21 de abril: Día de la Educadora y su vínculo con la fe cristiana

Aula de escuela en Honduras
 EFE Comunica

El 21 de abril, día de la educadora, se celebra en memoria de Friedrich Fröbel, el alemán que hace casi dos siglos se negó a llamarlas escuelas y les puso jardines de infancia porque literalmente veía raíces que cuidar.

Lo que casi nadie recuerda es que Fröbel creía en Dios. Era luterano, hijo de pastor, y esa fe le corría por las venas tanto como la pedagogía. Para él, un niño era la imagen de algo más grande (Imago Dei). El juego era el idioma con el que el alma pequeña empieza a entender el mundo. Sus dones, esas piezas de madera y tela que hoy parecen tan sencillas, eran puentes. Tocaba para descubrir, ordenaba para intuir que hay un diseño detrás de todo. Hasta su obsesión con la unidad era teología pura: Dios, naturaleza y ser humano entrelazados. La educación no debía romper eso. Debía revelarlo.

Que el padre de la educación inicial fuera cristiano es un recordatorio incómodo para los que creen que enseñar es solo transmitir contenidos. La pedagogía nunca es neutra, hay que sacar esa asquerosa mentira de nuestras cabezas. La educación o forma para producir, o forma para vivir. Fröbel eligió lo segundo porque se atrevió a creer que el alma infantil es sagrada. Cuando una maestra se sienta en el suelo, cuando seca una lágrima con la manga del saco, cuando limpia un moco, cuando repite la misma historia por décima vez sin perder la voz, está diciendo, sin necesidad de palabras, que ese niño vale.

Y qué pesada es esta tarea. Qué silenciosa. La educación inicial tiene manos pegajosas, preguntas que no terminan, crisis a las diez de la mañana y la responsabilidad invisible de poner los cimientos de una vida. Es un trabajo que se mide en gestos. En paciencia que nadie aplaude. En semillas que tú plantas y otros verán florecer. Por eso duele tanto cuando es mal remunerada o considerada una educación de segunda categoría.

En mis textos suelo poner nombres. Porque las ideas sin rostro se quedan en el aire. A mi madre, que vivió su vocación conmigo antes de tener un salón propio. Yo era un niño cuando ella entró a la universidad, y cada práctica, cada lectura, cada noche sin dormir, yo era su primer ensayo de afecto. Ha dedicado su vida a esto, y su convicción es el piso bajo mis pies. A la hermana Magda Bustos, que servía con toda su familia en la iglesia. Una mujer que ama a Dios y a los niños con la misma urgencia. Su hija hoy también enseña en la primera infancia.

Magda me enseñó más en la escuela dominical que cualquier libro de pedagogía: me mostró que sin amor, la técnica no es nada. A Leidy Leal, compañera de carrera, cuyo cariño por los niños se desbordaba por las puertas del aula. Y la lista seguiría porque conozco a muchas educadoras, pero quiero nombrar a Damaris, amiga, a quien conocí hace poco y que lleva esta labor con una sonrisa en el rostro, y a otra Leidy, una agraciada maestra, con la que hablé hace unos días solo unos minutos, pero que transmite paz en cada gesto.

Entrar en la educación con una mirada cristiana es recordar que cada niño lleva un sello que no le pusimos nosotros. Es enseñar con la humildad de quien sabe que no es dueño del proceso, solo un acompañante. Fröbel no tuvo miedo de inventar un jardín cuando el mundo solo construía fábricas de alumnos. Nosotros tampoco deberíamos tener miedo de crear, de probar, de escuchar al Espíritu mientras diseñamos nuevas maneras de amar a los que vienen. Como escribió en la introducción de su obra maestra La educación del hombre (1826), donde establece el principio rector de toda su pedagogía: "La educación es el proceso de ayudar al hombre a conocerse a sí mismo y a vivir en paz con la naturaleza y en unión con Dios".

Nadie te va a dar una medalla por las noches que lloraste en silencio. Por las dudas que te consumieron por dentro. Pero el día que un niño, sin saber por qué, elija la ternura antes que el miedo... ahí vas a entender que tu alma ya se quedó en la suya. Y eso, educadora, es suficiente.

¡Feliz día!


Autor: Josué David Cortes, licenciado en educación y ciencias religiosas con estudios en Ciencia Política y cosmovisión. Actualmente se desempeña como Maestro de Educación religiosa y ética valores en Bogotá Colombia, liderando una transformación educativa desde la apologética y la batalla cultural. Activista en defensa de la vida, la familia y la libertad. Escritor de verdad en tiempos de relativismo.

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