Sí existe la ideología de género

Ideología de género y familia
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La ministra Viviane Morales de Colombia se paró frente a un micrófono en días recientes y dijo que al llegar al Ministerio de Educación encontró indicios de que, en algunos colegios, se intentó meter contenidos de género en las aulas sin que los padres se enteraran de nada. Una ministra anunciando una revisión de materiales escolares y antes de que terminara el día, medio país político ya la acusaba de sembrar miedo, de inventar un fantasma, de ideologizar ella misma el debate con un cuento religioso.

Aquí va la primera ironía del texto: los mismos sectores que durante una década construyeron, sentencia tras sentencia con litigio estratégico y CONPES tras CONPES (Consejo Nacional de Política Económica y Social) con sus tecno-progre-cracias, la arquitectura institucional del enfoque de género en la educación colombiana, ahora salen a decir con cara seria que la ideología de género no existe, (JA JA JA). Que es una invención de pastores nerviosos. Que quienes la señalan padecen pánico moral, “pobrecitos”. Quiero ser preciso en la tesis que voy a defender: la ideología de género es una realidad conceptual y práctica, documentada, con genealogía intelectual identificable y con huella jurídica verificable en Colombia. Negarla es, en el mejor de los casos, ingenuidad. En el peor, cinismo.

La ideología de género tiene nombre propio en el debate académico desde que el Consejo Pontificio para la Familia la definió en 2003: un sistema que sostiene que la persona nace sexualmente neutra y que la masculinidad o la feminidad son enteramente construcciones socioculturales, desligadas de la base biológica.

El término "género" en sentido técnico, por cierto, no nació en ningún congreso feminista. Nació en 1955, en la clínica de John Money, en Johns Hopkins, cuando este psicólogo acuñó la noción de "rol de género" trabajando con pacientes intersexuales. Money llegó más lejos: sostuvo que la identidad sexual era neutra al nacer y moldeable por condicionamiento. Para probarlo, recomendó castrar quirúrgicamente al pequeño Bruce Reimer tras una circuncisión fallida, criarlo como niña y administrarle estrógenos, mientras su hermano gemelo servía de grupo de control masculino. Money publicó el caso como un éxito rotundo en 1972. La realidad fue otra: disforia severa, rechazo del rol femenino impuesto, retorno a la identidad masculina en la adolescencia, y dos suicidios, el de Brian en 2002 y el de David —el propio Bruce— en 2004. Ese es el origen empírico, no metafórico, de la tesis de la neutralidad psíquica del sexo. Ahí nació la idea que hoy se enseña como si fuera ciencia, cuando es basura.

De ahí en adelante la genealogía es rápida de trazar: Robert Stoller separando formalmente sexo y género en 1968, Simone de Beauvoir sosteniendo en 1949 que la feminidad es un destino cultural y no biológico, y Judith Butler cerrando el círculo en 1990 con la teoría de la performatividad, según la cual el género no expresa una esencia sino que se produce mediante la repetición de actos corporales regulados. No es una teoría marginal y conspiranoica inventada por los “estúpidos e ignorantes” cristianos. Es la que hoy, traducida a lenguaje pedagógico y aterrizada en cartillas, currículos y manuales de convivencia, entra a la escuela pública colombiana bajo el nombre más presentable de "enfoque de género".

¿Y cómo entra? Aquí es donde la tesis se vuelve política, porque hay una pregunta que los negacionistas del fenómeno nunca responden: si esto fuera simplemente un avance del conocimiento humano, ¿por qué necesita imponerse por vía legal en lugar de convencer por debate abierto? Gramsci lo explicó hace un siglo: el poder no siempre gobierna por la fuerza, gobierna ocupando las trincheras de la sociedad civil —la escuela, los medios, la cultura— hasta que su relato se vuelve sentido común. Althusser lo llamó aparato ideológico de Estado. Rudi Dutschke lo resumió en una frase que se volvió consigna: la larga marcha a través de las instituciones. En Colombia esa marcha tiene fechas, sentencias y números.

Si esto fuera simplemente un avance del conocimiento humano, ¿por qué necesita imponerse por vía legal en lugar de convencer por debate abierto? ¿Conspiración? No lo creo.

La Sentencia T-478 de 2015, derivada del caso de Sergio Urrego, ordenó a Educación revisar todos los manuales de convivencia del país. De ahí salieron las cartillas de 2016, en convenio con UNFPA (la agencia de las Naciones Unidas para la salud sexual y reproductiva), que detonaron una movilización nacional, a propósito, liderada por la actual ministra de educación.

La Sentencia T-192 de 2020 obligó a flexibilizar uniformes según identidad de género percibida. Y el documento CONPES 4147, vigente hasta 2035, comprometió más de 259.000 millones de pesos articulados entre 52 entidades y 16 ministerios, con un objetivo explícito: intervenir los imaginarios culturales sobre familia. El Plan Nacional de Desarrollo 2022-2026, en su artículo 56, transversalizó el enfoque de género en toda la administración pública. Esto último, como la herencia del gobierno de un drogadicto con preferencias sexuales enfermizas.

En Colombia le decimos "mico" a la norma que se cuela escondida dentro de una ley más grande, sin que nadie la vea venir hasta que ya es letra vigente. Pues bien: aquí no hubo mico, hubo autopista de cuatro carriles, con peajes pagados por todos los contribuyentes, construida durante años a la luz del día, mientras buena parte de los padres de familia —cristianos incluidos— seguía creyendo que esto era un debate de universidad y no una política de Estado con presupuesto asignado.

Y la ciencia, mientras tanto, no se quedó callada, aunque casi nadie la cite en los colegios. El sexo se define genéticamente en el instante de la concepción, y ni la cirugía ni la hormonización alteran el genotipo celular: sigue siendo XY o XX en cada una de las billones de células del cuerpo.

Ningún cuerpo negocia con la autopercepción a la hora de procesar un medicamento.

La farmacología clínica lo confirma: en 2013 la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. (FDA) ordenó reducir a la mitad la dosis del hipnótico Zolpidem en mujeres, de 10 a 5 miligramos, porque el sexo femenino lo metaboliza más lento y la dosis estándar dejaba niveles tóxicos en sangre a la mañana siguiente. Ningún cuerpo negocia con la autopercepción a la hora de procesar un medicamento. Y sobre la disforia infantil, que es donde más daño se hace en nombre de la compasión: entre el 60% y el 90% de los niños con disforia la superan espontáneamente al llegar a la adolescencia, según el metanálisis de James Cantor; el seguimiento de cuatro décadas del doctor Kenneth Zucker sitúa la desistencia entre el 80% y el 95%. El propio Johns Hopkins, bajo la dirección del psiquiatra Paul McHugh, cerró su programa de cirugía de reasignación en 1979 al constatar que los pacientes seguían arrastrando los mismos problemas de adaptación después de la operación: mismo desempleo, misma inestabilidad emocional, mismo aislamiento social, solo que ahora con una cirugía costosa e irreversible encima. Esto es historia clínica, publicada, revisada por pares, incómoda para casi todo el mundo por igual.

Y aquí conviene ser justos, porque la columna pierde fuerza si finge que la ciencia solo habla en un sentido: nadie serio niega que existan personas que atraviesan un sufrimiento real y profundo respecto a su identidad, ni que ese sufrimiento merezca acompañamiento clínico y espiritual genuino. El desacuerdo de fondo no es sobre si el dolor existe. Es sobre qué tratamiento lo resuelve de verdad: si acelerar una transición social y hormonal en la niñez, contra la evidencia de desistencia espontánea en la pubertad, o si acompañar con paciencia clínica y mentoría espiritual y emocional, un proceso que, en el 80% o el 90% de los casos, termina reconciliándose solo.

Esa es la pregunta que la ideología de género, como sistema, se niega a dejar abierta. Y aquí invocare toda la polémica para quienes no logren entender la profundidad de esta afirmación, nos hacen falta gays, lesbianas, trans y demás en las iglesias. Y si, alguien diría es al contrario a esa gente le falta la iglesia, bueno sostengo mi afirmación inicial diciendo que la iglesia no está preparada para recibirlos tristemente. Ellos necesitan a Dios como cualquier otro pero con un énfasis en un asunto de carácter sexual, sin embargo aun nos da miedo que lleguen, que “contaminen” y no sabemos como actuar. El discipulado sexual es un concepto real en el que debemos profundizar seriamente como iglesia. Estoy seguro de que Jesús se sentaría como homosexuales, ¿Por qué no su iglesia? Claro en este momento nos vemos en un debate con ellos, pero fuera de esto somos iglesia, que no se nos olvide por las lenguas venenosas de algunos referentes de la batalla cultural que omiten la preminencia de la gran comisión. Jesús ama a los homosexuales.

Retornando, hablémosles con franqueza a los sectores que salieron esta semana a decir que Viviane Morales inventó un problema. No lo inventó. Ustedes lo legislaron, lo sentenciaron, lo presupuestaron y ahora, cuando alguien lo nombra en voz alta, lo llaman pánico moral. La izquierda sufre de amnesia selectiva. Si quieren discutir la conveniencia pedagógica del enfoque de género, discutámosla con datos, con la evidencia clínica sobre desistencia, con el costo real de intervenir la identidad de un niño antes de que su cerebro termine de desarrollarse. Lo que no pueden pedirnos es que finjamos que el edificio no existe mientras siguen subiendo pisos.

Ahora bien —y esto va dirigido a los hermanos en la fe, con el mismo respeto y la misma urgencia—, cuidado con el otro error, el que nos acecha por el lado contrario. Que una ministra cristiana llegue al Ministerio de Educación no es la victoria final. Es apenas una ventana que se abrió, y las ventanas se cierran. Un gobierno no nos va a salvar. Ningún gobierno lo ha hecho nunca, ni lo hará. La confianza depositada en un cargo público, por más afín que nos parezca, es una forma sutil de idolatría política, y la iglesia colombiana tiene memoria corta para estas cosas.

La confianza depositada en un cargo público, por más afín que nos parezca, es una forma sutil de idolatría política.

Rodeemos a Viviane Morales con oración, sí, porque va a necesitarla; el desgaste que le espera no es menor, y ya empezó: apenas anunció la revisión de materiales, los mismos que niegan que exista el problema salieron a pedir su cabeza. Pero la oración sin acción es un tamal sin carne. Hace falta formación —leer, entender la genealogía del debate, saber responder con argumentos y no solo con indignación, pero también hace falta presencia: en las juntas de padres de familia, en los concejos municipales, en los medios, en la conversación de café donde se decide, sin que nadie lo note, qué termina siendo sentido común en un barrio.

Si dentro de cuatro años seguimos siendo los mismos cristianos confiados, que celebraron una elección y se fueron a dormir la siesta espiritual convencidos de que ya se ganó la guerra, la izquierda va a volver al poder. No hace falta ni conspiración ni fraude para que eso pase. Basta con la ausencia del otro lado, que es como casi siempre se pierden —y se ganan— las causas que de verdad importan.

Porque esta batalla es cultural antes que política. Las leyes cambian de un gobierno a otro; los imaginarios que forman a un país tardan generaciones en moverse, y ya llevamos una generación entera educada bajo este paradigma. Pero por encima de lo cultural, es espiritual, y ahí es donde algunos discursos cristianos se quedan cortos, reduciendo todo a activismo sin raíz teológica.

Efesios 6:12 no habla en metáfora cuando dice que la lucha no es contra sangre ni carne, sino contra potestades que gobiernan las tinieblas de este siglo; y Génesis 1:27, "varón y mujer los creó", es la primera línea de antropología que la Escritura se molesta en fijar, antes incluso de hablar de pecado. Si esa base se mueve, todo lo demás —familia, paternidad, autoridad, identidad— se mueve con ella. Y el libro de Jueces ya nos advirtió cómo termina esto cuando una generación no le enseña a la siguiente lo que Dios hizo: "se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová" (Jueces 2:10). Por el silencio de los padres.

La pregunta no es solamente qué está pasando en los colegios. La pregunta es qué estábamos haciendo nosotros mientras tanto.

Vale la pena detenerse en ese texto de Jueces un momento más, porque casi siempre lo citamos mal, como advertencia genérica, sin mirar de cerca qué falló exactamente. El versículo no dice que la generación anterior fuera perseguida, ni que le faltaran templos, ni sinagogas, ni libertad de culto. Dice que no conocía a Jehová, y el verbo hebreo detrás implica una relación experimentada, no solo información recibida. Israel tuvo la ley escrita, tuvo el testimonio de Josué, tuvo hasta los milagros recientes en la memoria colectiva; lo que no tuvo fue transmisión viva de padres a hijos. Ese es exactamente el riesgo que corre la iglesia colombiana hoy con este tema: tener la doctrina correcta archivada en algún sermón de hace tres domingos, y no tener ni idea de cómo se llama la política pública que está formando a nuestros propios hijos en el colegio.

Así que volvamos a donde empezó esta columna, con esos padres de familia que Viviane Morales dijo que no sabían lo que se les enseñaba a sus hijos. Esa frase, dicha casi de pasada en una rueda de prensa, es en realidad el diagnóstico más serio que se ha hecho en años sobre la iglesia colombiana.

Porque la pregunta no es solamente qué está pasando en los colegios. La pregunta es qué estábamos haciendo nosotros mientras tanto. ¿Batalla cultural? Si, pero no todos. Que los cristianos voten por un candidato conservador no significa que hayan entendió la profundidad de este tema, ¿Listo para que su próximo culto de jóvenes sea una discusión lo suficientemente académica sobre ideología de genero?


Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.

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