
Uno de mis autores favoritos y alguien con quien pude viajar, conversar y aprender acaba de confesar una infidelidad de ocho años.
La noticia me duele, preocupa y ocupa. No solo porque sus libros me ayudaron a formarme y porque tuve una relación cercana con él (siempre me sorprendía cuan rápido y con cuidado me respondía los emails), sino porque nos recuerda que el pecado no es un concepto abstracto; es sucumbir a un engaño que deja escombros reales en personas reales y exactamente lo opuesto al amor (Santiago 1:14-15). Mi corazón está herido y no hay frases hechas de consuelo, aunque si hay una reflexión que hacer.
¿Por qué nos sorprende tanto? La sorpresa es la prueba de que seguimos sin entender la antropología bíblica. Seguimos construyendo pedestales, buscando héroes y siendo ingenuos.
Decimos que creemos en la fragilidad humana, pero en la práctica pensamos que nuestros líderes cristianos están hechos de un material distinto olvidando que, a nivel de naturaleza humana, no hay jerarquías (Romanos 3:23).
Todos estamos a la misma distancia de un error fatal si descuidamos el corazón (Jeremías 17:9), pero no solo eso, si descuidamos dar cuentas, protegernos y tomar medidas de prevención porque nadie se levanta un día y dice: hoy voy a hacer un desastre con mi vida. (1 Corintios 10:12).
Si nuestra teología nos deja "en shock" ante el fracaso ajeno, quizá es porque confiamos más en la fuerza humana que en la necesidad de la Gracia y la responsabilidad de no sentirnos fuertes para no caer (1 Corintios 10:12).
La Gracia no ignora el desastre ni excusa el dolor. Se presenta ahí mismo, sobre las ruinas, para recordarnos que nadie —absolutamente nadie— está fuera de su alcance, pero como dice Pablo a los romanos no debemos abusar de ella (Romanos 6:1-2) en el sentido de que no debemos considerarla atenuante de nuestra fragilidad. La gracia es lo que debe suceder después, pero en el antes debe haber conciencia, alerta y medidas preventivas para que la fragilidad no haga alarde de su vulnerabilidad y el dolor no se desparrame.
Pastores y líderes cristianos: Cuidémonos unos a otros. Rindamos cuentas (Proverbios 27:17). Dejemos de dar a entender a los indoctos que tenemos el teléfono rojo de Dios. Dejemos de evaluar el éxito igual que el mundo. No tengamos más alto concepto de nosotros mismos que el que debemos tener (Romanos 12:3) y no dejemos de congregarnos en el concepto que en verdad eso significa (Hebreos 10:25), a pesar de que tengamos un púlpito o plataforma accesible.





