Muchos volantes, pocos votantes: el desgaste de la política cristiana

Repartiendo volantes en la calle
 Imagen generada por IA

Advierto de antemano: las líneas que siguen están diseñadas para incomodar. Este texto no busca el aplauso fácil ni la validación de camarilla. Sé que caerá como un jarro de agua fría sobre dos tipos de personas. Primero, los radicales de la fe, aquellos que han convertido la disidencia en herejía y que diagnosticarán cualquier opinión crítica como un síntoma de malestar espiritual, un "enfriamiento" del alma de quien se atreve a cuestionar el statu quo. Segundo, los escépticos profesionales, los que encuentran en cada tropiezo del creyente munición para sus argumentos contra la participación cristiana en la esfera pública. A unos y a otros les digo: lean, pero no busquen en la tergiversación de mis palabras un refugio para sus prejuicios.

La escena que motiva esta reflexión es de una tragicomedia que solo el trópico político puede ofrecer. En los últimos días, asistí a dos de las mega-iglesias más emblemáticas de Bogotá. Al salir, el escenario se repetía con una precisión milimétrica: al menos cinco campañas políticas cristianas disputándose el espacio físico y la atención de los feligreses. Conocía a todos los candidatos. En otro tiempo, cuando la unidad era más que un eslogan de marketing, trabajamos codo a codo bajo una misma bandera. Ahora, la escena era un duelo de egos. Sus equipos se peleaban literalmente por entregar el volante, con una desesperación que asustaba a la gente, quienes recibían el papel con la mirada baja, sabiendo, tanto como el repartidor, que ese impreso tenía un solo destino cierto: decorar la caneca más cercana antes de llegar a la esquina.

Lo primero que debe juzgarse aquí no es la intención, sino la cantidad. Vivimos una atomización de proyectos políticos cristianos. Todos, en respuesta a la coyuntura del país, se erigen como la única solución viable. ¿Les importa la viabilidad real del proyecto? No, en absoluto. Parece haber una fe ciega, casi mística, en que una campaña se gana en tres meses, o una confianza desmedida en un trabajo territorial que, aunque pueda ser loable, es insuficiente para un ejercicio político electoral serio.

Aquí me atrevo a lanzar la pregunta que nadie se hace en público: ¿para qué hacerse candidato? La lógica elemental dicta que se busca ganar. Pero no. Hay campañas que, en privado, todos sabemos que no superarán los 10.000 votos. Eso no da para una curul en el Congreso. Entonces, ¿cuál es el objetivo? ¿Se hacen contar para luego reclamar una cuota de burocracia? ¿Buscan visibilidad para una candidatura futura? ¿O es simplemente que el ego nos pega demasiado fuerte?

No malinterpreten mi crítica. No soy enemigo de que haya cristianos en diferentes partidos ni de la existencia de diversos proyectos. Eso es democrático, es apenas natural; no somos iguales y la unidad perfecta no existe, ni siquiera en el cielo. La pluralidad es saludable. Pero cantidad no es calidad. Montar un proyecto político es algo serio, requiere arquitectura institucional, no solo unción. El problema no es la diversidad de banderas, es la improvisación de las huestes.

Y aquí debo decir algo que quizás les suene a herejía, pero lo aclaro de inmediato: les hace falta meterle política a su fe. No hablo de subordinar el Evangelio a una ideología, hablo de entender las dinámicas de poder, de negociación y de Estado con la misma seriedad con que estudian las Escrituras. Les hace falta renunciar a esa inocencia crédula que los lleva a usar la historia de David y Goliat para sentirse poderosos sin tener una honda en la mano. Dejen de citar la victoria del muchacho contra el gigante para justificar la falta de estrategia. Si leen bien la Biblia, recordarán que Dios hacía planes de batalla detallados con Israel; nunca los mandó a improvisar confiando en que el milagro supliría la falta de táctica. Deberían estudiar esa parte técnica de la política con el mismo ahínco con que preparan un sermón.

Esto nos lleva a la falacia de la matemática del reino. Pueden tener un millón de volantes, pero eso no se traduce en un millón de votantes. Creer que una mega-iglesia entrega votos mágicamente o que el rebaño vota nominalmente es una utopía peligrosa. Las iglesias, en su interior, no son monolitos; son microcosmos de la sociedad. Tienen diversidad de pensamiento y, con vergüenza debo admitirlo, tenemos hermanos "petristas". ¿Cómo? Pregúntenselo a ellos. El punto es que esos candidatos envían ejércitos de voluntarios a volantaear las grandes congregaciones creyendo que cosecharán una mayoría, y no. El voto cristiano no es cautivo; es, o debería ser, consciente.

Y aquí toco el punto más neurálgico: la iglesia está cansada. En el momento histórico de Colombia Justas Libres, muchos creyeron. Era sencillo hacer el ejercicio de campaña; la gente creía en la figura del "león", sin rostros ni egos que opacaran el mensaje. Fue nuestra gran oportunidad, desperdiciada, claro está, por las disputas de hombres y la vanidad de liderazgo. Se han visto tantas cosas, tantas idas y venidas, que el creyente de a pie está exhausto. No quiere a los políticos cristianos porque ha visto que la etiqueta no garantiza ética.

Pero la culpa no es solo del político, es también del púlpito. La gente no entiende la política porque la iglesia no la enseña. Algunos pastores, cada cuatro años, sacan una prédica tibia sobre la responsabilidad civil, cumplen el expediente y vuelven al silencio. No enseñan a leer el mundo desde nuestra cosmovisión, no forman sujetos activos. No pido que suban candidatos al púlpito; pido que no nos pidan dejar el cerebro en la puerta. Y menos a los jóvenes. Debemos instruirles o los vamos a perder ante las ideologías que sí están formando cuadros con disciplina y claridad.

En conclusión, la política cristiana está desgastada, oxidada por la improvisación. No vaticino un buen resultado para el 8 de marzo. Me reservo mis proyecciones para cada candidato de los diferentes partidos, pero es probable que no logremos más de tres o cuatro congresistas realmente cristianos en una baraja inmensa de nombres. Siendo la iglesia evangélica tan grande, no hemos logrado afianzar una organización política que, si no perfecta, sea al menos organizada, coherente y con vocación de Estado.

Hay que entender que antes del votante está el creyente, y este debe ser discipulado en las ideas correctas. De ahí es que sale el voto correcto. Es un trabajo de abajo hacia arriba, construyendo desde lo popular y no apareciendo como hongos cada cuatro años. La campaña no es un suceso, es un estilo de vida para los que eligen lo público. Usted puede ser el candidato más áspero de la galaxia, pero si no conecta con el pueblo, en este caso con el pueblo de Dios, ya perdió.

La política cristiana está desgastada y el único medio que puede refrescarla es la educación política en la iglesia. Mi columna habrá sido incómoda para algunos, pero la verdad es siempre dolorosa. Es un pisotón a los que caminan torcido para enderezarles el paso. Aunque hay días en los que quisiera dejar de creer en la política cristiana, me convenzo de que es un mal necesario y de que hay esperanza, no en más volantes, sino en educar a nuestra gente. Solo cuando el voto sea fruto de la convicción y no del clientelismo religioso, podremos decir que hemos hecho política con mayúscula.

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