¿Cuál es el rol de la Iglesia frente a la criminalidad y la delincuencia?

Criminalidad
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Si la iglesia existe y está presente en la sociedad, ¿por qué tanta criminalidad?

¿Nos hemos preguntado por qué tanta delincuencia, corrupción, injusticia y maldad en nuestra sociedad? ¿Será porque vivimos en densa oscuridad y nauseabunda putrefacción? Toda violencia y delincuencia afecta la vida de las personas y el bienestar y tranquilidad de las familias, y por ende también a los creyentes que forman parte de la población. Todos sin distinción económica, religiosa, social, racial y cultural, estamos expuestos al peligro de la delincuencia y la criminalidad que crecen exorbitantemente a diario y van instaurando una cultura de muerte en nuestra sociedad.

Las propuestas y medidas que implementan los gobiernos concertando esfuerzos con todos los poderes del Estado muchas veces son ineficaces y en el mejor de los casos insuficientes.

En muchos lugares la lucha contra la delincuencia tiene un dilema preocupante: la Policía captura a los delincuentes, la Fiscalía los libera y le reclama al Parlamento que no tienen leyes claras, y éste a su vez le responsabiliza al Gobierno de no tener políticas firmes para luchar contra la delincuencia y el crimen organizado. Mientras tanto se agudiza el dolor en el pueblo que sigue siendo víctima de la delincuencia.

La población espera que el Estado trabaje garantizando la seguridad, el orden y la protección ciudadana. Y en ese sentido en salvaguarda de la seguridad nacional se han decretado normas y medidas declarando el estado de emergencia nacional.

Y en otros extremos los analistas dicen que el gobierno no presenta la solución por que el gobierno mismo es el problema.

Después de esta sucinta mención sobre estos hechos delictivos, que va en aumento en muchos países con imparables proporciones de delincuencia y criminalidad transnacional, nos preguntamos: ¿Cuál es el rol de la iglesia frente a la delincuencia? ¿ser solo espectadores, oidores, o hacedores?

A la luz de las Sagradas Escrituras, la iglesia tiene un rol o mejor dicho una misión que cumplir en esta tierra.

Para solucionar el problema de la delincuencia y la criminalidad no solo se requiere de medidas de carácter político, legal, social, económico, inteligencia y otros elementos estratégicos. Los análisis de los especialistas no solo deben considerar las causas de carácter social, de desigualdad, injusticia y exclusión, sino entender la antropología completa del ser humano, que no solo es materia, sino también espíritu. Como dice el Dr. Isaia Sales: “…las enfermedades del cuerpo social son también enfermedades del espíritu”. En efecto el apóstol Santiago ya lo dijo: “Que los pleitos, las guerras, los conflictos, homicidios y otros vienen de las bajas pasiones del interior del corazón”.

A la luz de las Sagradas Escrituras, la iglesia tiene un rol o mejor dicho una misión que cumplir en esta tierra.

La violencia y la delincuencia tienen su origen en la naturaleza caída del ser humano, que luego crece y se desarrolla en las estructuras injustas de la sociedad.

En este sentido, la iglesia conocedora y depositaria de la verdad revelada debe participar en la identificación espiritual y moral de la acción delictiva; a fin de presentar una solución viable y completa contra la delincuencia.

He escuchado a muchos lideres cristianos decir que somos la conciencia del estado, la reserva moral de la nación.

Y nos preguntamos: ¿Qué pasó con la conciencia, esta cauterizada? ya no sentimos, viendo no vemos, oyendo no oímos. Parece que estaríamos dormidos y sedados.

Claro si sostenemos una religión podría ser que sí, como dijera Karl Marx, “la religión es el opio del pueblo”. (sedante, adormecedor).

Dios nos libre si como cristianos estamos envueltos en una inercia religiosa sin sentimientos acerca de lo que pasa en nuestra sangrante realidad.

En la Biblia leemos que somos linaje escogido, nación santa, pueblo adquirido por Dios, la sal de la tierra, la luz del mundo, embajadores de Cristo.

Es hora de que actuemos de manera activa y proactiva contra las fuerzas del mal, sabiendo que nuestra lucha es contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas.

Desde la cosmovisión bíblica estás fuerzas espirituales de maldad son los móviles de la violencia, la delincuencia y la criminalidad. Ya el señor Jesús nos dijo que: “el ladrón viene para hurtar, matar y destruir”.

Convencidos que Dios tiene la respuesta y solución al problema humano, como iglesia de Cristo columna y baluarte de la verdad, tenemos la sagrada responsabilidad de cumplir con nuestra noble y valiente misión de redención y esperanza.

En consecuencia, debemos considerar la fuerza y el poder de dos acciones claves para el cumplimiento de nuestra misión: La oración y la predicación.

¿Cómo debe ser nuestra oración?

No una simple oración religiosa, tradicional por cumplir. Nuestra oración debe ser ferviente, intensificando nuestro clamor con ruegos y suplicas, orando en el espíritu, con corazón agonizante postrándonos ante el Señor. Como Jacob perseverando y permaneciendo en la presencia de Dios hasta que bendiga y responda nuestra búsqueda incesante. Con profundos periodos de ayunos y vigilias de oración, venciendo los poderes del infierno en el poderoso nombre de Jesús.

Con expectativa de un gran avivamiento espiritual que sacuda los cimientos de la nación.

Como en 1850 en EEUU por la oración y acción de dos fieles cristianos Charles Finney y Dwight Moody, que preconizaban la necesidad de la santidad y la acción social cristiana.

Nuestra oración debe ser ferviente, intensificando nuestro clamor con ruegos y suplicas, orando en el espíritu, con corazón agonizante postrándonos ante el Señor.

Con un énfasis marcado en la justicia social y la abolición de la esclavitud.

También como sucedió en la Inglaterra en el siglo XVIII con la oración y ministerio de los hermanos Wesley, que llevó a una reforma social y cambios estructurales en la nación.

Lima al Encuentro con Dios (LED), que reconfiguró la ubicación de las iglesias en lugares estratégicamente visibles, su impacto social y su trascendencia continental.

El Movimiento Nacional de Oración con su incesante clamor en templos, calles, plazas y estadios repletos de intercesores que contribuyó a la pacificación del país derrotando al terrorismo sangriento en el Perú. Y otros sucesos que registra la historia mundial.

Todos los grandes cambios comenzaron con una profunda vida de oración.

Ahora, se hace imprescindible y urgente intensificar nuestra Intercesión por el país para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda dignidad.

Finalmente lo que necesitamos para orar en espíritu y en verdad, es determinación.

¿Cómo debe ser nuestra predicación?

La prédica de la Palabra de Dios entendiéndose como la voz profética de la iglesia, tiene dos aspectos claves: denunciar y anunciar.

Denunciar el pecado individual y también institucionalizado que está arraigado en nuestra cultura en todos sus niveles sociopolíticos. Denunciando prácticas de inmoralidad y corrupción en los poderes del Estado.

Recordando lo que el Señor habló a través del profeta Isaías: “¡Ay nación pecadora, pueblo cargado de iniquidad, generación de malvados, hijos corrompidos! La cabeza está enferma y el corazón dolido, desde la planta del pie hasta la cabeza no hay cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga”.

Con la autoridad de la Palabra de Dios con firmeza y valentía tenemos que denunciar el pecado y la maldad, para librarnos del juicio y la ira de Dios. Como Juan el Bautista exponiendo aun nuestra propia vida.

Anunciar el mensaje transformador de las buenas nuevas de redención en Cristo con evidente y poderosa unción del Espíritu. Para que dejen sus pecados, sus malas obras, instintos perversos, inmoralidad y corrupción, y se arrepientan para reconciliarse con Dios y el prójimo.

El mensaje del evangelio no solo debe ser preventivo para evitar que el ser humano caiga en las garras de la delincuencia, sino también restaurativo al lograr el rescate y la transformación total.

Para que la iglesia cumpla responsablemente con su rol bíblico de salinizar, es necesario que entienda su rol social para evitar la corrupción y la degradación moral; ya que el llamado es, ser sal de la tierra y no ser sal de la iglesia.

Ser luz del mundo, significa alumbrar al individuo y la comunidad con la luz del evangelio para que puedan ver introspectivamente su vida rutinaria, su mente entenebrecida y su corazón endurecido carente de sentido. Y al ser iluminados puedan vivir una vida con esperanza y propósito.

La iglesia tiene que considerar un cambio de mentalidad pastoral. Esa mentalidad templo centrista, de claustro eclesiástico, de vitrina religiosa, tiene que bajar del balcón, dejar de ser espectadora y comprometerse sacrificialmente en bien de toda la nación. El apóstol Pablo nos exhorta: “A no conformarnos a este siglo, a este sistema, a este tiempo, a este mundo; sino a ser transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento”. Como embajadores del reino, debemos actuar con la mente de Cristo y con discernimiento espiritual (ojo: no con inteligencia artificial, sino con inteligencia espiritual). Así una mente renovada por el Espíritu de Señor podrá entender la viviente y vigente Palabra de Dios para el contexto actual y nuestra realidad presente.

Hoy en día las predicas desde la mayoría de los pulpitos no responden a la necesidad practica de las personas y están desactualizadas y descontextualizadas. Por eso, es que los feligreses o miembros de la iglesia no encarnan la Palabra, y por lo tanto no pueden vivir, pensar, expresarse y actuar en conformidad a la verdad bíblica.

Esa mentalidad templo centrista, de claustro eclesiástico, de vitrina religiosa, tiene que bajar del balcón, dejar de ser espectadora y comprometerse sacrificialmente en bien de toda la nación.

Tal vez por eso la iglesia nominal tiene casi nula incidencia en la vida pública. Por eso, un despertar espiritual se hace necesario, para no escuchar la voz del Señor que dice: “Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estas muerto” como se registra en Apocalipsis 3:1.

¿No es acaso que, con la presentación del poderoso mensaje del evangelio, de manera, kerigmática, diaconal y testimonial debemos impactar y cambiar la sociedad? Como el apóstol Pablo en Tesalónica exponiendo por medio de las Escrituras acerca del Cristo resucitado impactó con su mensaje al punto que las autoridades decían: “Estos que han revolucionado el mundo entero también han venido acá”.

Tal vez sea necesario cambiar de chip para poder procesar la revelación divina y presentar la verdad clara y pertinente con un mensaje contextualizado a nuestra realidad.

Si logramos presentar todo el evangelio, a través de toda la iglesia, a todas las personas; estoy seguro que podremos alcanzar, un buen gobierno, ciudadanos con una reconocida solvencia moral, un evidente comportamiento ético, una cultura de paz, una sociedad sin discriminación, con principios y valores que respete la dignidad y el valor de la vida humana, una convivencia solidaria y una nación que viva con temor a Dios.

Finalmente a la luz de la revelación bíblica afirmamos categóricamente, que:

NO HAY AREA NI DIMENSION HUMANA QUE NO PUEDA SER REDIMIDA POR EL PODER DE DIOS.

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