Ceguera espiritual

Billy Graham predicando - Imagen generada por IA
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Nuestros ojos físicos alcanzan apenas un pedazo de la realidad. Vemos colores, formas, distancias cercanas y a veces un horizonte lejano si el día está claro. Pero esa vista queda siempre limitada. No alcanza a percibir lo que ocurre más allá de la materia. La luz que entra por la retina no alcanza para captar el mundo espiritual que rodea cada instante de nuestra existencia.

Los ojos espirituales funcionan de otro modo. Necesitan estar abiertos. Cuando permanecen cerrados, la persona camina entre sombras aunque el sol brille a pleno. Puede mirar un paisaje hermoso y no sentir nada. Puede escuchar una verdad profunda y no entenderla. Puede vivir rodeado de señales y seguir sin ver.

El evangelista Billy Graham lo expresó con claridad en su libro Nacer a una nueva vida, publicado en español en 1991. Allí recordaba que el ser humano se encuentra en una especie de apagón espiritual. El dios de este mundo ha cegado las mentes de muchos. La comunicación con lo divino se interrumpe. Hay un mundo de luz, paz y sentido al que millones permanecen ciegos aunque busquen serenidad con desesperación.

Esa ceguera no respeta edificios religiosos. Muchos asisten cada domingo al templo, cantan himnos, leen textos sagrados y sin embargo siguen sin ver. Cumplen el ritual y salen igual que entraron. El corazón no se mueve. La conciencia no despierta. La vida continúa en la misma oscuridad de siempre. La religión externa no alcanza cuando los ojos del espíritu permanecen cerrados.

La Biblia ofrece un ejemplo contundente en la vida del profeta Eliseo. El ejército sirio rodeó la ciudad donde él se encontraba. Su criado salió al amanecer, vio la cantidad de soldados y caballos enemigos y se llenó de pánico. Eliseo, en cambio, no se alteró. Sabía que había más fuerzas a su favor que en contra. Entonces oró para que se abrieran los ojos del joven. De inmediato el criado vio el monte lleno de caballos y carros de fuego que protegían al profeta. Lo invisible se volvió visible. Lo que antes parecía una derrota se transformó en evidencia de protección.

Esa misma apertura sigue siendo necesaria.

Los ojos espirituales no se abren por esfuerzo humano solo. Se abren cuando hay disposición a recibir. Cuando alguien deja de confiar únicamente en lo que sus sentidos físicos le muestran. Cuando admite que existe una realidad más amplia y pide verla.

La ceguera espiritual produce confusión, miedo y vacío. La persona busca respuestas en lugares equivocados y termina más perdida. En cambio, cuando los ojos se abren, todo cambia de perspectiva. Las dificultades no desaparecen de golpe, pero adquieren otro significado. Las decisiones se toman con mayor claridad. La esperanza deja de ser un deseo vago y se vuelve certeza.

Eliseo no negó la amenaza real del ejército enemigo. Simplemente vio también lo que el criado no veía. Esa doble mirada es la que necesitamos. Aceptar lo evidente sin quedarnos atrapados en ello. Pedir que se abran los ojos para percibir lo que está más allá.

Graham insistía en que solo el Espíritu puede restaurar esa visión. Nadie se la otorga a sí mismo. Se recibe. Y una vez recibida, la vida deja de ser un caminar a tientas.

Hoy muchos viven rodeados de información, pantallas y ruidos. Ven más imágenes que nunca. Sin embargo siguen ciegos a lo esencial. Asisten a reuniones, escuchan mensajes, participan de actividades y el corazón permanece igual. La ceguera espiritual no se cura con más actividad externa. Se cura cuando alguien se detiene, reconoce su limitación y pide ver.

Los ojos físicos seguirán viendo solo una parte. Eso no cambia. Pero los ojos espirituales pueden abrirse. Y cuando se abren, el mundo deja de ser solo superficie. Aparece profundidad. Aparece sentido. Aparece la posibilidad de caminar con la certeza de que no estamos solos.

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