Dinero programable: lo que las stablecoins tienen que ver con el Apocalipsis

Stablecoins y el Apocalipsis
 Imagen generada por IA

El dinero está cambiando de naturaleza, y pocos se detienen a pensar qué significa eso en serio. En Estados Unidos ya existe un marco legal (la ley GENIUS Act, aprobada este año, que regula quién puede emitir estas monedas y qué respaldo deben tener) para las stablecoins (criptomonedas atadas al valor de una moneda tradicional, generalmente el dólar, para no sufrir las subas y bajas bruscas del Bitcoin), monedas digitales que mueven billones. Europa avanza hacia su euro digital. Los países del bloque BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y otros países aliados que buscan reducir su dependencia del dólar estadounidense) preparan su propio sistema de pagos.

Tres caminos distintos, un mismo horizonte: un dinero que ya no es papel ni metal, sino código.

Ante todo, hay que decir algo con claridad: la tecnología en sí misma no es el problema. Las transferencias instantáneas, la trazabilidad (la capacidad de rastrear y registrar cada movimiento del dinero), la reducción del fraude, son beneficios reales que cualquier sistema financiero moderno persigue.    

El problema aparece cuando se piensa en quién queda del otro lado del teclado. Un dinero programable (que puede llevar condiciones incorporadas en su propio funcionamiento, como reglas de uso o vencimientos) no es solamente más rápido. Es un dinero que puede tener restricciones automáticas: fechas de vencimiento, límites de uso, bloqueos sin intervención humana. Eso ya no es ciencia ficción, es arquitectura de software (el diseño técnico que define cómo funciona un sistema digital).

Ahora bien, acá es donde muchos cristianos, y no solo ellos, empiezan a mirar el libro de Apocalipsis con otros ojos. El capítulo 13 lo describe con una claridad que sorprende a quien lo lee por primera vez en este contexto:

"Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre" (Apocalipsis 13:16-17).

Más adelante, el capítulo 14 agrega una advertencia sobre las consecuencias de recibir esa marca, y el capítulo 20 promete una recompensa distinta para quienes no la reciban:

"Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano..." (Apocalipsis 14:9).

"Y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los xque no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos" (Apocalipsis 20:4).

Durante siglos esa imagen pareció literalmente irrealizable, ¿cómo se controla cada transacción de cada persona en el planeta? Hoy, con infraestructura digital centralizada (concentrada en pocas manos, en lugar de repartida entre muchos actores independientes), la pregunta técnica ya no es si se puede, sino quién decide hacerlo y bajo qué reglas.

Cabe destacar que la relación entre control económico y control social no es una idea nueva ni exclusivamente bíblica.

Desde la sociología del poder hasta la economía política, se sabe que quien administra el acceso a los recursos administra también el margen de libertad de las personas. Lo que aporta la lectura profética (basada en las profecías bíblicas, es decir, los anuncios sobre el futuro que contiene la Escritura) no es un dato económico más, sino un marco de sentido: la advertencia bíblica no describe un detalle técnico sino una tentación estructural del poder humano, la de concentrar el control hasta el punto de decidir sobre la vida cotidiana del otro.

Sin embargo, conviene ser cuidadoso acá. La historia de la interpretación bíblica está llena de intentos de identificar apresuradamente a tal sistema o tal tecnología con el cumplimiento exacto de una profecía, y casi todos esos intentos envejecieron mal. Ni las stablecoins, ni el euro digital, ni ningún proyecto del BRICS son, por sí solos, el sistema del capítulo 13. Son, en todo caso, las condiciones que hacen técnicamente posible algo que antes era solo simbólico. Esa distinción, entre condición y cumplimiento, es central para no caer en un alarmismo (una reacción de alarma exagerada o apresurada) que termina restándole seriedad al propio texto bíblico.

Con todo, la pregunta de fondo sigue siendo válida y no exige apresurarse a poner fechas. Un sistema financiero sin efectivo, sin fronteras claras y sin intermediarios humanos concentra un poder que ninguna institución bancaria tradicional tuvo jamás. Un banco puede negarte un préstamo. Un sistema digital centralizado podría, en teoría, negarte directamente la posibilidad de comprar pan. Esa diferencia de escala es la que legítimamente inquieta a quien piensa el tema desde una cosmovisión cristiana (la manera de entender el mundo y la existencia a partir de los principios de la fe cristiana).

En efecto, lo que está en juego no es solo tecnológico ni solo teológico, es una pregunta sobre confianza: en quién delegamos el control de algo tan básico como intercambiar bienes y servicios. La fe cristiana no llama a rechazar toda innovación por sospecha, sino a mantener el discernimiento (la capacidad de distinguir con criterio y sabiduría lo verdadero de lo falso, lo prudente de lo imprudente) despierto frente a estructuras que, sin proponérselo explícitamente, van armando las piezas de un escenario que las Escrituras ya habían anticipado. Esa vigilancia, más que el pánico o la indiferencia, es la actitud que interpela a quien lee estos tiempos desde una perspectiva bíblica.


Autor: Julio César Cháves nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires. Es escritor con una trayectoria sostenida en el periodismo de opinión, habiendo publicado cientos de notas en medios de su ciudad y en plataformas digitales propias.

Cuenta con estudios en teología, oratoria, apreciación cinematográfica, fotografía y literatura. Es egresado del Instituto Teológico por Extensión (INSTE). Actualmente cursa la carrera de Psicopedagogía en el Instituto Paulo Freire de Chacabuco.

Es autor de los libros La conquista de la libertad (Editorial de las Tres Lagunas), Cómo manejar exitosamente las circunstancias (RC Editora / Emanuel), Dios con nosotros (Editorial Autores de Argentina) y La Marca, obra escrita junto a su hermano Benjamín. Su escritura transita la intersección entre fe cristiana, psicología, cultura contemporánea y crítica social, con una voz construida desde la experiencia académica y vital.

Está casado con Alejandra Biazotti y es padre de tres hijos: Matías, Max y Merlina. Reside en Chacabuco, donde desarrolla su actividad como escritor, técnico y estudiante universitario.

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