
Cuando me convertí al cristianismo en la década del 90, dos libros me marcaron de una manera que todavía impacta. El primero fue La agonía del gran planeta Tierra, de Hal Lindsey, publicado en 1970. El segundo, Aviso de tormenta, de Billy Graham, que salió en 1992. Los leí con esa mezcla de asombro y urgencia que uno siente cuando acaba de descubrir que la Biblia no es un libro de cuentos antiguos, sino un mapa de lo que está pasando ahora mismo.
Lindsey escribía con una claridad que no necesitaba adornos. Señaló terremotos cada vez más frecuentes, hambrunas que se multiplican, guerras y rumores de guerras, y una sociedad que se desmorona moralmente.
Todo eso ya estaba en Mateo 24 y en Apocalipsis, pero él lo puso en el lenguaje de los diarios. En cierto momento del libro recuerda que “habrá más del doble de la población actual del mundo dentro de treinta años” y advierte sobre el riesgo de “hambre por todas partes”. Graham, años después, miró los mismos textos y los conectó con las crisis de su tiempo. En Aviso de tormenta escribe: “Hay avisos de tormentas por todas partes y nubes negras formándose en el horizonte”. Los dos coincidían en algo simple y contundente: estas no son casualidades. Son señales.
Hoy, más de cincuenta años después del libro de Lindsey y más de treinta del de Graham, las señales no se han apagado. Al contrario. Los terremotos siguen sumando cifras. Cada temporada aparece uno más fuerte, más destructivo, en lugares donde antes no se esperaban. Las hambrunas no desaparecieron con la tecnología. Hay regiones enteras donde la gente no tiene qué comer mientras en otras sobra comida que se tira. Y ahora aparece algo que ni Lindsey ni Graham podían imaginar con exactitud: la inteligencia artificial.
La inteligencia artificial avanza a una velocidad que asusta. Sistemas que deciden, que vigilan, que predicen, que pueden controlar información a escala planetaria. Algunos hablan de un futuro de eficiencia y comodidad. Otros, más atentos a las Escrituras, recuerdan las advertencias sobre un poder centralizado, sobre un control que se impone sin que casi nadie lo note. Apocalipsis habla de una marca, de un sistema económico y social que exige lealtad. No digo que la IA sea esa marca. Digo que prepara el terreno de una manera que impacta.
Los cristianos lamentamos mucho lo que está pasando. Duele ver el sufrimiento, las familias rotas, los niños que pasan hambre, las ciudades que se sacuden, la confusión moral que se presenta como progreso.
Duele porque no somos indiferentes. Sentimos el peso de un mundo que se está quebrando. Pero al mismo tiempo sabemos que estas son señales. Jesús mismo lo dijo: cuando vean todas estas cosas, levanten la cabeza, porque se acerca la redención.
Graham lo recuerda al citar las palabras de Mateo: “Habrá hambres y terremotos por todas partes”. Lindsey, por su parte, insistía en que estos fenómenos formaban parte del “principio de dolores”.
Con estos argumentos no se trata de sentarse a esperar el fin con los brazos cruzados. Se trata de vivir despierto. De no dejarse arrastrar por el miedo ni por la indiferencia. Lindsey y Graham, cada uno a su manera, invitaban a mirar los acontecimientos con los ojos de la Escritura y a responder con fe y con acción. Hoy esa invitación sigue vigente. Los terremotos no paran. Las hambrunas no cesan. La tecnología avanza sin freno ético claro. Las guerras y los rumores de guerras no se callan.
Todo esto recuerda que el reloj no se detuvo. Que la historia tiene un destino. Que lo que parece caos tiene un sentido dentro del plan de Dios. Los que leímos esos libros en los noventa y los que los descubren ahora enfrentamos la misma pregunta: ¿vamos a vivir como si nada estuviera pasando, o vamos a vivir como gente que sabe que el Señor está cerca?
La agonía del gran planeta Tierra no era solo un título llamativo. Era una descripción. Aviso de tormenta tampoco era metáfora vacía. Era una advertencia. Y las señales siguen delante de nuestros ojos. Lamentamos. Sí. Pero también esperamos. Porque el mismo Jesús que anunció las tribulaciones anunció también su regreso. Y esa certeza cambia la manera de mirar cada noticia, cada temblor, cada avance tecnológico que promete control total.
Seguimos acá, en medio de todo esto, no para negarlo ni para asustarnos, sino para recordar que las señales no son el final de la historia. Son el anuncio de que la historia tiene dueño.





