El diez: Número de plenitud, testigo de una carrera consumada

Lionel Messi
MIAMI GARDENS, FLORIDA - 3 DE JULIO: Lionel Messi, número 10 de Argentina, observa durante el descanso el partido de la ronda de 32 de la Copa del Mundo de la FIFA 2026 entre Argentina y Cabo Verde, disputado en el Miami Stadium el 3 de julio de 2026 en Miami Gardens, Florida. Foto de Robert Cianflone/Getty Images

Hay números que son solo eso, cifras frías, y hay números que pesan. Que llevan siglos de historia, y siglos de revelación divina, cosidos a su forma. El diez, en el fútbol, pesa como pocos. Y en la Biblia, pesa aún más.

Cuarenta y ocho selecciones en el Mundial de 2026. Cuarenta y ocho países, cuarenta y ocho culturas, cuarenta y ocho formas de entender el juego. Y sin embargo, todas, sin excepción, tienen un diez en su plantilla. Y no es obligatorio, no está en el reglamento. Pero está, como si el fútbol hubiera decidido por cuenta propia que ese dorsal no puede faltar en ningún equipo que se precie. Messi lo lleva, también lo lleva Mbappé, Neymar, James, Modric, todos lo usan. Es el número del talento, dicen los técnicos, el que crea el juego, el que desequilibra, el que decide todo en un instante. Pero el diez tiene una memoria más antigua que el fútbol, una memoria que encuentra su sentido último en la Palabra de Dios.

En los textos bíblicos, el diez aparece una y otra vez como cifra de plenitud y totalidad. Los Diez Mandamientos no son diez reglas cualesquiera, son la ley completa, la que no necesita añadidos, la alianza sellada entre Dios y su pueblo. Éxodo 20 nos relata cómo Dios entregó a Moisés esas tablas de piedra escritas por su propio dedo, y en Deuteronomio 5 Moisés recuerda al pueblo: "Estas palabras habló Jehová a toda vuestra congregación en el monte, de en medio del fuego, de la nube y de la oscuridad, con gran voz; y no añadió más".

No añadió más, porque el diez ya era todo.

Las diez plagas de Egipto, narradas en el libro de Éxodo, capítulos 7 al 12, no son diez castigos aleatorios, son el juicio cumplido del todo, el límite después del cual no hay vuelta atrás, la frontera que separa un mundo del otro, el momento en que Faraón finalmente comprende que el Dios de Israel es el único y verdadero.   

Los Diez Mandamientos no son diez reglas cualesquiera, son la ley completa, la que no necesita añadidos, la alianza sellada entre Dios y su pueblo.

La décima plaga, la muerte de los primogénitos, fue el golpe definitivo que quebrantó su resistencia y liberó al pueblo de la esclavitud.

El diez, en las Escrituras, siempre habla de algo que ha llegado a su consumación.

El apóstol Pablo entendió bien esta analogía entre el deporte y la vida de fe. En su primera carta a los Corintios, capítulo 9, versículos 24 al 27, escribe: "¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible.   

Así que yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire". Pablo nos confronta con una verdad ineludible, la carrera cristiana exige disciplina, constancia y perseverancia, porque el premio que esperamos no es una medalla que se oxida ni un trofeo que se guarda en una vitrina, sino la vida eterna en Cristo Jesús.  

El atleta se entrega por entero para obtener una corona que se marchita, pero nosotros corremos por una corona que jamás se desvanece.

Ahora miremos a Messi. No solo el diez en la espalda. Lleva, además, cinco parches dorados cosidos en su camiseta. Uno certifica que Argentina es campeón vigente del mundo, que la estrella sigue brillando desde aquel Qatar que ya parece lejano pero que aún palpita en cada memoria. Otro es el emblema dorado del Mundial, el sello de los que han heredado una historia de victoria. El tercero es el parche "Legacy", un reconocimiento exclusivo para aquellos que han disputado cinco Copas del Mundo o más, un honor que solo cuatro futbolistas en el planeta pueden presumir: Messi, Cristiano Ronaldo, Luka Modrić y Manuel Neuer. Es la marca del que ha sido fiel a su don durante más de dos décadas, del que no se rindió cuando las derrotas parecían pesarle más que cualquier victoria. El cuarto parche es el "Golden Ball", por haber sido elegido el mejor jugador del torneo en dos ocasiones, 2014 y 2022, un honor que solo él y Modrić pueden ostentar. Y el quinto es el "United for Peace", un reconocimiento de que el deporte, como la fe, puede tender puentes y promover la paz entre los pueblos.

El atleta se entrega por entero para obtener una corona que se marchita, pero nosotros corremos por una corona que jamás se desvanece.

Cada parche es un hito. Cada hito, un tiempo cumplido. Como capítulos que se cierran uno por uno. Como ciclos que llegan a su fin y se van guardando en la memoria de la tela. Y todos convergen en un solo número, el diez que ya lleva impreso desde que era un niño en Rosario, desde que alguien le dio esa camiseta y él entendió, sin que nadie se lo explicara, que ese número no se usaba, se habitaba.

El diez representa cierre y plenitud, y está cosido literalmente sobre el hombro de la historia. No es difícil ver en él una imagen de lo que el Señor hace con sus siervos fieles, los lleva a la consumación, los corona después de la carrera, los honra delante de todos cuando han sido fieles hasta el fin.

Como escribe el autor de la carta a los Hebreos, capítulo 12, versículo 1: "Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante".

Los testigos son aquellos que ya han corrido su carrera y han recibido su corona. Messi, con sus parches, se ha convertido en un testigo para el mundo del deporte, alguien que ha corrido su carrera con paciencia y ha recibido el reconocimiento de su tiempo.

El diez representa cierre y plenitud, y está cosido literalmente sobre el hombro de la historia.

El Papa Francisco, apasionado del fútbol como muchos de nosotros, nos recuerda que el deporte bien orientado estimula un sano espíritu de superación y entrena el espíritu de sacrificio. "Si está bien orientado", dijo Francisco en su momento, "favorece la lealtad en las relaciones interpersonales, la amistad y el respeto a las normas". Juan Pablo II, otro gran amante del deporte, añadió que el deporte "puede dar una valiosa aportación al entendimiento pacífico entre los pueblos y contribuir a que se consolide en el mundo la nueva civilización del amor".

El diez que viste Messi, coronado por esos parches de gloria y legado, nos habla de una carrera que ha llegado a su plenitud. Pero, como cristianos, sabemos que hay una corona que no se marchita, un premio que va más allá de cualquier distinción terrenal. La misma disciplina que un atleta emplea para obtener una victoria efímera, nosotros debemos emplearla para alcanzar la victoria eterna en Cristo.

El profeta Daniel, en el capítulo 12, versículo 13, escucha estas palabras del Señor: "Y tú, anda hasta el fin, porque descansarás y te levantarás en tu heredad al fin de los días". Hay una promesa para quienes perseveran hasta el final, el descanso y la resurrección, la herencia eterna que ningún parche dorado puede igualar. Pablo, en su segunda carta a Timoteo, capítulo 4, versículos 7 y 8, pronuncia estas palabras que todo creyente debería atesorar: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida". Ese es el verdadero legado, la corona que no se oxida, el premio que aguarda a quienes corren con paciencia y fidelidad.

El diez. Número de plenitud. Testigo de una carrera consumada. Y, para quienes creemos, un eco de aquella corona que nos espera cuando hayamos acabado nuestra propia carrera.

Cuando veas ese diez en una espalda, en una pantalla, en la camiseta de un niño que corre detrás de una pelota, recuerda el símbolo bíblico que lleva impreso. Recuerda que Dios ha puesto plenitud y totalidad en ese número. Recuerda que los Diez Mandamientos son ley completa, que las diez plagas son juicio cumplido, que el diez siempre anuncia que algo ha llegado a su fin para que algo nuevo pueda comenzar. Y pregúntate: ¿estoy corriendo mi carrera con la misma fidelidad con la que este atleta ha corrido la suya? ¿Me estoy absteniendo de todo aquello que me impide alcanzar la corona incorruptible? ¿Estoy guardando la fe, como Pablo, para recibir en aquel día la corona de justicia?

Porque el diez, al final, no es solo un número de camiseta. Es un recordatorio de que, en Cristo, todo tiene su tiempo, y que la fidelidad hasta el fin es el verdadero legado. Es el número que el fútbol heredó de la Escritura, y que el mundo, sin saberlo, sigue llevando en cada espalda, en cada partido, en cada historia que se escribe sobre el césped. El diez. Número de plenitud. Testigo de una carrera consumada. Y, para quienes creemos, un eco de aquella corona que nos espera cuando hayamos acabado nuestra propia carrera.


Autor: Julio César Cháves nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires. Es escritor con una trayectoria sostenida en el periodismo de opinión, habiendo publicado cientos de notas en medios de su ciudad y en plataformas digitales propias.

Cuenta con estudios en teología, oratoria, apreciación cinematográfica, fotografía y literatura. Es egresado del Instituto Teológico por Extensión (INSTE). Actualmente cursa la carrera de Psicopedagogía en el Instituto Paulo Freire de Chacabuco.

Es autor de los libros La conquista de la libertad (Editorial de las Tres Lagunas), Cómo manejar exitosamente las circunstancias (RC Editora / Emanuel), Dios con nosotros (Editorial Autores de Argentina) y La Marca, obra escrita junto a su hermano Benjamín. Su escritura transita la intersección entre fe cristiana, psicología, cultura contemporánea y crítica social, con una voz construida desde la experiencia académica y vital.

Está casado con Alejandra Biazotti y es padre de tres hijos: Matías, Max y Merlina. Reside en Chacabuco, donde desarrolla su actividad como escritor, técnico y estudiante universitario.

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