
En una era donde la “diversidad” se celebra como un bien moral incuestionable, la Iglesia debe ejercer discernimiento. Si bien la diversidad de cultura, trasfondo e incluso perspectiva puede ser un hermoso reflejo del diseño creativo de Dios, no toda expresión de “diversidad” conduce a la unidad. De hecho, algunas de las divisiones más profundas en la Iglesia hoy en día se están justificando en su nombre.
Esto plantea una pregunta urgente: ¿cuándo fortalece la diversidad al Cuerpo de Cristo y cuándo lo fractura sutilmente?
La Escritura es clara en que la unidad en la Iglesia no tiene sus raíces en la uniformidad de personalidad o experiencia, sino en la verdad objetiva compartida. El apóstol Pablo nos recuerda que somos “un solo cuerpo” con muchos miembros, cada uno con dones únicos, pero unidos por un solo Espíritu. La verdadera unidad bíblica no borra la diferencia; la ordena correctamente bajo la autoridad de la Palabra de Dios.
Las opiniones diversas, cuando están fundamentadas en la verdad, la justicia y la enseñanza bíblica, no producen división. Afilan, refinan y fortalecen a la Iglesia. Como enseña Proverbios: “el hierro con hierro se aguza”. El desacuerdo fiel, anclado en la Escritura y marcado por la humildad, puede profundizar nuestra comprensión y expandir nuestro testimonio.
Pero hay otro tipo de “diversidad” ganando terreno. Esta pseudo-diversidad tiene sus raíces en ideales culturales cambiantes, emociones manipuladas e interpretaciones desvinculadas de la Escritura. Esto no es diversidad como Dios la diseñó. Es engaño disfrazado de virtud.
Cuando se introducen principios no bíblicos bajo la bandera de la inclusión o el progreso, no unifican a la Iglesia; diluyen su testimonio. Cuando la verdad se ve comprometida para dar cabida a cada perspectiva humana, la Iglesia deja de ser una luz y, en su lugar, refleja la confusión de la cultura que la rodea.
Esta tensión no es nueva. La Iglesia primitiva enfrentó diferencias profundas: culturales, étnicas y teológicas. Sin embargo, el libro de los Hechos revela algo poderoso: no resolvieron estas tensiones abandonando la verdad, sino sometiéndose a ella. Ya fuera navegando disputas sobre la inclusión de los gentiles o desacuerdos internos entre creyentes, los apóstoles regresaron consistentemente a la autoridad de Dios y a la guía del Espíritu Santo.
Su unidad no fue la ausencia de conflicto; fue el resultado de una convicción compartida.
Hoy, la Iglesia debe recuperar ese mismo fundamento. En cada esfera de nuestro testimonio cristiano, ya sea en el ministerio, la vida familiar, el lugar de trabajo, la educación e incluso la política, nuestro compromiso con la verdad debe permanecer inquebrantable. Las diferencias de enfoque o perspectiva no pueden darse a costa de la integridad bíblica.
Debemos tener cuidado de no bautizar cada idea con el lenguaje de la diversidad. No todos los puntos de vista merecen el mismo estatus dentro de la Iglesia. El estándar no es la relevancia cultural o el atractivo emocional; es la fidelidad a la Palabra de Dios.
Al mismo tiempo, debemos protegernos contra una uniformidad rígida que no deja espacio para la expresión o el crecimiento guiado por el Espíritu. La meta no es la igualdad, sino la sumisión: a Cristo, a las Escrituras y los unos a los otros en amor.
La Iglesia no necesita menos diversidad; necesita el tipo correcto de diversidad. El tipo que fluye de un compromiso compartido con la verdad. El tipo que fortalece en lugar de fragmentar. El tipo que refleja la unidad por la que Jesús oró en Juan 17: “para que todos sean uno... para que el mundo crea”.
Si nuestra diversidad nos aleja de esa oración, no es un regalo; es una advertencia.
El camino a seguir no es complicado, aunque es costoso: debemos aferrarnos a la verdad, buscar la unidad y rechazar las formas falsas de diversidad que amenazan con dividir lo que Cristo ya ha hecho uno.
Solo entonces la Iglesia se mantendrá como un testimonio fiel, unificada no por el compromiso, sino por la convicción.
Autor: Roberto Albino es Coordinador de Alcance y Compromiso Latino de la Red de Embajadores de la Iglesia para el Instituto Familiar de Pennsylvania. También se desempeña como Pastor Asistente en la Asamblea de Dios Central en Bethlehem.





