
Ayer, 5 de febrero de 2026, el Concejo de Bogotá dio un paso valiente y necesario al aprobar en segundo debate el Proyecto de Acuerdo 340 de 2025, conocido como “Ruta por la Vida”. Este acuerdo, presentado por la honorable concejal Clara Lucía Sandoval, perteneciente a la organización política de la Misión Carismática Internacional, no es solo una iniciativa más: es el fruto de una visión estratégica, coherente y profundamente humana que ha sido cuidadosamente elaborada por la politóloga Carol Borda, actual aspirante al Congreso de la República y líder incansable del movimiento pro vida en Colombia.
Y el golpe vino del mismo lugar: de activistas pro vida constantes, disciplinados, que no abandonan la política aunque allí seamos minoría.
El objeto del acuerdo es claro y urgente: crear una estrategia integral de acompañamiento para mujeres gestantes en situación de vulnerabilidad, ofreciéndoles atención en salud mental, apoyo psicosocial, información sobre alternativas reales al aborto y acceso a redes de contención estatal y comunitaria. Lejos de imponer restricciones, busca garantizar que ninguna mujer se sienta obligada a abortar por soledad, pobreza o desesperanza. Y lo hace con fundamento constitucional: durante el debate, los defensores del acuerdo citaron con precisión la Sentencia C-055 de 2022 de la Corte Constitucional, que, al despenalizar el aborto hasta la semana 24, ordenó expresamente al Estado diseñar políticas públicas que ofrezcan a la mujer opciones distintas al aborto. Es decir: ¡los mismos magistrados que ampliaron el acceso al aborto reconocieron el deber del Estado de proteger la vida desde la concepción mediante el acompañamiento real!
Pero la izquierda abortista no supo responder con altura. Concejales como Julián Triana llegaron al extremo de tachar de “ignorante” a la concejal Sandoval. ¿Ignorante? La misma que citaba jurisprudencia, datos estadísticos y principios éticos mientras ellos repetían consignas vacías. Su argumentación se tambalea como una torre de palitos de paleta pegada con mocos: no los respalda la ciencia (que confirma la existencia de un nuevo ser humano desde la fecundación), ni el derecho (que exige protección a los más débiles), y mucho menos la ética (que rechaza convertir la vida humana en un descarte).
En las tribunas, sin embargo, la esperanza tenía rostro. Estuvieron presentes mujeres activistas incansables de la Fundación NAZER, junto a valientes como la abogada y escritora Julieth Gómez, representando a la resistencia católica. Mientras tanto, los medios tradicionales reaccionaron con sus titulares sesgados: Infobae habló de “barreras al aborto”, El Espectador lo calificó como una medida que “condiciona el acceso”, Cambio Colombia denunció un “retroceso” y Caracol advirtió sobre un “posible retroceso en el acceso al aborto”. Pero la reacción más indignante vino de Profamilia, el mayor centro abortista del país, financiado por la IPPF y, en última instancia, por George Soros. Salieron a manifestar su “preocupación” por un supuesto “retroceso en derechos sexuales y reproductivos”. Permítanme preguntarles: ¿les preocupa ese supuesto “derecho”… o su negocio? Porque saben muy bien que si a una mujer se le dan opciones reales, apoyo emocional, vivienda, empleo y comunidad… ella no abortará.
...no es solo una iniciativa más: es el fruto de una visión estratégica, coherente y profundamente humana que ha sido cuidadosamente elaborada
Sí, una vez más ganamos. Y el golpe vino del mismo lugar: de activistas pro vida constantes, disciplinados, que no abandonan la política aunque allí seamos minoría. Concejales como Marco Acosta, Emel Rojas y el joven doctor Angelo Schiavenato hicieron posible este logro histórico, demostrando que la coherencia y la fe pueden mover montañas.
Este acuerdo no es solo un triunfo local: es un precedente normativo para toda Latinoamérica en la defensa de los derechos humanos del ser humano en el vientre materno. Y ahora toca replicarlo a nivel nacional. Los abortistas tienen miedo, y con razón: los cristianos y los pro vida hemos perdido batallas, pero jamás nos hemos rendido. Y todo apunta a que vamos a ganar la guerra. Por esas madres. Por esos niños que aún no han nacido. Por esos padres presentes que quieren proteger a sus familias. Lucharemos de frente por la vida… hasta que ella nos deje atrás a nosotros.
Cuando estaba en las filas de la izquierda, amaba ser quien gritaba las consignas. Dios me dotó de una voz para alzarla, y lo hacía con fuego: cada arenga me erizaba la piel, cada grito era un acto de fe en una causa que creía justa. Recuerdo una en particular, que resonaba como himno fúnebre entre las marchas: "Por nuestros muertos, ni un minuto de silencio: ¡toda una vida en combate!". Entonces honrábamos a los mártires de una ideología.
Hoy, esa misma frase arde en mi pecho con un nuevo significado. La tomo no para enterrar más odio, sino para levantar esperanza. Por todos esos bebés cuyo primer latido fue silenciado antes de nacer… por los que no pudimos salvar… por los que aún están por venir: ni un minuto de silencio. Nuestra lucha será toda una vida en combate.
Y en ese combate, juramos no rendirnos. Seremos como el hombre en la arena que describió Roosevelt: cubiertos de polvo, sudor y sangre, pero firmes, valientes, dispuestos a errar, caer y levantarse —porque preferimos luchar con honor que permanecer al margen con comodidad.
Si algo admiro de la izquierda —y lo digo sin cinismo, sino con una nostalgia crítica— es ese sentido visceral de pertenencia, esa convicción inquebrantable de morir por la causa, esa camaradería que se forja en la trinchera, esa creatividad incansable para movilizar, simbolizar y resistir. Cosas que, muchas veces, aquí nos faltan. En nuestro campo, abundan las buenas intenciones, pero escasean las estrategias audaces; sobran los discursos correctos, pero falta el fuego compartido.
A veces quisiera pensar como alguien de derecha —con claridad moral, respeto por la verdad, fidelidad a la vida y a la familia—, pero luchar como alguien de izquierda: con pasión colectiva, con arte en la protesta, con lealtad inquebrantable hacia los nuestros y con la certeza de que la historia se escribe desde abajo, con las manos sucias y el corazón encendido, con calor popular y desde los barrios.
Por eso hoy grito otra vez. No por ideologías vacías, sino por vidas reales. Por los que no tienen voz. Y juro: toda una vida en combate.
Apreciado lector, sin importar donde este y quién lo rodee grite conmigo:
¡Hasta la victoria siempre compañeros!





