
En un mundo cada vez más fragmentado, donde las verdades absolutas son desacreditadas y el relativismo se ha convertido en la religión declarada, los jóvenes cristianos se encuentran desarmados. Salen del colegio o la iglesia con una fe superficial, frágil, incapaz de sostenerse frente a las corrientes ideológicas que dominan las universidades, los medios y la cultura popular. Y aunque todos los colegios cristianos ofrecen educación religiosa, ésta a menudo se reduce a devocionales sentimentales, memorización de versículos o lecciones morales descontextualizadas. Lo que falta —y con urgencia— es la enseñanza seria y rigurosa de la apologética cristiana como disciplina académica indispensable en el bachillerato.
Algunos argumentan que la apologética —la defensa racional de la fe cristiana— es un tema demasiado complejo, reservado para seminarios o estudios teológicos avanzados. Pero esta postura no solo subestima la capacidad intelectual de los jóvenes, sino que revela una comprensión deficiente del momento histórico que vivimos.
Vivimos en una era donde el progresismo cultural, el secularismo agnóstico y el individualismo espiritual moldean la identidad de una generación. En este contexto, ¿cómo puede la educación cristiana justificar que no prepare a los estudiantes para defender su cosmovisión con coherencia, verdad y respeto?
Consideremos el siguiente silogismo:
Premisa mayor: Todo sistema educativo que se considere verdaderamente cristiano tiene la obligación de formar no solo corazones creyentes, sino mentes pensantes capaces de discernir y defender la verdad bíblica frente a los desafíos del mundo contemporáneo.
Premisa menor: El posmodernismo, el progresismo secular y otras cosmovisiones dominantes atacan directamente los fundamentos del cristianismo: la autoridad de la Escritura, la verdad objetiva, la naturaleza humana, la moralidad y la identidad.
Conclusión: Por tanto, la apologética —como herramienta racional para defender la fe— debe ser una parte central del currículo en los colegios cristianos.
Este razonamiento no es especulativo; es una necesidad pastoral y educativa. Los jóvenes no están siendo expuestos a ideas contrarias en el vacío. En las redes sociales, en los libros de texto, en las clases de filosofía o en los debates de sus círculos sociales, se enfrentan diariamente a narrativas que niegan lo que creen. Y si su educación religiosa no les ha enseñado a responder con fundamentos teológicos, históricos y filosóficos, entonces su fe corre el riesgo de desmoronarse al primer cuestionamiento serio.
Aquí surge otro silogismo clave:
Premisa mayor: La teología es una disciplina académica rigurosa, tan válida como la física, la historia o la literatura, y debe ser tratada como tal en la educación cristiana.
Premisa menor: Cuando la educación religiosa se vacía de profundidad teológica y apologética, se convierte en una mera práctica devocional sin sustento intelectual, perdiendo su carácter académico y su capacidad formativa.
Conclusión: Por tanto, integrar la apologética en el bachillerato fortalece la legitimidad académica de la educación religiosa y forma ciudadanos creyentes críticos, no crédulos.
La teología no es solo para pastores o teólogos. Es para todos los creyentes. Y la apologética, como rama de la teología, no busca imponer la fe, sino presentarla con claridad, humildad y solidez racional. Enseñar a los jóvenes a responder preguntas como: ¿Por qué creer en la resurrección?, ¿Cómo puede un Dios bueno permitir el sufrimiento?, ¿Es la Biblia confiable?, no es seminario; es educación responsable.
El colegio no puede ser una burbuja aislada del mundo. Debe ser un campo de entrenamiento donde los estudiantes aprendan a pensar desde una cosmovisión cristiana integral, capaz de dialogar con el mundo sin perder su identidad. La apologética no divide; equipa. No promueve el fanatismo; fomenta la madurez.
Defender la enseñanza de la apologética en los colegios cristianos no es un lujo intelectual. Es una urgencia pastoral. Es una cuestión de fidelidad al mandato de “amad al Señor con todo vuestro corazón, con toda vuestra alma y con toda vuestra mente” (Mateo 22:37). Si amamos a Dios con nuestra mente, debemos cultivarla. Y si amamos a nuestros hijos y estudiantes, debemos prepararlos para un mundo que no cree como ellos.
La fe sin razón es vulnerable. La razón sin fe es vacía. Pero la fe que se defiende con razón —con estudio, con verdad, con humildad— es una fe que perdura. Que nuestros colegios cristianos no teman enseñarla. Que la abracen como parte esencial de una educación verdaderamente transformadora.