
El día de hoy los jóvenes queremos tener una voz, queremos dar a conocer que pueden opinar personas como yo o como ustedes, en un contexto donde muchas veces se toman decisiones que afectan nuestro futuro sin que realmente participemos en la conversación.
Por ende, invitamos a Jerome Sanabria, quien es una joven reconocida por su voz y su transparencia a la hora de hablar de sus convicciones, especialmente en temas que hoy generan debate y que no pueden seguir siendo ajenos para nuestra generación.
En esta entrevista vamos a hablar de temas políticos actuales, de los cuales es importante que los jóvenes puedan conocer, tales como, primero, las pensiones, que son más que una promesa: un derecho visualizado para cada uno de nosotros; al igual que las elecciones presidenciales, las cuales van a definir el rumbo económico y social del país.
Sin embargo, antes de entrar en estos temas tan importantes, vale la pena entender qué hay detrás de su postura y cómo ha llegado a estas conclusiones.
Jerome Sanabria es una joven colombiana, estudiante de Derecho, que ha ganado visibilidad en el debate público por sus posturas claras frente a temas como el libertarianismo, el papel del Estado y el sistema pensional. A través de redes sociales y espacios de opinión, ha impulsado una conversación dirigida especialmente a los jóvenes, enfocada en la defensa de la libertad individual, la propiedad privada y la responsabilidad ciudadana.
Su participación en discusiones políticas actuales, así como su cercanía a procesos y campañas electorales, la han convertido en una voz emergente dentro de un sector juvenil que busca incidir en el rumbo del país desde una perspectiva crítica y propositiva.
Para entender por qué Jerome Sanabria se ha convertido en un fenómeno político a sus 19 años, hay que mirar más allá de su ser profesional. En este espacio, Jerome nos abrió su corazón en una charla honesta que recorre desde su crianza entre argumentos, hasta sus certezas más profundas.
Esta columna no es solo una entrevista; es un mapa para todos los jóvenes que hoy se sienten perdidos en medio del ruido electoral o que intentan descifrar un sistema pensional que parece diseñado para que no lo entendamos. Si alguna vez has sentido que en Colombia a los jóvenes solo se les escucha cuando gritan, pero no cuando proponen, estas líneas son para ti. Los invito a sumergirse en esta conversación, porque más allá de las etiquetas de izquierda o derecha, aquí lo que hay es un espacio de aprendizaje real sobre cómo adueñarnos de nuestro propio futuro.
Por: Mariana Lopez y Simon Lopez
- Jerome, para muchos eres la analista que vemos en redes, pero hoy queremos conocer a la persona detrás de los argumentos. ¿Podrías abrirnos un poco tu corazón y contarnos de dónde vienes? ¿Cómo fue tu infancia y qué papel ha jugado tu familia en la formación de la mujer valiente que eres hoy?"
Para entender a la mujer que es hoy, hay que mirar sus orígenes. Jerome creció en un hogar que, aunque otros llamarían "disfuncional" porque sus padres mantienen una relación pero viven separados, ella lo define como su mayor escuela de valores. De su madre, trabajadora social, heredó el liderazgo y la tenacidad. De su padre, el rigor intelectual: desde pequeña, él le exigía argumentar cada decisión, por mínima que fuera. “Me llevaba al porqué de la cosa más mínima”, recuerda Jerome, quien gracias a esa dinámica se ganó un lugar en las conversaciones de adultos.
Un punto importante ocurrió a sus diez años en la escuela de formación política donde trabajaba su madre. Allí, rodeada de debates y tratada con una madurez inusual para su edad, Jerome no solo encontró su vocación, sino una certeza: “teniendo yo diez años todos allí me trataban como una vieja de 25 años, nunca fui tratada como una peladita de diez, y eso a mi me dio mucha confianza en mí misma, ahí confirmé, por primera vez, que sería la primera mujer presidenta de Colombia”.
Esa confianza se pulió en una casa donde la política siempre estuvo sobre la mesa. A pesar de crecer entre un padre uribista y una madre de centro-derecha, Jerome eligió el libertarismo. Lejos de fracturar a la familia, esa diferencia fortaleció su criterio a través del debate sano. Como ella misma concluye, su esencia es el resultado directo de esa crianza: “Si mi mamá no me hubiera llevado a su trabajo... yo no sería quien soy hoy”.
- Siempre hay un momento en el que uno dice: 'esto es lo mío'. ¿Hubo algún evento específico, una noticia o una situación que te hiciera entender que tu vocación era estar en la primera línea del debate público y no solo como una espectadora?"
Todo comunicador tiene un momento de revelación, y el de Jerome ocurrió entre dinámicas de liderazgo. Siendo apenas una niña de once años, su madre ya le delegaba la dirección de grupos en sesiones de formación. Jerome recuerda con especial brillo en los ojos un ejercicio llamado ¿Quién quiere ser alcalde?, donde los participantes debían resolver problemas técnicos y políticos de la ciudad. A los doce años, ella no solo participaba; ella ganaba. "Yo dije: soy buena para esto", me confiesa, reconociendo que ese fue el primer chispazo de su vocación.
Sin embargo, el paso de ser una espectadora a estar en la primera línea del debate ocurrió por una necesidad casi pedagógica. A los quince años, en una reunión con un profesor experto en economía, Jerome se dio cuenta de que el lenguaje técnico de los académicos era una barrera para el ciudadano común.
"Él hablaba muy difícil, muy técnico", me explica. Tras escucharlo desglosar el sistema de pensiones, ella lo interrumpió con una conclusión que hoy es su bandera de guerra: "¿O sea que me estás queriendo decir que Colpensiones funciona como una pirámide?". El silencio del experto y su posterior confirmación le dieron a Jerome su verdadera misión: ser la traductora de lo complicado. Hoy, esa capacidad de síntesis es lo que le ha permitido construir una comunidad que la sigue no solo por su postura, sino porque, finalmente, alguien les explica el país en términos que todos podemos entender.
- Te mueves en un mundo de política y economía que suele ser muy adulto y muchas veces masculino. ¿Cómo ha sido para ti reclamar tu lugar como mujer joven y qué le dirías a esas niñas que hoy te ven como un referente pero sienten miedo de alzar su voz?"
Moverse en un mundo de "hombres mayores" y tecnicismos no es tarea fácil para una mujer de 19 años, pero Jerome ha encontrado en la adversidad su mejor herramienta. Cuando le pregunto sobre el reto de ser mujer en la política, su respuesta es una lección de pragmatismo: “Uno no puede centrarse en victimizarse por ser mujer”, me dice con seguridad. Para ella, el victimismo es una trampa; prefiere el sarcasmo y los resultados. Jerome sabe que los comentarios que la mandan "a lavar platos" existen, pero ha aprendido a ignorarlos o, mejor, a sacarles provecho: “Si alguien me intenta tratar mal por ser mujer, les va peor a ellos”.
Sin embargo, reconoce que el verdadero muro no es solo el género, sino la edad. En un país donde se cree que el conocimiento llega únicamente con la experiencia de los años, Jerome es constantemente descalificada por "inexperta". Pero ella tiene una respuesta preparada para quienes cuestionan qué hace una joven hablando de reformas sin haberse graduado: la preparación exhaustiva.
“No hace falta tener un título para saber de lo que se habla”, afirma tajante. Jerome sostiene que el esfuerzo por conocer un tema a fondo —en su caso, las pensiones— le permite estar al nivel, o incluso por encima, de abogados con décadas de experiencia. Su consejo para las niñas que hoy la ven y sienten miedo es simple pero poderoso: no se dejen opacar. Para Sanabria, la clave está en "voltear la situación" y demostrar que la capacidad no se mide en años, sino en argumentos. Al final, como ella misma dice, de las situaciones más adversas es de donde se saca el mayor provecho.
- Jerome, ¿Qué papel juega tu fe en Dios en tu día a día? ¿Consideras tener una relación con él?"
Hablar de Dios con Jerome es curioso porque ella lo ve como algo que lleva en el ADN desde niña. Su casa era una mezcla interesante: un papá ateo "militante" y una mamá cristiana. Con ese panorama, Jerome aprendió rápido que creer es una decisión de cada quien. Me contaba que creció entre la Biblia para niños, los rezos católicos y las canciones cristianas, entendiendo que, al final, el mensaje era el mismo. "Me criaron creyendo en Dios, pero siempre respetando mi propio camino", me explica.
Esa forma de ver las cosas, sin tanta religiosidad, fue lo que la metió en una polémica hace poco por su bautismo. Fiel a lo que piensa, Jerome no se puso a buscar la iglesia más famosa o la que tuviera el edificio más grande; se bautizó con el Padre Andrés simplemente porque conectó con él. Para ella, que el padre tocara la guitarra y fuera una persona increíble valía más que cualquier jerarquía. Y claro, no faltó el que saltó en redes a decir que eso era una "secta", pero a ella eso le resbala.
“A mí me da tremendamente igual lo que digan”, me soltó con esa seguridad que la caracteriza. Jerome tiene claro que ella quería la bendición de Dios y que Él no está pendiente de si la iglesia tiene un nombre u otro. En un país donde nos encanta pelear por etiquetas, ella prefiere quedarse con una fe más tranquila y abierta, donde lo que importa es la conexión y no el qué dirán. Al final, como ella misma dice con una sonrisa, lo importante es que se siente feliz y en paz con su decisión.
- Has enfrentado ataques directos en redes e incluso del mismo Presidente. Siendo tan joven, ¿cómo haces para que ese ruido digital no afecte tu paz interior y cómo logras proteger tu corazón de quienes te atacan de forma anónima?"
Estar en el ojo del huracán digital no es para cualquiera, y menos cuando los ataques vienen hasta de la cuenta de X del Presidente. Pero Jerome tiene una forma muy particular de ver este caos. Ella separa las críticas en dos bandos: las que van a su idea política y las que solo buscan destruirla como persona. A las primeras les da la cara y les responde con argumentos, porque siente que el debate siempre es "chévere" para reafirmar lo que uno piensa. Pero a las otras, a las que se meten con su físico, su voz o sus preferencias, simplemente las deja pasar.
“Hay gente que solo busca lastimarte, y eso es independiente de la ideología”, me confiesa. Me cuenta que le han dicho de todo: desde que tiene "voz de macho" hasta inventarle teorías sobre su vida privada. Al principio, esos comentarios le pegaban duro, pero hoy ha aprendido a no ponerles cuidado. Para ella, el ataque a su feminidad es lo más bajo que pueden hacerle a una mujer, pero su respuesta es tajante: si fuera verdad lo que dicen, ¿qué tiene de malo? Su seguridad es tal que el ruido de las redes no logra moverle el piso.
¿Y cómo protege su corazón de tanto veneno anónimo? Ahí es donde vuelve a aparecer su espiritualidad. Jerome no se queda solo con el apoyo de su mamá, que siempre está ahí para decirle lo linda que es; ella busca algo más arriba. “Ahí es donde se necesita de Dios, porque Él es el único que a uno le da fortaleza”, me dice con total sinceridad. Cuando el ambiente se pone pesado, su refugio no es una red social, sino una oración pidiendo fuerza para ignorar lo que no construye. Al final, Jerome ha entendido que si se centra en lo que otros inventan, se pierde; por eso prefiere seguir firme en lo que ella sabe que es verdad.
- Jerome, hace un momento nos contabas sobre las diferentes posturas políticas demarcadas en tu casa, qué consejo le darías a los jóvenes que prefieren formar su criterio propio frente a la situación del país y no limitarse a la ideología que tal vez sus padres o familia les quieren imponer? ¿Cuál sería el consejo para un sano debate en casa?
Hablar de política en familia suele ser el deporte nacional más peligroso en Colombia, pero para Jerome, la clave está en no perder el respeto. Ella misma pasó por eso: durante toda la pandemia se "agarró" dialécticamente con su mamá, a quien ella llamaba —con solo 15 años— una "tibia socialdemócrata". Hoy, Jerome lo recuerda con una madurez distinta. Jerome entendió que su mamá, trabajadora social de un barrio estrato uno, veía la vida desde una realidad diferente. "Hoy ya no peleamos por política", me decía, explicando que aprendió a ver a la persona antes que a la ideología.
Su consejo para los jóvenes que quieren armar su propio criterio es claro: hay que leer y hay que estudiar. Jerome no se inventó sus posturas de la nada; se formó y buscó argumentos para poder debatirle a sus papás de tú a tú. Su mensaje es que no hay que tener miedo a disentir, pero sí hay que tener la humildad de reconocer cuando el otro tiene la razón. “Hay que ser humilde para reconocer cuando uno se equivoca, pero también hay que tener el carácter de no dejarse imponer una idea solo porque viene de tus padres”, afirma.
Al final, para Jerome, lo que realmente amarra a una familia no es votar por el mismo candidato, sino compartir los mismos valores. En su casa, por ejemplo, el valor sagrado es el ahorro; nos mostraba que había alcancías por todos lados como un recordatorio de que el esfuerzo individual es lo que cuenta.
Su consejo final es casi un mantra de libertad: al final del día, el que toma las decisiones sobre su propia vida es uno mismo. Si tus papás quieren que seas de izquierda o de derecha, argumenta, escucha, pero recuerda que "usted es usted, y al final, usted verá".
El libertarianismo es una forma de pensar la política que pone en primer lugar la libertad individual. Parte de una idea sencilla: cada persona debería poder tomar sus propias decisiones sin que el Estado intervenga más de lo necesario.
Desde esta visión, el Estado debe ser limitado y enfocarse en funciones básicas como proteger la vida, la libertad y la propiedad privada. Todo lo demás —como decisiones económicas o personales— debería quedar, en la mayor medida posible, en manos de los ciudadanos.
- Para ti, ¿qué es ser libertaria y por qué es importante para Colombia?
Ser libertaria es defender que los ciudadanos son mucho más que el Estado. Es poner en el centro la individualidad del ser humano, entendiendo que las personas no deben ser tratadas como masas o colectivos, sino como individuos con libertad para decidir sobre su propia vida.
Esa libertad, explica, tiene dos dimensiones fundamentales: por un lado, que el Estado no se entrometa en el bolsillo de las personas, es decir, que no tome decisiones sobre su dinero; y por otro, que tampoco intervenga en su vida privada, en sus gustos o en aquello que pertenece a su esfera íntima. En sus palabras, el Estado no debería meterse “ni en tu bolsillo ni en tu cama”.
Desde esa perspectiva, defiende un Estado mínimo, que no imponga trabas para emprender ni limite las decisiones personales. Incluso sostiene que no debería prohibirse el matrimonio ni la adopción por parte de parejas del mismo sexo, ya que considera que son decisiones que pertenecen al ámbito privado de cada individuo.
Asimismo, señala que el libertarismo se basa en tres derechos fundamentales: la vida, la libertad y la propiedad privada. Cualquier intento de vulnerar alguno de estos justifica la legítima defensa por parte de las personas.
En cuanto a su importancia para Colombia, considera que el país carece de una visión verdaderamente libertaria. A su juicio, tanto desde la derecha como desde la izquierda predomina una idea de Estado paternalista, donde se asume que este debe intervenir constantemente en la vida de los ciudadanos. Frente a esto, plantea que el verdadero cambio radica en cuestionar esa dependencia y devolverle al individuo la responsabilidad sobre su propia vida.
- Hay una vocación por enseñarle a Colombia qué son las pensiones y a qué objetivo se quiere llegar.
una vocación clara por enseñarle a Colombia qué son realmente las pensiones y hacia dónde debería dirigirse el sistema. En ese sentido, insiste en que uno de los mayores problemas es la falta de conciencia ciudadana sobre el ahorro pensional.
“Hoy hay cerca de diecinueve millones de personas con una cuenta en un fondo privado, una especie de ‘marranito’ a su nombre, pero muchos no son conscientes de que ese dinero es suyo. Por eso vemos tanta indiferencia cuando se plantean cambios desde el gobierno: muchos creen que esos recursos no les pertenecen, cuando en realidad son propiedad privada”, afirma.
Desde su perspectiva, el primer paso es precisamente ese: que las personas entiendan que ese dinero les pertenece y que, como tal, deben protegerlo. Lo vincula directamente con los principios que defiende —la vida, la libertad y la propiedad—, señalando que el ahorro pensional hace parte de esa esfera que debe ser defendida por cada individuo.
En esa línea, explica que su trabajo ha estado enfocado en generar conciencia, incluso a través de redes sociales, promoviendo conversaciones que acerquen este tema a los jóvenes. Sin embargo, va más allá: considera que el sistema pensional colombiano debería transformarse profundamente, alejándose de modelos que, a su juicio, funcionan como una “pirámide”, y avanzando hacia una cultura de ahorro individual.
Finalmente, hace un llamado directo a su generación: no depender exclusivamente de una pensión estatal. “Si tenemos la posibilidad, así sea con poco, hay que empezar a ahorrar desde ya”, señala, insistiendo en que la construcción del futuro financiero no puede quedar únicamente en manos del Estado, sino que también depende de decisiones personales desde etapas tempranas de la vida.
El sistema pensional es el conjunto de reglas que define cómo las personas ahorran durante su vida laboral para poder tener ingresos cuando llegan a la vejez. En términos simples, es el mecanismo que busca garantizar que, después de años de trabajo, una persona pueda vivir con cierta estabilidad económica.
En Colombia existen dos grandes formas dentro de ese sistema: una basada en el ahorro individual (donde cada persona acumula su propio dinero) y otra basada en un fondo común (donde los aportes de los trabajadores actuales financian a los pensionados de hoy).
La reforma pensional es un conjunto de cambios propuestos por el Gobierno para modificar cómo funciona ese sistema: quién cotiza, dónde se cotiza y cómo se distribuyen esos recursos. Este tipo de reformas suelen generar debate porque afectan directamente el dinero, el futuro y las condiciones de retiro de millones de personas.
Y ahí es donde entran voces como la de Jerome Sanabria. Desde su perspectiva, el tema pensional no es lejano ni técnico, sino una discusión urgente, especialmente para los jóvenes. Su énfasis está en que muchos no son conscientes de cómo funciona el sistema ni de qué pasará con su dinero en el futuro, lo que la ha llevado a insistir en la importancia de informarse, entender y tomar posición frente a estos cambios.
- Según tu investigación, ¿por qué consideras que el sistema pensional debería ser una prioridad en la conversación pública, especialmente para jóvenes que aún no ven cercano el tema de la vejez?
El sistema pensional no es un tema del futuro lejano, sino uno de los desafíos más urgentes del presente. “Es el tema del futuro en todos los países, no solo en Colombia”, afirma, señalando que ya se están viendo tensiones en regiones como Europa, donde el envejecimiento de la población está poniendo a prueba la sostenibilidad de estos sistemas.
Desde su perspectiva, el problema central radica en el funcionamiento del modelo público. Explica que, en esquemas como Colpensiones, los aportes de los trabajadores no se ahorran en cuentas individuales, sino que se utilizan inmediatamente para pagar las pensiones actuales. “Es un fondo común donde el dinero de hoy financia a los pensionados de hoy”, señala, advirtiendo que esto genera una dependencia constante de nuevas generaciones que coticen.
El riesgo, según plantea, está en los cambios demográficos. La caída en la natalidad y el aumento en la esperanza de vida están reduciendo la base de trabajadores y ampliando el número de pensionados. “La pirámide se está invirtiendo”, explica, lo que pone en duda cómo se financiarán las pensiones en el futuro si no hay suficiente relevo generacional.
En ese contexto, advierte que el problema podría trasladarse a mayores cargas fiscales, como ya ocurre en algunos países, donde el sistema se sostiene con impuestos. Para Colombia, su preocupación es que las nuevas generaciones terminen cotizando durante toda su vida en un sistema que, llegado el momento, no pueda responderles.
Por eso insiste en la necesidad de generar conciencia desde ahora, especialmente entre los jóvenes. Más allá del debate político, su llamado es práctico: entender que el futuro pensional no puede depender únicamente del Estado. “Así sea con poco, hay que empezar a ahorrar”, señala, subrayando que pequeñas decisiones desde hoy pueden marcar la diferencia en la calidad de vida en la vejez.
- ¿Qué tan viable es mantener promesas de pensión en un país con tanta informalidad laboral como Colombia?
uno de los mayores problemas del sistema pensional en Colombia es la falta de claridad sobre lo que realmente significa cotizar. “A una persona solo se le puede decir que se va a pensionar si realmente está ahorrando”, afirma, cuestionando la idea de que todos los afiliados al sistema público tendrán garantizada una pensión.
Desde su perspectiva, existe una confusión estructural: muchos ciudadanos creen que sus aportes en sistemas como Colpensiones constituyen un ahorro individual, cuando en realidad no existe una cuenta a su nombre. “A diferencia de los fondos privados, donde se puede ver cuánto se ha aportado y cuánto se ha ganado en rendimientos, en el sistema público solo se registran semanas cotizadas”, explica.
Esta diferencia, sostiene, no es menor. Implica dos formas completamente distintas de entender la pensión: como un ahorro propio o como una promesa futura dependiente del sistema. “No se le puede garantizar una pensión a alguien que no está ahorrando directamente”, insiste.
Sin embargo, también reconoce que este debate no puede separarse de la realidad social del país. En un contexto de alta informalidad laboral, donde para muchos trabajadores el costo de cotizar resulta elevado, exigir aportes constantes se vuelve difícil de sostener. “Pedirle a una persona con ingresos limitados que asuma ese costo puede ser simplemente inviable”, señala.
Por eso, más allá de las posturas ideológicas, considera que el sistema pensional colombiano requiere una reformulación profunda que tenga en cuenta estas limitaciones. Mientras tanto, insiste en la necesidad de corregir los errores estructurales y generar mayor claridad sobre el funcionamiento real del sistema.
Colombia atraviesa un momento político decisivo. De cara a las elecciones presidenciales de 2026, el país vive un ambiente de alta polarización, donde diferentes sectores proponen modelos muy distintos sobre cómo debe funcionar el Estado, la economía y la sociedad.
Por un lado, están quienes defienden un Estado más activo, con mayor intervención en temas como pensiones, subsidios y redistribución. Por otro, hay sectores que proponen limitar ese papel del Estado, apostando más por la iniciativa individual, el mercado y la propiedad privada.
Este debate no es solo ideológico: tiene implicaciones concretas. Reformas como la pensional, que aún generan discusión jurídica y política, podrían cambiar la forma en que millones de colombianos ahorran y acceden a su vejez.
Además, decisiones recientes del Gobierno, como el traslado de recursos desde fondos privados hacia el sistema público, han intensificado la discusión sobre el manejo del dinero de los ciudadanos y el futuro del sistema pensional.
En este contexto, las elecciones no solo definirán un presidente, sino el rumbo del modelo económico e institucional del país:
- En tu artículo “Ni una buena”, planteas una visión crítica del panorama político actual. ¿Qué escenario proyectas para los jóvenes en Colombia si ese rumbo se mantiene?
si se mantiene el rumbo actual. Desde su perspectiva, el eje del problema está en la concepción de la propiedad privada y el papel del Estado.
En ese sentido, cuestiona propuestas asociadas a figuras como Iván Cepeda, argumentando que parten de una visión en la que lo individual puede subordinarse a lo colectivo. “Cuando se deja de reconocer la propiedad privada como un derecho, se abre la puerta a que el Estado decida sobre lo que es de las personas”, señala.
Según su análisis, iniciativas como la redistribución de tierras o ciertos enfoques en materia pensional pueden implicar intervenciones directas sobre bienes individuales. Para Sanabria, esto no solo representa un riesgo económico, sino también una vulneración de principios fundamentales como la libertad y la propiedad.
Más allá del plano económico, advierte sobre posibles implicaciones institucionales. Señala que en otros contextos internacionales se han presentado procesos de concentración de poder que han debilitado los contrapesos democráticos, afectando tanto la estabilidad económica como las libertades políticas.
En el caso colombiano, destaca que actualmente existen instituciones que actúan como límites al poder, como la Corte Constitucional y el Banco de la República. Sin embargo, plantea que un cambio en la correlación política podría modificar ese equilibrio y concentrar mayor poder en el Ejecutivo.
Desde esta visión, el escenario que proyecta para los jóvenes no es únicamente económico, sino también institucional: un país donde las decisiones políticas pueden impactar directamente tanto las oportunidades como las libertades a largo plazo.
- ¿Qué tan informado crees que está el ciudadano promedio frente a lo que realmente proponen figuras como Iván Cepeda?
Frente al nivel de información del ciudadano promedio, Jerome Sanabria hace una distinción generacional. Según explica, en los jóvenes es común encontrar posturas influenciadas por ideales como la justicia social, muchas veces sin un análisis profundo de sus implicaciones.
“Cuando uno es joven, es más fácil conectar con la idea de redistribuir, porque aún no ha experimentado lo que implica construir patrimonio propio”, señala. En su opinión, esta percepción cambia con el tiempo, a medida que las personas empiezan a trabajar, generar ingresos y entender el valor del esfuerzo individual.
Sin embargo, advierte que el problema no se limita a una etapa de la vida, sino también a una falta general de información. Desde su experiencia, muchos ciudadanos defienden posturas políticas sin conocer en detalle sus propuestas, especialmente en temas como pensiones o economía.
Asimismo, considera que existe un desconocimiento generacional frente al impacto del conflicto armado en Colombia. Según plantea, el hecho de no haber vivido directamente los años más críticos de violencia ha generado una distancia frente a sus consecuencias, lo que influye en la forma en que algunos sectores interpretan el panorama político actual.
En ese contexto, vuelve a mencionar a figuras como Iván Cepeda, cuestionando su cercanía con ciertos actores del pasado conflicto y señalando que este tipo de elementos no siempre son tenidos en cuenta por el electorado más joven.
Finalmente, también introduce una crítica al tratamiento mediático del conflicto, sugiriendo que existe una percepción selectiva frente a las responsabilidades de los distintos actores armados. Para ella, entender la complejidad del conflicto requiere reconocer tanto los abusos cometidos por grupos guerrilleros como por otros actores, sin reducir el análisis a una sola narrativa.
- Cuando hablas de que “No es momento de exquisiteces”, ¿estás planteando que en esta coyuntura el voto debe ser más estratégico que ideológico, o más bien que debemos redefinir qué entendemos por coherencia política al momento de votar? Y en ese sentido, ¿dirías que el voto estratégico deja de ser una opción para convertirse en una obligación ciudadana? Si es así, ¿cómo puede un votante trazar esa línea sin caer en el simple “mal menor”?
Frente a la idea de que “no es momento de exquisiteces”, Jerome Sanabria plantea que el voto en la coyuntura actual debe tener un componente estratégico claro. Sin embargo, matiza que, desde su perspectiva, no se trata de elegir un “mal menor”, sino de identificar opciones que, aunque imperfectas, representan una garantía institucional.
En ese sentido, menciona figuras como Paloma Valencia y Abelardo, a quienes considera alternativas viables dentro del panorama actual. “Puedo no estar de acuerdo con todas sus propuestas, pero creo que son opciones que garantizan estabilidad democrática”, señala.
Para Sanabria, el voto estratégico implica reconocer las probabilidades reales dentro de una contienda electoral. Advierte que apoyar candidaturas con pocas posibilidades puede fragmentar el voto y favorecer a quienes lideran las encuestas. “No todas las opciones tienen la misma viabilidad, y eso también debe hacer parte de la decisión del votante”, afirma.
Más allá de afinidades ideológicas, su planteamiento es que el momento político exige priorizar la defensa de las instituciones. Desde su perspectiva, estas elecciones no solo definen un gobierno, sino también el marco en el que se desarrollará la democracia en los próximos años.
En ese contexto, insiste en que el voto estratégico no necesariamente implica renunciar a principios, sino entender las condiciones del escenario político y actuar en consecuencia. “Se trata de asegurar que el sistema democrático se mantenga y que exista la posibilidad de seguir eligiendo en el futuro”, concluye.
Estimados lectores, lo que hemos visto a lo largo de esta conversación deja una idea clara: hablar de política no es un tema exclusivo de expertos, sino una responsabilidad que nos compete a todos como ciudadanos. Las decisiones que se toman hoy definirán el rumbo del país y, por ende, nuestro propio futuro.
Participar en esa “mesa” donde se decide Colombia no es un privilegio reservado para políticos o grandilocuentes, sino un derecho y un deber de quienes aspiran a una vida digna. Porque, al final, no somos cifras ni estadísticas: somos personas con proyectos, esfuerzos y aspiraciones. En ese sentido, es fundamental que, desde nuestra libertad, tomemos decisiones informadas y responsables, y que el Estado garantice condiciones que permitan a cada individuo construir su propio camino.
Y aquí hay algo clave: como lo mencionaba Jerome, el Estado debe garantizar la vida, la libertad y la propiedad privada. Pero el cambio real no depende únicamente del Estado, también depende de nosotros. De lo que decidimos, de lo que cuestionamos y de lo que estamos dispuestos a defender.
Por eso el llamado, especialmente a los jóvenes, es a informarse. A entender temas que parecen lejanos como las pensiones, pero que en realidad nos afectan directamente. Porque no se trata solo de nuestro futuro, sino también del de nuestros padres y abuelos. Y vale la pena preguntarse algo sencillo: ¿a quién le gustaría que le quitaran lo que construyó durante toda su vida?
Al mismo tiempo, no se puede ignorar la realidad del país. Según datos recientes del DANE, más de la mitad de los trabajadores en Colombia se encuentran en la informalidad, lo que plantea preguntas profundas sobre la sostenibilidad del sistema y la necesidad de reformas estructurales. Este no es un debate sencillo ni admite respuestas únicas, pero sí exige responsabilidad y seriedad.
Y ahí es donde este debate deja de ser ideológico y se vuelve real.
Ahora, con unas elecciones presidenciales cerca, la responsabilidad es aún mayor. No se trata solo de votar, sino de entender qué se está proponiendo, qué implicaciones tiene y qué riesgos existen. Porque cambiar las reglas del juego no es algo menor, y mucho menos cuando se habla de hacer una convocatoria a una asamblea nacional constituyente o de modificar el equilibrio institucional.
Y ojo, esto no es un llamado a votar por alguien en específico. Es un llamado a pensar.
A preguntarse si estamos eligiendo con la cabeza o solo con el corazón. Porque sentir no está mal; de hecho, la política también nace de lo que nos indigna, de lo que nos duele y de lo que aspiramos a cambiar. El problema aparece cuando ese sentimiento deja de ser un punto de partida y se convierte en el único criterio. Ahí es cuando pasamos de decidir a simplemente reaccionar.
Cuando una postura se vuelve incuestionable, cuando dejamos de contrastar ideas, de revisar datos o de escuchar al que piensa distinto, ya no estamos tomando una decisión consciente, sino defendiendo una creencia. Y en política, eso es peligroso, porque convierte el voto en un acto automático, no en un ejercicio de responsabilidad.
Elegir con la cabeza no significa abandonar las convicciones, sino someterlas a prueba. Es preguntarse no solo qué suena bien, sino qué es viable; no solo qué promete, sino qué realmente puede sostenerse en el tiempo. Es entender que una buena intención no siempre se traduce en un buen resultado.
Por eso, más que escoger entre emoción o razón, el reto es lograr un equilibrio: sentir, sí, pero también pensar; creer, pero también cuestionar. Porque al final, una decisión verdaderamente libre no es la que nace solo del impulso, sino la que se toma con criterio, con información y con conciencia de sus consecuencias.
Colombia tiene potencial. Pero ese futuro no lo va a construir un político ni un partido por sí solo. Lo construimos nosotros, como ciudadanos, cuando decidimos informarnos, cuestionar y asumir que el rumbo del país también está en nuestras manos.
Y si aún te queda alguna duda de si tu voz importa, hay una pregunta que no puedes esquivar: ¿quién va a hablar por ti si no lo haces tú?
No se trata de seguir a un partido ni de repetir el discurso de tus padres. Se trata de asumir una postura propia, informada y consciente.
Los jóvenes no somos el “futuro” de Colombia como si fuera algo lejano. Somos el presente. Y tenemos la capacidad —y la responsabilidad— de incidir ahora, de preguntar ahora y de exigir ahora. Jerome Sanabria lo demuestra con cada argumento que sostiene a sus 19 años: no hace falta esperar para tener criterio, ni acumular décadas de experiencia para comprender lo que está en juego.
Y las Escrituras lo han dicho desde hace siglos. El apóstol Pablo, al escribirle a Timoteo, no le pidió que esperara a ser mayor para actuar con convicción. Le dijo: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12). Ese llamado no era solo para Timoteo, sino para cada generación que ha tenido que decidir entre alzar la voz o quedarse en silencio.
La juventud, lejos de ser una limitación, ha sido históricamente el motor de los cambios más profundos. No porque tenga todas las respuestas, sino porque aún conserva algo esencial: la capacidad de cuestionar, de incomodarse y de actuar frente a lo que considera injusto.
Por eso, el llamado es claro: infórmate, cuestiona y, cuando llegue el momento de elegir, hazlo con la cabeza en alto y con plena conciencia de lo que está en juego.
Porque esta generación no necesita permiso para opinar ni años adicionales para ser tomada en serio. Lo que necesita es decisión.
Y en un país que se define en las urnas, decidir bien no es una opción más: es una responsabilidad que puede marcar el rumbo de toda una generación.





