
Hace unas semanas, Janeth, una líder de iglesia me dejó una pregunta a la que llevo dándole vueltas desde entonces. Mujer aguerrida y con un instinto social envidiable, su pregunta me llevó a otra pregunta: “¿Qué estamos dejando que se instale en la cabeza de nuestros hijos?”
La pregunta fue una alarma. Y tiene razón. El debate ya no gira en torno a si los niños y adolescentes verán contenido audiovisual. Gira en torno a qué tipo de relatos terminarán moldeando su imaginación.
Días después, en otra conversación, hablé con una persona muy especial y de alta confianza sobre mi propia batalla en casa. Con mi hija Lucy. Le confesé el esfuerzo que supone mantenerla alejada de las pantallas. Funciona, pero requiere disciplina constante. Cuando Lucy está conmigo, hace mil cosas: juega, dibuja, inventa y se aburre. Ver televisión o jugar en un teléfono no entra en su rutina.
El filósofo y analista cultural Pablo Muñoz Iturrieta documenta en su libro Apaga el celular y enciende tu cerebro cómo la exposición digital temprana altera la poda sináptica, interfiere con los circuitos de la autorregulación y debilita el apego seguro. En términos prácticos, le restamos al niño la oportunidad de aprender a sostener la atención, a gestionar su propio temperamento y a habitar el mundo sin que un algoritmo le dicte el ritmo.
Entregar una tableta a un niño pequeño por comodidad o cansancio sabotea el diseño original de la infancia. Llamarlo diabólico puede parecer dramático, pero en el sentido bíblico de lo que desordena la obra del Creador, el término encaja perfecto.
Entregar una tableta a un niño pequeño por comodidad o cansancio sabotea el diseño original de la infancia.
La iglesia ha navegado este terreno entre dos extremos estériles. Hubo quienes exigieron incendiar el televisor. Hoy otros intentan blindar a los jóvenes en una burbuja de aislamiento cultural. Ninguna postura sostiene el peso de la realidad.
La Escritura pide criterio. La psicología del desarrollo entrega el mapa. La Academia Americana de Pediatría recomienda evitar pantallas antes de los 18 meses, limitar a una hora diaria de contenido de alta calidad entre los 2 y 5 años, y establecer límites claros a partir de los 6 que no interrumpan el sueño, la actividad física ni la interacción familiar. Jean Piaget nos recuerda que entre los 6 y 12 años el niño transita del pensamiento concreto al lógico; en esta etapa, historias con conflictos bien delineados, consecuencias coherentes y resolución moral estructurada son pedagógicamente útiles. Erikson señala que la adolescencia es el laboratorio de la identidad frente a la confusión de roles.
El joven necesita narrativas que exploren la ambigüedad moral, la duda, la lealtad traicionada o restaurada, la búsqueda de vocación y el peso de las decisiones irreversibles.
En otra charla, con esa misma persona de confianza, el tema derivó hacia Superman. Parecía un desvío, pero el ejemplo ilustra perfectamente cómo opera la integración cultural. A Superman lo crearon dos hijos de inmigrantes judíos durante la Gran Depresión. Le dieron un origen que muchos vinculan con la idea de “voz de Dios” en hebreo. Lo enviaron a la Tierra como símbolo de esperanza, lo criaron con ética de trabajo humilde y lo enfrentaron al dilema central del poder: servirse a sí mismo o servir a los demás. No pretende ser cristiano. Funciona porque su arquitectura narrativa respira los valores que la fe reconoce. Luz contra oscuridad. Sacrificio por el vulnerable. Integridad frente a la popularidad.
C.S. Lewis y Tolkien lograron lo mismo con Narnia y la Tierra Media. La cosmovisión cristiana no necesita una etiqueta en la portada. Gana terreno cuando se teje en los cimientos de la historia. Francis Schaeffer lo dejó claro: toda verdad pertenece a Dios, y el arte maduro refleja la condición humana con honestidad, no con panfletos.
El joven necesita narrativas que exploren la ambigüedad moral, la duda, la lealtad traicionada o restaurada, la búsqueda de vocación y el peso de las decisiones irreversibles.
El cine confesional tropieza con frecuencia en la misma piedra. El director y analista Jaime Valenzuela ha señalado con acierto la esterilidad de gran parte de la producción actual. La fórmula se repite: personaje hundido, conversión inmediata, desenlace sin cicatrices. Falta espacio para el miedo paralizante, para el duelo que no se resuelve en un suspiro, para la duda que se arrastra. El resultado son productos genéricos que subestiman la inteligencia del espectador y trivializan el proceso de maduración espiritual. Lo irónico es que muchas producciones seculares invierten más en complejidad psicológica y coherencia dramática.
A los cineastas, productores y artistas del ámbito cristiano les digo esto sin filtro: el modelo del viaje del héroe de Joseph Campbell me fue presentado en un taller de escritura creativa hace años, y es seguro que ofrece un esqueleto narrativo útil, pero la profundidad no vive en la estructura. Vive en el pulso de los personajes. El arte nace de la inspiración y del oficio, no de la repetición de plantillas ni del cumplimiento de cuotas teológicas.
Una historia se vuelve creíble cuando sus protagonistas respiran, se equivocan, sangran y demuestran, sin sermones, que el amor tiene peso real. La técnica sin alma funciona como publicidad. La inspiración sin estructura se queda en afición. Ambas deben subordinarse a la verdad.
Una historia se vuelve creíble cuando sus protagonistas respiran, se equivocan, sangran y demuestran, sin sermones, que el amor tiene peso real.
Tampoco podemos mirar de reojo la narrativa cultural dominante. Esa corriente que reduce a las personas a categorías de poder, niega la ordenación creada y sustituye la verdad por la validación emocional, exige una respuesta firme. La indiferencia o el aislamiento no funcionan.
La alternativa es una cultura integral. No un gueto confesional defensivo. Una cultura que abrace la totalidad de la realidad bajo el señorío de Cristo. Ciencia, ética, política, narrativa. Una cultura que asume la complejidad porque confía en que el Logos sostiene el orden de las cosas. Que discierne por convicción, no por miedo. Que exige excelencia porque la gracia no se conforma con lo mediocre.
La decisión sobre qué consumen nuestros hijos requiere presencia activa. Aquí van orientaciones concretas:
1. Co-visión intencional: Ver juntos abre espacio para la conversación. Preguntar por lo que sintieron, identificar dónde se distorsiona el mensaje y dónde aparece la gracia, entrena el criterio.
2. Alfabetización mediática temprana: Enseñar a leer subtextos, detectar manipulación emocional y distinguir entre entretenimiento y adoctrinamiento.
3. Curación con discernimiento: Seleccionar contenido que desafíe y eleve, incluso si proviene de creadores no creyentes. La verdad no pierde valor por el mensajero.
4. Modelar el consumo en casa: No podemos exigir límites si nuestras propias pantallas dictan nuestro tiempo. La disciplina nace del ejemplo.
5. Apostar por la excelencia narrativa: Fomentar historias que respeten la inteligencia del niño o adolescente, que muestren el mal sin glamorizarlo y la redención sin simplificarla.
6. Incentivar la creación propia: Escribir, grabar, componer. La cultura se siembra, no se traga.
Sobre el último punto, mi hermana estudia producción audiovisual. Supongo que no está demás dejar constancia escrita en esta columna de que sueño algún día combinar mi don de crear historias con el suyo de representarlas. Hacer una película… con el talento de más cristianos llamados a la esfera del arte.
La pantalla funciona como espejo. Refleja lo que permitimos que ocupe el tiempo y la imaginación. La iglesia necesita menos censores y más artesanos de la narrativa. Menos pánico y más oficio. El desafío consiste en formar personas que lean el mundo con los ojos abiertos, que consuman con criterio y que, llegado el momento, produzcan relatos tan honestos que lleven el aroma de Cristo sin necesidad de anunciarlo a gritos.
El dispositivo se apaga. La mirada, en cambio, sigue eligiendo su horizonte. Y esa elección define mucho más de lo que admitimos. Esta columna es una compilación de pensamientos sobre este tema en una combinación muy básica de pedagogía, psicología del desarrollo, teología y arte. Sin embargo he de reconocer con gozo y humildad que más allá de las muchas palabras que pueda usar para explicar esto mi señor Jesús nos da la instrucción más clara sobre esto en Juan 17:5, para cerrar te invito a leerlo.
Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.





