
Hola, mi nombre es Josué. Soy miembro de la Misión Carismática Internacional (MCI), sede principal, a la que por estos días muchos llaman “la iglesia de Abelardo de la Espriella”. Esta columna es mi espacio de confesión sobre la realidad profunda de esa congregación, contada desde adentro.
Cuando llegas nuevo a la iglesia te invitan a un “encuentro”. Antes hay sesiones preparatorias, presenciales o virtuales, en las que distintos líderes explican por qué vale la pena ir. Se te asigna un guía que ora por ti en secreto y te contacta para animarte a no desistir. El encuentro tiene un costo, pero en algunos ministerios los líderes venden lechona, postres, bingos y otras cosas para ayudar a pagar parte de la inscripción o toda.
Luego llega el gran día, que puede durar hasta dos jornadas. Hay charlas sobre identidad, sanidad interior, liberación, sexualidad, la cruz, el Espíritu Santo y la visión de la iglesia. Cada día incluye desayuno y almuerzo, y hay café, aromática y refrigerios. Se hacen las famosas ministraciones, momentos en los que las personas pasan al frente y se ora por ellas. Al terminar, los familiares y amigos de los encuentristas se reúnen en una fiesta para darles la bienvenida a una nueva vida, con cartas, dulces y detalles. Nadie es llevado a un encuentro a punta de revólver, ni obligado a quedarse.
Después estudias un libro llamado “Universidad de la Vida”, con unos sesenta estudios de vida cristiana para quienes están empezando, y asistes a los post-encuentros que te acompañan en el proceso. Luego te ubican en una célula, una reunión semanal en una casa para estudiar la Palabra de Dios. Tu guía, o tu nuevo líder, te acompaña en la lucha por dejar la vida pasada, y si tú lo decides, más adelante puedes capacitarte como líder y repetir el ciclo con otras personas. Eso sí, la motivación para que lideres es insistente, porque ese es técnicamente el enfoque de la iglesia. No se podría esperar otra cosa.
Sábado, 3:40 p. m. Llegas a la estación Centro Administrativo Distrital (CAD) de TransMilenio, cruzas el puente y aparece el gran auditorio. Te encuentras con tus amigos, atraviesan la fila de voluntarios con chalecos azules y negros que te dan la bienvenida, buscan su puesto y empieza la alabanza: entre treinta y cuarenta minutos de música, con una superproducción técnica. Luego sube un predicador con un mensaje para jóvenes, de otros cuarenta minutos, se cierra con una oración y pasamos a la ofrenda. Aquí la predicación sobre la ofrenda es más extensa que en otras iglesias y están los temidos datáfonos. Hay gente que se indigna porque sea un medio para recibir ofrendas, pero a mí no me parece escandaloso: hoy muchas personas no cargan efectivo y simplemente usan su tarjeta. Y si quieren indignarse más, ya proyectamos un código QR para ofrendar por Bre-B.
Sana no es la doctrina que me gusta ni la que mi iglesia dice tener. Es la que coincide con lo que enseñaron los apóstoles
Para quienes conocen la iglesia a fondo, el sábado apenas empieza. Sales con tus amigos por el callejón repleto de personas que entran a la siguiente reunión, saludas a los conocidos y, con un plan sencillo, llegas hasta la esquina del edificio de capacitación Destino a comerte un aborrajado (una especie de tortilla repleta de queso y bocadillo), una papa rellena o una empanada. Las tres cosas, extremadamente deliciosas, si algún día van no olviden probar el ají, es mi favorito. En esa esquina, donde hay una escultura de una mariposa, eres iglesia. Puedes hablar con tus amigos un rato o durante horas, y si se alarga y no hay dinero para ir a otro lugar, pueden entrar al edificio de capacitación y quedarse ahí sin problema, una vez nos quedamos hasta la 1 de la mañana con mis consiervos comiendo pizza. Otros se van al café RUAH, toman tinto en las chazas o hacen otros planes. Esto es lo que somos.
Ahora, mucho es lo que nos juzgan ¿Un gran imperio económico? ¿Una secta? Somos una iglesia. La iglesia no son los edificios, y tampoco se reduce a nuestros errores ni a nuestros aciertos: la iglesia somos nosotros, miles de personas que construimos comunidad en torno al nombre de Jesús y bajo el poder del Espíritu Santo. Con ciertas estrategias, o “visión”, reproducimos lo que creemos, porque estamos seguros de que el mundo lo necesita. Aquí hay familias, amigos y experiencias.
Y sobre la doctrina, conviene ser preciso, porque “sana doctrina” no es una etiqueta que cada iglesia se pone sola. Es una expresión de las cartas pastorales de Pablo: enseñanza “sana” en el sentido de saludable (1 Timoteo 1:10; 2 Timoteo 4:3; Tito 1:9; 2:1). Y tiene un criterio externo: la fe “que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3), el depósito apostólico que Timoteo debía guardar (2 Timoteo 1:13-14). Sana no es la doctrina que me gusta ni la que mi iglesia dice tener. Es la que coincide con lo que enseñaron los apóstoles, y eso se puede comprobar, como hicieron los de Berea, que examinaban cada día las Escrituras para ver si las cosas eran así (Hechos 17:11).
Para ordenar ese examen, el teólogo bautista Albert Mohler propuso hace años lo que llamó “triage teológico”: así como en urgencias se atiende primero lo más grave, hay doctrinas de primer orden, de las que depende el evangelio mismo (la Trinidad, la deidad y humanidad de Cristo, su muerte expiatoria y resurrección, la salvación por gracia mediante la fe, la autoridad suficiente de la Escritura); doctrinas de segundo orden, como el bautismo o el gobierno de la iglesia, que separan congregaciones pero no hermanos; y de tercer orden, donde se puede discrepar sin romper comunión. Esa jerarquía no es invento mío ni de mi iglesia. Coincide con lo que confiesan el Credo Apostólico y el Niceno-Constantinopolitano, con la definición de Calcedonia sobre las dos naturalezas de Cristo y con las solas de la Reforma. La MCI cree en ello. En lo demás, la sana doctrina no pide uniformidad: lo que el apóstol manda es unidad en lo esencial, y como decía Meldenius, libertad en lo no esencial y caridad en todo.
¿Dónde está entonces la discusión real? En cuatro asuntos, y prefiero nombrarlos.
Los dones del Espíritu. Creer que continúan hoy es una discusión entre evangélicos, no una herejía. Pablo ordena procurar los dones espirituales (1 Corintios 14:1) y, a la vez, examinarlo todo y retener lo bueno (1 Tesalonicenses 5:19-21). Teólogos reformados serios como Wayne Grudem, Sam Storms y John Piper sostienen que los dones siguen vigentes. Se puede discrepar de ellos, pero no expulsarlos del cristianismo.
La liberación. El Nuevo Testamento habla de la guerra espiritual (Efesios 6:12; Marcos 16:17). La pregunta honesta no es si la Biblia habla de demonios, sino cómo se practica el ministerio, y ahí la vara de medir es la Escritura y no la experiencia. Donde la práctica se aparte de ella, hay que corregirla.
No significa que el creyente deba dejar sus convicciones en la puerta para votar, postularse o legislar
La autoridad y el discipulado. Hacer discípulos es mandato de Jesús (Mateo 28:19-20), la multiplicación de líderes tiene base en 2 Timoteo 2:2, y delegar autoridad aparece desde Jetro y Moisés (Éxodo 18) hasta Hechos 6. Pero el mismo Nuevo Testamento pone el límite: los pastores no deben enseñorearse de la grey (1 Pedro 5:3), y Jesús dijo de los líderes que dominan: “no será así entre vosotros” (Marcos 10:42-43). Por eso los testimonios de abuso espiritual no se desechan, se miden con esa regla.
La ofrenda. Dar es enseñanza bíblica, pero “no con tristeza ni por necesidad” (2 Corintios 9:7). La línea roja es la teología de la prosperidad, que condiciona el favor de Dios al dinero. Personalmente me aparto de ella, pero no objeto ni el diezmo (como principio, no ley) ni la ofrenda. Para el sostenimiento de la obra, del cual darán cuenta a Dios nuestras autoridades.
Esa es mi respuesta final: no me pidan que crean que la MCI es infalible. Pídanme que muestre qué cree y que lo comparemos con la Escritura. Eso es sola Scriptura, y es también lo que significa semper reformanda.
En días recientes regresaron los ataques contra nuestra iglesia por el ejercicio político de la senadora Sara Castellanos, la representante Carol Borda y la gerente presidencial para Bogotá, Clara Sandoval. Han hecho un buen trabajo en la defensa de nuestros principios, y por eso buscan atacarlas. Vuelven las mismas narrativas: que somos una secta y que somos la iglesia de Abelardo. Las respondo en orden.

¿Secta? La sociología de la religión usa esa palabra como categoría técnica. Desde Max Weber y Ernst Troeltsch, la secta es una asociación voluntaria de creyentes que se separa de su entorno, mientras que la iglesia es una institución abierta que acoge a todos y convive con la sociedad. Una congregación de miles de personas, con cultos a los que cualquiera puede llegar desde una estación de TransMilenio, y cuyos miembros estudian, trabajan y votan como cualquier otro ciudadano, se parece poco a ese aislamiento. Cuando la literatura habla de sectas destructivas describe control coercitivo: ruptura con la familia, control de la información y de la vida privada, imposibilidad de salir. Robert Jay Lifton, en su estudio sobre la reforma del pensamiento, propuso ocho criterios del totalismo para reconocer esos casos. En el encuentro ocurre lo contrario a la ruptura familiar: son los familiares y amigos quienes organizan la bienvenida. Y los testimonios de abuso, si se comprueban, son un asunto de ética y de ley que debe responder cada persona involucrada. Si bastaran para clasificar a una comunidad como secta, habría que aplicar el mismo rasero a todas las confesiones que han tenido escándalos, incluidas las que hoy nadie pone en duda. Acusar de secta exige argumentar con criterios, no con adjetivos.
Presentar a miles de personas como un solo voto, bajo el nombre de un candidato, es tratarlas como rebaño
¿La iglesia de Abelardo? Esta etiqueta sostiene, en el fondo, que los cristianos sobran en la vida política. La Constitución de 1991 establece un Estado laico, no confesional, y a la vez garantiza la libertad de conciencia (artículo 18), la libertad de religión y de cultos (artículo 19) y el derecho de todo ciudadano a participar en la conformación, el ejercicio y el control del poder político (artículo 40). Laicidad significa que el Estado no adopta una religión oficial. No significa que el creyente deba dejar sus convicciones en la puerta para votar, postularse o legislar, y exigírselo crea ciudadanos de segunda clase. Incluso los teóricos más exigentes con la razón pública lo reconocen.
John Rawls admitió que las doctrinas religiosas pueden entrar al debate político siempre que a su debido tiempo se ofrezcan razones que todos los ciudadanos puedan evaluar. Jürgen Habermas propone que una sociedad post-secular reconozca a los creyentes como interlocutores legítimos, a condición de que traduzcan sus convicciones a razones accesibles para las instituciones. Eso nos exige a los cristianos argumentar en lenguaje público, y es lo que esperamos de nuestros representantes: que defiendan la vida, la familia y las libertades con razones que un ciudadano no creyente pueda examinar y, si quiere, refutar.
La historia apunta en la misma dirección. William Wilberforce, cristiano evangélico, hizo política desde su fe para lograr la abolición del comercio de esclavos en el Imperio británico. En Estados Unidos, el movimiento por los derechos civiles fue liderado por pastores como Martin Luther King Jr. Nadie propone hoy descalificarlos por haber sido creyentes. Y presentar a miles de personas como un solo voto, bajo el nombre de un candidato, es tratarlas como rebaño. Ningún ciudadano pierde su derecho a elegir por asistir a un culto.
Pero sobre la apología a nuestra participación en política e incluso algunas de mis reservas morales sobre ello, ya me he referido anteriormente.
Con todo esto, mi columna quiso confesar cuál es esa iglesia profunda sobre la que recaen comentarios tan injustos, más allá de un nombre o de un hombre. Pertenecemos a una fe que lleva dos mil años resistiendo la persecución, y estaríamos dispuestos a morir por aquello en lo que creemos. Cuando llegué a la MCI, la odiaba. Esa es otra historia. Hoy es mi casa y hay cosas con las que naturalmente no estoy de acuerdo, pero en la gran mayoría sí lo estoy, y por eso aquí sigo y seguiré prestándole mi inútil y poco conocida pluma para defenderla.
Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.





