
“Las mujeres en prisión miran a su alrededor y piensan: ‘¿Cómo llegué a esta situación?’”. La predicadora Wendy Palau cerró con esa reflexión una entrevista en exclusiva para Diario Cristiano Internacional. En el diálogo, la conferencista habló sobre sus expectativas antes de visitar a mujeres privadas de su libertad. Para ella, detrás de esa pregunta hay un anhelo de sanidad que ha encontrado en sus visitas a distintas cárceles.
Junto a su esposo, el evangelista Andrew (Andrés) Palau (hijo del difunto evangelista Luis Palau), Wendy participa en festivales masivos de evangelismo, conferencias para mujeres y movilización de redes de oración en todo el mundo.
Los escenarios cambian, pero Wendy reconoce una búsqueda común. Más allá del país, la condición económica o el nivel de educación y hasta de libertad o privada de ella, considera que las mujeres comparten necesidades profundas: ser respetadas, sentirse amadas, encontrar un propósito y vivir en paz.
“El corazón de una mujer es el mismo en todo el mundo. En lo más profundo de nuestro ser queremos lo mismo: respeto, amor, propósito y paz”, afirmó.
“El corazón de una mujer es el mismo en todo el mundo. En lo más profundo de nuestro ser queremos lo mismo: respeto, amor, propósito y paz” - Wendy Palau
Esa convicción guía sus encuentros con públicos diversos. Durante la entrevista, se le preguntó cómo transita entre actividades tan diferentes con mujeres de contextos muy distintos, en especial cuando visita una prisión o cuando el encuentro es con personas en situación de vulnerabilidad. Su respuesta distinguió las circunstancias de las personas de aquello que buscan para sus vidas.
“Las situaciones sociales y las circunstancias son diferentes, pero los corazones son los mismos”, explicó. “Queremos paz, queremos propósito, queremos marcar una diferencia en el mundo y queremos alegría”.
Desde su fe, la señora Palau encuentra en Jesús una respuesta a esas búsquedas. Por eso, aunque adapta los temas y la manera de abordarlos según las experiencias de quienes la escuchan, sostiene que el centro de su mensaje permanece.
Compartir el dolor para abrir un encuentro
Wendy sabe que entrar a una prisión no garantiza una recepción favorable. "Cada cárcel -señaló-, tiene una cultura, un liderazgo y un ambiente propios". En algunas encuentra mujeres dispuestas a escuchar. En otras, enojo y rechazo a hablar sobre Dios.

“Honestamente, no sé cómo va a ser”, reconoció al referirse al encuentro que tenía por delante en una cárcel para mujeres en la provincia de Córdoba, en Argentina. Experiencia que repetiría una semana después en Sudáfrica. Y que una y otra vez, en cada ciudad de cada país donde el Festival Palau llega, la situación es la misma: predicarle sobre la libertad en Cristo a mujeres que perdieron su libertad por apartarse diamentralmente de él.
Sin embargo, hay una experiencia que, según relató, se repite cuando comparte su propia historia. Hablar de sus pérdidas y de su dolor permite que las mujeres encuentren un punto de identificación.
“Cuando comparto y abro mi corazón, cuando les cuento sobre mis pérdidas y mi dolor, ellas comienzan a identificarse con sus propias pérdidas. Las paredes emocionales comienzan a caer”.
Su expectativa es que esa apertura dé lugar a una decisión de fe. “Mi oración es que hoy haya mujeres que digan: ‘Sí, me comprometo a seguir a Jesús’”, expresó.
También contó que ha conocido a mujeres que interpretan su llegada a la prisión como una circunstancia en la que pueden conocer a Jesús. Al volver sobre la posibilidad de que hubiera sanidad durante la visita, respondió: “Lo creo porque lo he visto una y otra vez”.
Un mensaje que atiende distintas experiencias
Reconocer necesidades compartidas no significa, para Wendy Palau, pasar por alto las diferencias. Con mujeres privadas de su libertad suele hablar más sobre los abusos que han sufrido. Ante mujeres con mayores recursos o formación, dedica más tiempo a abordar cómo Jesús respetó y honró a las mujeres.
También reconoce las preguntas que algunas tienen sobre las estructuras de la Iglesia y sobre el trato que las mujeres han recibido en nombre de Dios.
“Se cuestionan un poco más la manera en que las mujeres han sido tratadas en nombre de Dios. Por eso trato de extenderme un poco más en esos temas”, explicó.
En ese contexto, recordó una reflexión de la noche anterior: “Jesús era el máximo defensor de la mujer”. Aclaró que, al utilizar esa expresión, se refería a una postura de honrar a las mujeres, elevarlas y promover el respeto, la igualdad, la educación y la seguridad.
Para Wendy, el reconocimiento que Jesús dio a las mujeres ocupa un lugar central en su mensaje. “Pero el mensaje de quién es Jesús para ti y para mí, como mujeres, es el mismo”, sostuvo.
Del dolor a la esperanza
La conversación también se detuvo en su experiencia personal y en la posibilidad de dejar de vivir definida por el sufrimiento. Wendy recordó una decisión que tomó mientras atravesaba su duelo:
“Me di cuenta de que no quería pasar el resto de mi vida como una persona rota, quebrantada”.
Describió el dolor como una chaqueta a la que, en ocasiones, las personas se aferran para protegerse. Desde su experiencia de fe, la invitación de Jesús es a entregar esa carga y permitir la sanidad interior.
“Sacátelo. Dámelo. Dejá que te sane desde adentro”, dijo, al expresar esa invitación.
En esa posibilidad de sanar sitúa su esperanza para las mujeres con las que se encuentra, cualquiera sea su contexto. “Hay una libertad que llega cuando permitimos que él nos sane”, afirmó. Una libertad que, según explicó, abre espacio para amar a otros y servir a Dios.
“Cuando comparto y abro mi corazón, cuando les cuento sobre mis pérdidas y mi dolor, ellas comienzan a identificarse con sus propias pérdidas. Las paredes emocionales comienzan a caer” -Wendy Palau
Esa tarde Wendy le habló a un grupo de unas cuarenta reclusas. Con algunas de ellas oró personalmente. Las abrazó. Intentó lavar sus heridas. Empatizó con sus angustias y dolor.
Esos ojos llenos de lágrimas representaron sus tristezas, pero también el milagro de la mirada de Jesús puestas en cada una de esas mujeres. Wendy, su traductora, esta servidora y un equipo de mujeres que llegaron con el fin de abrazar el dolor ajeno y ayudarlas a cobrar esperanza, una esperanza que mira a la Cruz de Jesús y borra todo dolor.
Al volver a la ciudad, no podía dejar de pensar en las palabras de Wendy sobre sus expectativas para esa tarde, lo que Dios obró en esas mujeres y lo que seguirá haciendo en el tiempo.
El pensamiento pasa por el propio camino y en el encuentro trascendental con Dios. Y que eso que a una mujer la mueve a misericordia para recorrer las cárceles, sea el mismo amor de Jesús curando heridas de mujeres privadas de felicidad, de protección, de amor verdadero, de libertad no estando encerradas... mirando a un Señor que es el seguro salvador de quienes aceptan el desafío de honrarlo y seguirlo, cueste lo que cueste.
Autora: Lizzie Sotola es corresponsal en Latinoamérica para Diario Cristiano Internacional. Es licenciada en Periodismo y en Comunicación Social graduada en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, Argentina. Cuenta con una trayectoria de más de 25 años como profesional.
Tiene una vasta experiencia en medios de comunicación, organizaciones educativas y religiosas como también editoriales cristianas. Ha trabajado para Editorial Vida, Sociedad Bíblica Internacional, Alianza Evangélica Latina (AEL) y la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de Argentina (ACIERA).
Además ejerce como periodista freelance para los festivales de la Asociación Luis Palau en Iberoamérica y dirige una agencia de difusión llamada Noti-Prensa.





