
La depresión en los jóvenes cristianos y la falta de propósito se volvieron temas urgentes en los últimos años. Muchos chicos y chicas que crecieron en iglesias hoy cargan un vacío profundo. Y no es solo tristeza pasajera. Es, además, una sensación de que la vida no tiene dirección clara, de que las promesas que escucharon de chicos no se concretan en el día a día.
En un contexto donde todo se mide por likes, seguidores y apariencia, el sentido se diluye.
Los jóvenes cristianos no escapan a esa corriente. Ven a su alrededor una cultura que promete realización instantánea y, cuando esa promesa falla, queda el abismo. La falta de propósito se mezcla con la depresión y genera un círculo difícil de romper. Se sienten solas, aunque estén rodeadas de gente. Sienten que fallan, aunque sigan yendo a la iglesia. La Escritura lo describe con crudeza: “Jehová está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los contritos de espíritu” (Salmos 34:18).
El ministerio Enfoque a la Familia ha trabajado durante décadas estos temas desde una mirada práctica y familiar. Un libro que sigue siendo útil es Amor y respeto, de Emerson Eggerichs. Allí se explica con claridad cómo las relaciones se construyen o se destruyen a partir de necesidades básicas que no siempre se nombran. Aunque el texto se centra en el matrimonio, sus principios iluminan también la vida de los jóvenes: sin un marco de respeto mutuo y de entrega concreta, el vacío crece. Ese vacío, cuando no se atiende, se transforma en desaliento y, muchas veces, en depresión.
En un contexto donde todo se mide por likes, seguidores y apariencia, el sentido se diluye.
Otro libro cristiano que aborda de frente esta herida es Cartas a una joven deprimida, de Alexandra González y Darío González, publicado en 2023. Allí los autores, padre e hija que atravesaron juntos la enfermedad, escriben: “Muchas veces, las personas creen que están demasiado rotas como para poder ser restauradas o que tienen historias demasiado complejas como para poder encontrar propósito”.
El citado fragmento resume con crudeza lo que miles de jóvenes cristianos sienten hoy, que su historia ya no tiene remedio y que el propósito se les escapó entre los dedos. Frente a esa mentira, la Biblia responde: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías 29:11).
La era de las redes sociales empeora todo esto cuando se trata de formar un matrimonio feliz. Hoy los jóvenes se relacionan primero a través de pantallas. Comparan constantemente. Ven vidas editadas, parejas perfectas que no existen, cuerpos ideales que no se sostienen en la realidad. La intimidad real se vuelve amenazante porque exige vulnerabilidad, tiempo y paciencia. En cambio, el scrolleo ofrece estimulación inmediata y sin riesgo aparente.
Además, las redes entrenan a las personas a buscar validación externa constante. Cuando llega el momento de construir una relación seria, esa costumbre choca con la necesidad de compromiso. El matrimonio demanda renunciar a ciertas libertades, sostener al otro en los momentos grises y aceptar que el otro no es un perfil idealizado. Muchos jóvenes llegan a la edad adulta sin haber practicado esa renuncia. Tienen miedo de equivocarse, miedo de perder opciones, miedo de quedar “atrás” respecto de lo que ven en Instagram. El resultado es que se posterga la decisión o se entra en relaciones frágiles que no resisten el primer conflicto serio.
Las redes entrenan a las personas a buscar validación externa constante.
A este panorama se suma otro factor que ha entrado con fuerza en muchas iglesias: el feminismo. Y no se trata de negar injusticias reales ni de defender abusos. Se trata de observar cómo una ideología que nació fuera del marco bíblico ha sido absorbida, a veces sin discernimiento, por comunidades cristianas. En nombre de la igualdad se han cuestionado roles complementarios que durante siglos formaron parte de la enseñanza sobre el matrimonio y la familia. Se ha instalado una sospecha permanente hacia cualquier diferencia entre hombres y mujeres, como si esa diferencia fuera siempre opresión.
Esa lucha se ha impregnado en los discursos, en las predicaciones y en las dinámicas de grupo. Jóvenes mujeres reciben mensajes que priorizan la autonomía individual por encima del servicio mutuo. Jóvenes varones reciben, al mismo tiempo, mensajes de culpa anticipada. El resultado no es mayor armonía, sino mayor desconfianza.
Cuando se diluye la idea de complementariedad, el matrimonio se vuelve un contrato entre dos individuos que negocian poder en lugar de un pacto de entrega. Y sin entrega real, el propósito compartido se debilita.
Cuando se diluye la idea de complementariedad, el matrimonio se vuelve un contrato entre dos individuos que negocian poder en lugar de un pacto de entrega.
El desenlace más trágico de esta combinación de vacío, redes y confusión de roles es el suicidio. No es un tema lejano ni exclusivo de quienes nunca pisaron una iglesia. Ha alcanzado incluso a hijos de pastores conocidos. Casos como el del hijo de un pastor brasileño que se quitó la vida por depresión, o el de jóvenes líderes e hijos de ministerios reconocidos que no resistieron el peso de la oscuridad, demuestran que la fe de los padres no inmuniza automáticamente a los hijos. La depresión no pregunta el apellido ni el púlpito desde el que se predica.
Ante esa realidad, las palabras de Jesús siguen vivas: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).
La depresión de muchos jóvenes cristianos no se explica solo por factores biológicos o psicológicos. Tiene también una dimensión de sentido. Cuando la cultura secular y algunas corrientes internas de la iglesia erosionan la visión de un proyecto de vida más grande que el individuo, el vacío aparece. Las redes aceleran esa erosión. El feminismo, cuando se adopta sin filtro, la refuerza al interior de las comunidades.
Recuperar propósito implica volver a mirar hacia afuera y hacia arriba. Implica recuperar la idea de que la vida no se construye solo desde el deseo personal, sino desde una vocación que incluye al otro. Implica también recuperar el valor del compromiso concreto, lejos de las pantallas y de las ideologías que prometen liberación pero terminan generando más aislamiento.
El camino no es fácil. Pero reconocer el problema es el primer paso. Los jóvenes necesitan espacios donde puedan hablar de su desaliento sin ser juzgados, y al mismo tiempo recibir una visión clara de lo que significa vivir con dirección. Las iglesias tienen la responsabilidad de ofrecer esa claridad, sin ceder a las modas del momento.
Autor: Julio César Cháves nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires. Es escritor con una trayectoria sostenida en el periodismo de opinión, habiendo publicado cientos de notas en medios de su ciudad y en plataformas digitales propias. Cuenta con estudios en teología, oratoria, apreciación cinematográfica, fotografía y literatura. Es egresado del Instituto Teológico por Extensión (INSTE). Actualmente cursa la carrera de Psicopedagogía en el Instituto Paulo Freire de Chacabuco.
Es autor de los libros La conquista de la libertad (Editorial de las Tres Lagunas), Cómo manejar exitosamente las circunstancias (RC Editora / Emanuel), Dios con nosotros (Editorial Autores de Argentina) y La Marca, obra escrita junto a su hermano Benjamín. Su escritura transita la intersección entre fe cristiana, psicología, cultura contemporánea y crítica social, con una voz construida desde la experiencia académica y vital.
Está casado con Alejandra Biazotti y es padre de tres hijos: Matías, Max y Merlina. Reside en Chacabuco, donde desarrolla su actividad como escritor, técnico y estudiante universitario. Puede seguirlo en su página de Facebook.





