos casos, tratamiento especializado. Esa misma línea sigue Edward Welch en "Cuando la gente es grande y Dios es pequeño" (1997), donde aborda el miedo al hombre y la ansiedad social desde una mirada que combina teología con conceptos de la psicología clínica.
Es decir, existe dentro del propio ambiente evangélico una tradición seria que promueve la formación psicológica de los líderes. Timothy Lane y Paul Tripp, en "Cómo funciona el cambio" (2006), plantean un modelo de acompañamiento pastoral que reconoce patrones de conducta, historia personal y contexto relacional, elementos que cualquier psicólogo reconocería como centrales en un proceso terapéutico.
Ahora bien, hay una dimensión que suele pasarse por alto y que resulta igual de decisiva: la psicopedagogía, la psicología del desarrollo y las neurociencias. Un pastor o un líder de jóvenes trabaja permanentemente con personas en distintas etapas evolutivas, niños en la escuela dominical, adolescentes en plena formación de identidad, adultos jóvenes atravesando crisis vocacionales. Comprender cómo aprende y cómo madura un ser humano no es un dato menor para quien tiene la tarea de enseñar y acompañar.
Comprender cómo aprende y cómo madura un ser humano no es un dato menor para quien tiene la tarea de enseñar y acompañar.
Por ejemplo, saber que la corteza prefrontal, encargada de la regulación de impulsos y la toma de decisiones, continúa desarrollándose hasta bien entrada la juventud, ayuda a un líder de jóvenes a entender por qué ciertos comportamientos impulsivos no siempre responden a rebeldía espiritual sino a un proceso neurológico esperable.
Asimismo, conocer los aportes de la psicología del desarrollo, los aportes de autores como Piaget sobre los estadios cognitivos o de Erikson sobre las crisis psicosociales de cada etapa, permite ajustar el mensaje y el acompañamiento a la edad real de quien tiene enfrente, en lugar de aplicar el mismo esquema a un niño de ocho años y a un adulto de cuarenta.
La psicopedagogía, por su parte, aporta herramientas concretas para detectar dificultades de aprendizaje, problemas de atención o barreras que muchas veces se confunden con falta de interés o desobediencia. Un chico que no logra seguir el ritmo de una clase bíblica para su edad no necesariamente tiene un problema de actitud, puede estar atravesando una dificultad específica que requiere otro abordaje. Un líder formado en estos conceptos evita etiquetar erróneamente y puede acompañar con paciencia informada en lugar de con juicio apresurado.
Escribo estas líneas también desde mi propia formación. Curso el cuarto año de la carrera de Psicopedagogía, y esa experiencia me confirmó algo que este artículo intenta transmitir, entender cómo aprende y se desarrolla una persona cambia radicalmente la calidad del acompañamiento que se le puede ofrecer, sea en un aula, en un consultorio o en una congregación.
Un líder formado en estos conceptos evita etiquetar erróneamente y puede acompañar con paciencia informada en lugar de con juicio apresurado.
Un pastor que entiende nociones básicas de psicología del desarrollo puede acompañar mejor a una familia con un adolescente en crisis. Un líder de jóvenes que conoce los signos de un trastorno alimentario puede intervenir a tiempo en lugar de atribuir todo a un problema espiritual. Una consejera matrimonial dentro de la iglesia que distingue entre un conflicto de pareja común y un patrón de violencia estará mejor equipada para proteger a quien lo necesita.
Dicho esto, la formación psicológica no compite con la fe, la complementa. Dios creó la mente humana con una complejidad enorme, y comprenderla mejor no aleja de la verdad bíblica, la ilumina desde otro ángulo.
En consecuencia, cada vez más seminarios e institutos bíblicos incorporan materias de psicología pastoral, consejería, desarrollo evolutivo y salud mental en sus programas de formación.
En fin, el pastor o líder que se capacita en estos temas no está claudicando en su vocación, la está honrando con mayor profundidad. Acompañar a las personas en su totalidad, cuerpo, mente y espíritu, en cada etapa de su desarrollo, es parte del llamado. Y ese acompañamiento será siempre más fecundo cuando se apoya en conocimiento serio, tanto teológico como psicológico, evolutivo y neurocientífico.
Autor: Julio César Cháves nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires. Es escritor con una trayectoria sostenida en el periodismo de opinión, habiendo publicado cientos de notas en medios de su ciudad y en plataformas digitales propias. Cuenta con estudios en teología, oratoria, apreciación cinematográfica, fotografía y literatura. Es egresado del Instituto Teológico por Extensión (INSTE). Actualmente cursa la carrera de Psicopedagogía en el Instituto Paulo Freire de Chacabuco.
Es autor de los libros La conquista de la libertad (Editorial de las Tres Lagunas), Cómo manejar exitosamente las circunstancias (RC Editora / Emanuel), Dios con nosotros (Editorial Autores de Argentina) y La Marca, obra escrita junto a su hermano Benjamín. Su escritura transita la intersección entre fe cristiana, psicología, cultura contemporánea y crítica social, con una voz construida desde la experiencia académica y vital.
Está casado con Alejandra Biazotti y es padre de tres hijos: Matías, Max y Merlina. Reside en Chacabuco, donde desarrolla su actividad como escritor, técnico y estudiante universitario. Puede seguirlo en su página de Facebook.





