No alcanza con que se animen a gritar, hace falta que nos animemos a actuar

chofer adolescente opinión.
 Imagen generada por IA

Hace unos días leí una noticia que me llamó muchísimo a la reflexión. En la provincia de Córdoba, de la República Argentina, una adolescente de 15 años viajaba en un colectivo de la línea 60 de la empresa Coniferal cuando, según denunció, un pasajero la manoseó. La noticia explica que, la chica se acercó llorando al chofer, Alejandro y le contó lo que había sucedido señalando al hombre. El chofer, en ese momento la escuchó, activó el botón antipánico y cambió el recorrido habitual del transporte público para dirigirse a la comisaría más cercana. 

Durante el trayecto, la situación se volvió más tensa y según el relato del conductor, el hombre comenzó a gritar y a amenazarlos. Sin embargo,a pesar de los gritos y amenazas, el chofer continuó manejando hasta llegar a la dependencia policial. Cuando llegaron, el pasajero se alejó, queriendo escapar, pero fue localizado poco después por la Policía y quedó detenido (Diario Clarín, 2026).

Hay dos gestos en esta historia que me gustaría que no pasaran desapercibidos: primero el de la adolescente que se animó a pedir ayuda. Segundo el de un adulto que decidió no abandonar.

Vamos por el primer gesto: la adolescente. Ella supo reconocer que algo no estaba bien, pudo darse cuenta que algo no estaba bien y que también tenía el derecho de contarlo. Además se animó a pedir ayuda recurriendo a un adulto cercano. Quiero hacer referencia a esto porque pedir ayuda no siempre es sencillo. A veces hay miedo, vergüenza, confusión o temor a no ser creídas. Por eso, que una adolescente pueda hablar de lo que le pasó merece ser reconocido. 

Ahora bien, quiero detenerme en algo importante. Reconocer la valentía de la adolescente para hablar es importante pero este reconocimiento no implica trasladar la responsabilidad a la adolescente de cuidarse de la violencia de otros. Porque hay una diferencia importante entre enseñarles a las niñas y adolescentes a pedir ayuda. Y otra muy diferente es hacerlas sentir responsables de evitar que alguien las lastime.

Hay una diferencia importante entre enseñarles a las niñas y adolescentes a pedir ayuda. Y otra muy diferente es hacerlas sentir responsables de evitar que alguien las lastime.

Como adultos, referentes y cuidadores podemos enseñarles a reconocer sus límites, a identificar situaciones que las incomodan, a decir que no y a buscar ayuda. Estas son herramientas necesarias. De hecho creo firmemente que son muy necesarias. Pero nada de esto debe convertirse en una nueva exigencia sobre ellas. Como si la prevención de la violencia dependiera de que sepan reaccionar correctamente. 

Dicho esto, volvemos a detenernos en el hecho de pedir ayuda. Es fundamental entender que, cuando un individuo se enfrenta a una situación crítica e inesperada, las respuestas racionales quedan suspendidas en favor de la supervivencia pura.

De acuerdo con la American Psychological Association [APA] (s.f.), ante un peligro o evento traumático inminente, el organismo activa de forma inmediata la respuesta de lucha, huida o parálisis (fight, flight, or freeze) como un mecanismo evolutivo y biológico de adaptación diseñado para lidiar con la amenaza. Esto significa que las reacciones corporales y conductuales en el momento del impacto no constituyen decisiones conscientes, sino reflejos neurobiológicos automatizados que escapan al control de la voluntad (APA, 2017). Bajo esta premisa científica, resulta indispensable comprender que las víctimas (particularmente niñas y adolescentes). No siempre tienen la posibilidad de elegir pedir ayuda, gritar o resistirse durante la agresión. Por consiguiente, bajo ninguna circunstancia se les debe dar responsabilidad o culpabilidad por las respuestas automáticas de su organismo ante el trauma sufrido. 

Y ante esta realidad quiero ir un poco mas allá y preguntar: ¿Cuánto tenemos que ver los adultos en la construcción de esa confianza …de esa posibilidad de ver una ayuda, un auxilio cuando se da la posibilidad de pedirla? 

No quiero que las niñas y adolescentes crezcan creyendo que tienen que aprender a defenderse de todo. No quiero que sientan que depende de ellas evitar cualquier situación de violencia ni que, si no supieron cómo reaccionar, sientan que hicieron algo mal. Por eso, además de enseñarles que pueden pedir ayuda, tenemos que construir un mundo en el que esa ayuda exista.

Además de enseñarles que pueden pedir ayuda, tenemos que construir un mundo en el que esa ayuda exista.

Es aquí donde quiero destacar la acción del chofer. Porque fue él, fue un adulto, que supo escuchar. Pero por sobre todo de asumir la responsabilidad de no abandonar sino de intervenir. Un adulto que, ante el relato de una adolescente desconocida, no miró para otro lado. Un adulto que ante un relato que lo sacó de su “normalidad”, no dudó en modificar su recorrido. Un adulto que activo un protocolo de emergencia y decidió acompañar, involucrase y sobre todo no abandonar hasta que esa menor tenga la ayuda adecuada. 

Es por esto que creo que, también, necesitamos hablar de esa valentía. La de quien comprende que lo que le sucede a otra persona. Que el otro no le es ajeno. Es  importante darnos cuenta que a veces es necesario salir de la comodidad o normalidad para interrumpirla y asumir una responsabilidad frente a alguien que necesita ayuda. A veces pienso que si estas situaciones ocurren a quienes conocemos, actuaríamos diferente. Sin embargo, no necesitamos conocer a alguien para reconocer su sufrimiento. No tiene que ser nuestra hija, nuestra hermana o nuestra amiga. El cuidado también comienza cuando comprendemos que la dignidad y los derechos de otras personas, nuestro prójimos,  nos conciernen. Incluso cuando no tenemos ningún vínculo con ella.  

Como cristiana esta historia me recordó al evangelio de Lucas, Capitulo 10, versículo 33 y 34. Donde Jesús nos presenta al buen samaritano. Un hombre que, al encontrarse con alguien herido en el camino, se acerca, se compadece y lo cuida. Otros habían pasado antes, pero siguieron de largo. Sin embargo, el samaritano, sin conocerlo decidió detenerse y no abandonarlo.  Y me pregunto: ¿cuántas veces, en nuestra vida cotidiana, también nosotros pasamos de largo frente al dolor ajeno?

A veces podemos decidir pasar de largo porque pensamos que no nos corresponde, porque no sabemos cómo intervenir o porque creemos que alguien más se ocupará. Otras veces preferimos la comodidad de lo conocido ante la posibilidad de “meternos en la trinchera, embarrarse” y finalmente involucrarnos en alguna situación incómoda para nosotros. Pero  acaso: ¿no es justamente ahí donde se pone en juego nuestra capacidad de hacernos prójimos?

En el Antiguo Testamento, en Proverbios 31:8-9 dice según la traducción NVI “¡Levanta la voz por los que no tienen voz! ¡Defiende los derechos de los desamparados!, ¡Levanta la voz y hazles justicia! ¡Defiende los derechos de los pobres y necesitados!” Este texto claramente nos invita a hablar por quienes necesitan que su voz sea escuchada, nos invita a defender los derechos de quienes están en situación de vulnerabilidad. 

Las niñas, las adolescentes, son nuestra responsabilidad. Escucharlas y tomar en serio lo que cuentan, no minimizar lo que sienten y actuar cuando sus derechos son vulnerados.

No alcanza con hablar de amor al prójimo si, cuando alguien necesita de nosotros, elegimos pasar de largo y abandonar.

Como cristianos, hablamos mucho del amor al prójimo, de la compasión, del cuidado y de la dignidad de cada persona. Pero ¿cómo se expresa todo eso en el día a día cuando alguien necesita ayuda? ¿Qué hacemos cuando el sufrimiento del otro interrumpe nuestra rutina? ¿Estamos dispuestos a involucrarnos, incluso cuando no nos afecta directamente?

No se trata de juzgar cuánto cree cada persona. Se trata de revisar si aquello que decimos creer se refleja en nuestras acciones, porque la fe también nos compromete a mirar de frente el sufrimiento, a no naturalizar la violencia y a asumir nuestra responsabilidad frente a quienes necesitan protección. 

No alcanza con decirles a las niñas y adolescentes que hablen si después vamos a dudar de sus palabras. No alcanza con enseñarles que tienen derechos si no estamos dispuestos a defenderlos. No alcanza con hablar de amor al prójimo si, cuando alguien necesita de nosotros, elegimos pasar de largo y abandonar.

Que ellas se animen a hablar y que nosotros nos animemos a escuchar, intervenir y cuidar. Porque una sociedad que cuida no es aquella que les exige a sus niñas que sepan defenderse de todo, sino aquella en la que encuentran personas dispuestas a protegerlas.

Y, para finalizar, una pregunta pensando en aquellos que intentamos vivir nuestra fe cristiana: cuando alguien necesita ayuda, ¿elegimos pasar de largo o nos hacemos prójimos?


Autora: Natalia Zukowski es Esposa de Santy, mamá de Bruno y Ciro. Profesora, Orientadora familiar con posgrado en Educación Sexual en la UBA y coordinadora en el Área de Formación de "Juntas en el Camino". Participó en el Equipo Psicosocial de la Casa Nacional de Futuro, Ministerio de Desarrollo Social de la Nación Argentina. Autora del libro y curso Proyectando mi Vida - RUE/FIET.

Más reciente